❌

Reading view

Could Islamophobia one day become EU law?

If the day should ever come where Islamophobia gets concrete legal backing in Europe, it could be soon.

The European Parliament (EP) just voted to “condemn the strategies of Islamist entryism” and to develop ways to disrupt Muslim political movements in a resolution on 8 October.

Some 381 out of 720 MEPs worry Muslims are seeking to infiltrate democratic institutions, weaken European rule of law, gender equality, and what they deemed “European values”. 

And almost every one of the centre-right and rightwing MEPs in the house voted to surveil EU funding for anti-racism organisations, so as to ensure none of it gets into the hands of the Muslim Brotherhood.

The brotherhood is a transnational Muslim group founded in 1928 in Egypt, involved in religious revival, social welfare, and political activism.

But according to a French government memo from May 2025, as well as the EP resolution, it is guilty of “entryism”, to sabotage French democracy.

The EP resolution and French memo were dubbed “a political witch-hunt targeting racialised people – particularly Muslim, migrant and refugee communities” by academics and civil society, like the European Network Against Racism (ENAR).

The group called the EP motion “a stain” on the EU Parliament, belonging “within the tradition of discredited far-right conspiracy theories.”

ENAR is among those the EU has sought to defund, due to rightwing views that its work aligns with Islamist threats.

The Forum of European Muslim Youth and Student Organisations (FEMYSO), a pan-European anti-Islamophobic group, which also risks EU defunding, said it had faced “relentless targeting and demonisation.”

Young Muslims in Europe were being forced “to choose between their identity and their right to belong,” FEMYSO president Hiba Latreche told EUobserver.

And the EP “witch-hunt” resolution, which was drafted by the centre-right European People’s Party (EPP) group and authored by its French MEP, Céline Imart, comes at a bad time for this demographic. 

Advocacy group Collective Against Islamophobia in Europe (CCIE) recently looked at 876 incidents of anti-Muslim hatred in Europe in 2025.

Four out of five incidents targeted Muslim women, 41 percent of which involved discrimination or violence linked to their headscarves.

Disturbingly, the documented episodes “occur predominantly in public or institutional spaces, highlighting the persistence of forms of institutional racism.”

But seeing as the EU Commission’s own anti-Muslim hatred group has been inactive since 2024, the prevailing view in Brussels appears to be that rampant Islamophobia in the EU is less of a problem than the imputed influence of a nebulous Islamic movement from Egypt, which is better known for providing social care to deprived communities, than aiming to overthrow French president Emmanuel Macron.

The EP motion did not legally bind the European Commission to propose new anti-Muslim Brotherhood measures.

But it did enforce a stereotype of Muslims “as acting in a nefarious, dangerous, anti-democratic manner, until proven otherwise,” said Omran Shroufi, a political science researcher at the Free University of Brussels.

Rightwing EU politics is pushing young European Muslims into a lose-lose, or Catch 22 situation.

The notion of “entryism holds Muslims to an impossible standard, where non-participation in public life is a sign of disinterestedness, a lack of civic duty and the growth of parallel societies, whilst active engagement in civic life is treated with suspicion,” Shroufi told EUobserver.

The centre-right EPP group used to represent a moderate EU mainstream.

But now it had joined with open racists on Europe’s far right to be “effectively calling for an institutionalised form of discrimination, where Muslim communities need to prove their European and democratic values – whatever these are supposed to mean – before being allowed a seat at a table,” Shroufi said. 

  •  

La inteligencia humana, lainteligencia artificial y el futuro de la guerra algorítmica

Cuanto más aleja la tecnología al actor, más debe aumentar su responsabilidad.

Únete a nosotros en Telegram , X y VK .

Escríbenos: info@strategic-culture.su

De persona a objetivo

¿Qué será de la humanidad cuando la tecnología sea capaz de reconocer, clasificar, rastrear y, en última instancia, matar a seres humanos sin que quienes ejecutan los ataques los hayan visto jamás?

Mi amigo Mohammad Reza Dehshiri planteó precisamente esta pregunta, y su respuesta es contundente.

El peligro, escribe, no es la inteligencia artificial, sino la inhumanidad artificial; es decir, la posibilidad de que las máquinas se vuelvan más precisas precisamente cuando los humanos dejen de sentirse responsables de lo que esas máquinas hacen en su nombre.

