Europa se quema entre algoritmos
Uno de los episodios más complejos que viví como secretaria de Estado de Seguridad fue la irrupción de Tsunami Democràtic, la plataforma de movilización del independentismo catalán, en 2019. Mediante Telegram, otras redes sociales y una aplicación propia, llegó a movilizar a 10.000 personas en el bloqueo del aeropuerto de El Prat y el corte de la AP-7 en la frontera francesa.
Desde la seguridad del Estado comprobamos hasta qué punto mover multitudes en tiempo real, como ha ocurrido en Ceuta este mes de julio, puede desbordar a las instituciones y perturbar la convivencia. Se trata de entender el poder de unas tecnologías cuya capacidad de convocatoria y manipulación escapan al control de los Estados que las sufren.
Ahora es Francia quien padece ese poder. Las movilizaciones recientes, amplificadas en las redes y acompañadas de disturbios y saqueos, han obligado a imponer toques de queda. Incluso el gobierno francés se plantea suspensiones temporales de redes sociales para contener el vandalismo.
La tecnología es un poder político, estratégico y militar que Europa está descubriendo amargamente con la guerra en Ucrania. Muchas de las comunicaciones y drones de Kiev dependen de Starlink y Starshield, de SpaceX, la empresa de Elon Musk, y la alerta de misiles, de sistemas estadounidenses como SBIRS. Las recientes restricciones de servicio y las incertidumbres sobre el intercambio de inteligencia estadounidense han expuesto una vulnerabilidad decisiva en plena guerra.
Biden y Trump coincidieron en tratar TikTok como una cuestión de seguridad nacional. En 2026, sus operaciones estadounidenses quedaron fuera del control mayoritario chino. Europa regula plataformas, pero depende de tecnologías de fuera de sus fronteras. La iniciativa anunciada por Deutsche Telekom, Orange, Telefónica y Vodafone para impulsar conectividad satelital europea es necesaria, pero no será inmediata. Tenemos a Galileo, Copernicus y el proyecto IRIS², por lo que no partimos de cero, pero faltan escala, velocidad y decisión política.
Mientras Estados Unidos y China compiten por imponer su hegemonía tecnológica, Europa ha sido cuna de grandes innovaciones que no siempre ha sabido explotar. Desde el extraordinario genio de Alan Turing, decisivo en el descifrado de Enigma y precursor de la inteligencia artificial, hasta la web, la pantalla táctil, el MP3, la batería de iones de litio e incluso la IA aplicada, desarrollada por DeepMind, en Londres, pero adquirida por Google.
Europa ha demostrado sobradamente su talento científico, pero necesita convertir su propia I+D en tecnologías y productos europeos, que garanticen liderazgo e independencia tecnológica civil y militar. Según el informe Draghi, solo un tercio de las patentes de universidades y centros de investigación europeos se explotan comercialmente, mientras Estados Unidos y China imponen las suyas, alimentando la dependencia. Sin una estrategia tecnológica propia, Europa pone en manos ajenas mucho más que su competitividad: nuestra seguridad, modelo de vida y nuestra libertad.