Con este artículo, inicio una serie que toma el análisis de Dehshiri como punto de partida e intenta llevarlo más allá. Si el problema es la «inhumanidad artificial», la respuesta no puede estar en una IA «más ética», como si la ética fuera un módulo que se instalara a posteriori en un sistema que ya ha sido diseñado.

Necesitamos recuperar una categoría que la jerga tecnológica ha vuelto casi innombrable: la inteligencia humana, entendida no como un vestigio que hay que proteger en medio de las complejidades de la automatización, sino como una forma de conocimiento con características propias y distintivas, que ningún aumento en la potencia computacional puede reemplazar.

La llamaré Inteligencia Humana, y la ambigüedad es deliberada. En la jerga de los servicios de inteligencia, HUMINT se refiere a la más antigua de las disciplinas de inteligencia: aquella que se basa en las personas, las fuentes, los idiomas y la visita paciente y frecuente a distintos lugares.

En terminología filosófica, la expresión denota la facultad de comprender. La tesis de esta primera contribución es que estos dos significados ahora convergen, y que su convergencia tiene implicaciones geopolíticas que se extienden mucho más allá del debate sobre la ética de las armas.

Podemos describir la cadena operativa de la guerra contemporánea en siete etapas: detectar, identificar, clasificar, predecir, priorizar, seleccionar el objetivo, atacar.

Cada eslabón puede perfeccionarse técnicamente sin que la secuencia, tomada en su conjunto, se perfeccione moralmente. El fenómeno resultante se denomina «dataficación de la vida humana»: el individuo reducido a una identidad, una ubicación, un patrón de comportamiento, un índice de amenaza.

Esto no es una abstracción. En abril de 2024, una investigación de Yuval Abraham para +972 Magazine y Local Call describió a «Lavender», un sistema utilizado por las fuerzas armadas israelíes en Gaza para asignar a decenas de miles de personas una probabilidad de afiliación a grupos armados.

Según fuentes internas citadas en la investigación, la verificación humana de cada nombre a menudo no duraba más de veinte segundos: el tiempo necesario para determinar que el objetivo era un hombre.

Las Fuerzas de Defensa de Israel han refutado este relato y han descrito a «Lavender» como una base de datos diseñada para apoyar a los analistas.

Sin embargo, incluso si se acepta la versión oficial, el meollo del asunto sigue siendo el mismo: había un operador humano presente, y su presencia no fue suficiente para transformar la recomendación del sistema en un juicio.

La psicología cognitiva tiene un nombre para este fenómeno, el sesgo de automatización: la tendencia de quienes trabajan con un sistema automatizado a tratar sus recomendaciones como un sustituto de su propia verificación y a no buscar la información que pudiera contradecirlas.

Ya en 1976, Joseph Weizenbaum —quien había creado uno de los primeros programas conversacionales de la historia— ya distinguía entre la capacidad de calcular y la capacidad de juzgar, y argumentaba que hay tareas que no deberían confiarse a una computadora, incluso si esta fuera capaz de realizarlas. Medio siglo después, esta distinción se ha vuelto aún más apremiante. La computación trabaja con lo que ya se ha traducido en datos. El juicio debe decidir si esa traducción ha sido fiel.

Dehshiri deja claro este punto con cuatro distinciones: la precisión técnica no es precisión ética; la exactitud no es justicia; la automatización no es responsabilidad; la superioridad tecnológica no es superioridad moral.

Yo agregaría una quinta, de naturaleza epistémica, de la que dependen las demás: la correlación no es comprensión. Un sistema de aprendizaje automático reconoce patrones estadísticos en un conjunto de datos. No sabe qué es una escuela, porque no sabe qué es un niño, y ni siquiera sabe que no sabe esto.

L’iraniano cita un interesante estudio de caso: el 28 de febrero de 2026, en las primeras horas de la guerra, la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab, en la provincia de Hormozgan, fue alcanzada varias veces durante el horario escolar.

Las cifras proporcionadas por las autoridades iraníes oscilan entre 150 y 175 muertos, la gran mayoría de los cuales eran niñas, junto con docenas de maestros y algunos padres; el fiscal del distrito fijó el número total de muertos en 156.

Washington nunca ha reconocido directamente su responsabilidad ni ha publicado los resultados de la investigación del Pentágono. Amnistía Internacional ha descrito el incidente, en el mejor de los casos, como un grave fallo de inteligencia.

Hay un detalle, revelado por imágenes satelitales, que traslada el análisis del plano moral al fáctico.

Según los medios occidentales, la escuela se encontraba junto a una base naval perteneciente a la Guardia Revolucionaria y anteriormente había formado parte de ella; entre las explicaciones que circulan en los círculos estadounidenses se encuentra la de datos de selección de objetivos desactualizados.

Si se confirmara esta hipótesis, Minab no sería un caso de una máquina que cometió un error, sino de una base de datos que había dejado de corresponder a la realidad. El edificio había cambiado. Los datos, no.

Ningún algoritmo de clasificación, por muy sofisticado que sea, puede detectar que un antiguo edificio militar se ha convertido en una escuela si nadie ha registrado el cambio. Todos los que vivían en Minab lo sabían: los padres que llevaban a sus hijas a la escuela cada mañana, el conductor del autobús escolar, los maestros.

Este es precisamente el tipo de información que recopila el HUMINT y que la guerra a distancia tiende a considerar superflua, porque es lenta, costosa y difícil de ampliar. Con base en fuentes de dominio público, la responsabilidad de EE. UU. parece altamente probable, aunque las circunstancias exactas siguen sin estar claras y el nivel de certeza en este punto es bajo: un error en la base de datos, un error de clasificación o una aceptación consciente del riesgo.

Sin embargo, las tres hipótesis convergen en la misma pregunta. ¿Quién, antes del ataque, verificó si había personas en ese edificio?

Más allá del «human-in-the-loop»

El debate internacional se ha conformado durante mucho tiempo con el principio de human-in-the-loop, según el cual un ser humano forma parte del ciclo de toma de decisiones.

Esta fórmula es insuficiente: una persona puede estar presente en el ciclo y, sin embargo, limitarse a dar el visto bueno a la recomendación del algoritmo.

Él propone sustituirlo por un principio más exigente, al que denomina humanity-in-command: la capacidad efectiva de cuestionar, rechazar, anular y detener el proceso automatizado.

La historia de la Guerra Fría ofrece dos ejemplos que aclaran lo que esto significa en la práctica. El 26 de septiembre de 1983, el sistema soviético de alerta temprana Oko señaló el lanzamiento de cinco misiles balísticos desde Estados Unidos.

El oficial de guardia, Stanislav Petrov, descartó la alarma como una falsa alarma y no la reportó como un ataque en curso, razonando que un primer ataque estadounidense nunca consistiría en solo cinco misiles.

Tenía razón: el satélite había confundido el reflejo del sol en las nubes con lanzamientos de misiles.

Veintiún años antes, el 27 de octubre de 1962, en el mar del Caribe, el submarino soviético B-59, aislado y bajo fuego de cargas de profundidad, estaba a punto de lanzar un torpedo con ojiva nuclear. El lanzamiento requería el consentimiento de los tres oficiales de mayor rango a bordo, y Vasily Arkhipov se negó a darlo.

En ninguno de los dos casos el hombre aprobó una recomendación del sistema. La contradijo. Y no lo hizo porque tuviera más datos: de hecho, los datos eran el problema.

Lo hizo porque sabía plantearse una pregunta que ningún procedimiento le exigía hacer, a saber, si lo que estaba viendo tenía sentido en el contexto de todo lo demás que sabía sobre el mundo.

Petrov estaba familiarizado con la doctrina nuclear estadounidense; Arkhipov sabía la diferencia entre un ataque y una amenaza. Es esta capacidad de comparar la señal con el panorama general, el detalle con lo que es plausible, lo que yo denomino Inteligencia Humana. Vale la pena señalar que el Dena fue hundido por un submarino. No sabemos qué se les preguntó a sus oficiales, ni qué margen de discreción tenían para tomar decisiones.

Esta propuesta debe aclararse, ya que existe el riesgo de reducirla a un llamado humanista genérico. La Inteligencia Humana, tal como yo la entiendo, se estructura en tres niveles distintos, cada uno de los cuales marca un límite estructural —más que contingente— de la inteligencia artificial.

El primer nivel es epistémico. La tradición escolástica distinguía entre intellectus, el acto mediante el cual la mente capta inmediatamente una verdad, y ratio, el proceso discursivo de pasar de un elemento a otro: para Tomás de Aquino (Summa Theologiae, I, q. 79, a. 8), ambos no son facultades distintas, sino aspectos de un único intelecto, en el que el razonamiento comienza con una comprensión y regresa a una comprensión. Los sistemas actuales de aprendizaje automático logran una ratio de una potencia sin precedentes, capaz de inferir, combinar y predecir a escalas inaccesibles para la mente humana.

Carecen del aspecto del intellectus, es decir, de la comprensión del significado de lo que procesan. Esta es una tesis filosófica y debe presentarse como tal, pero tiene consecuencias prácticas precisas: un sistema desprovisto de comprensión no puede saber cuándo su propio modelo del mundo se ha vuelto falso.

El segundo aspecto es práctico. La Prudentia, según la definición tomista, es la razón recta aplicada a la acción, y su tarea específica consiste en aplicar el principio universal al caso particular. La máquina generaliza: su valor radica en asignar el caso individual a una clase.

La prudencia hace lo contrario, porque debe reconocer qué es lo que, en este caso particular, queda fuera de la clase. La guerra, que es el ámbito de lo singular y lo imprevisto, es el escenario donde esta diferencia tiene mayor peso.

La nota Antiqua et nova del Vaticano, de enero de 2025, retomó esta línea de pensamiento, haciendo hincapié en la naturaleza encarnada y relacional de la inteligencia humana y su irreducibilidad a una mera función de procesamiento.

El tercer nivel es relacional, y es aquí donde el significado filosófico se encuentra con el de los servicios de inteligencia. Sherman Kent, quien de hecho fundó el campo de los estudios de inteligencia en los Estados Unidos de la posguerra, lo definió ante todo como conocimiento, incluso antes que como organización o actividad.

El HUMINT es la forma de este conocimiento que pasa a través del otro como persona: alguien que habla su idioma, conoce sus costumbres, sabe interpretar un barrio y puede distinguir una fiesta de una manifestación.

Durante las últimas tres décadas, las grandes potencias han ido desviando progresivamente recursos hacia disciplinas técnicas, desde la inteligencia de señales hasta la vigilancia satelital, pasando por las plataformas de fusión de datos. Minab ilustra el costo de este desequilibrio.

Nada de esto implica un rechazo a la tecnología. La inteligencia humana no se opone a la IA de la misma manera que un manual se opone a un mecánico. Establece una jerarquía: el algoritmo como herramienta subordinada a un juicio que no puede producir por sí mismo. Y de ahí se deriva un principio, formulado por Dehshiri, que merece convertirse en un criterio operativo: cuanto más aleja la tecnología al actor de las consecuencias de sus propias acciones, más debe aumentar —y no disminuir— la responsabilidad consciente de quien toma la decisión.

Desde el punto de vista geopolítico

Hasta ahora, el tema podría parecer una cuestión de filosofía moral. No es solo eso. La distribución de la capacidad de guerra algorítmica es una distribución de poder, y las reglas que la rigen serán redactadas —si es que llegan a redactarse— por aquellos que tienen interés en limitarlas lo menos posible.

El estado del derecho internacional lo confirma. El grupo de expertos gubernamentales establecido en virtud de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales ha estado discutiendo los sistemas de armas autónomas letales desde 2017 sin haber llegado a un instrumento vinculante.

En noviembre de 2023, Estados Unidos promovió una declaración política sobre el uso militar responsable de la IA, que por definición no es vinculante; en diciembre del mismo año, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la primera resolución dedicada a estos sistemas, mientras que el Comité Internacional de la Cruz Roja ha venido pidiendo desde 2021 la prohibición de los sistemas autónomos impredecibles y de aquellos diseñados para atacar a seres humanos.

En junio de 2024, en su intervención en la cumbre del G7 en Borgo Egnazia, el papa Francisco pidió que nunca se le permitiera a una máquina decidir sobre la vida de una persona. La brecha entre estas posturas y la realidad en los campos de batalla de 2026 se mide en víctimas.

También existe una asimetría más profunda. Quienes controlan los datos deciden quién es un objetivo, y las víctimas de la guerra algorítmica se encuentran en su mayoría fuera de Occidente: en Gaza, Irán, el Sahel y Yemen.

Para los Estados que no producen las plataformas ni controlan sus bases de datos, la inteligencia humana se convierte así en una cuestión de soberanía.

Un país que cuenta con pericia lingüística, conocimiento regional y redes de inteligencia humana conserva su autonomía de juicio; un país que confía su visión del mundo a sistemas diseñados en otros lugares —a menudo por empresas privadas— la cede junto con sus datos. En un orden que tiende hacia la multipolaridad, esta distinción separará a los actores que juzgan de aquellos que son juzgados.

Esto conduce a una propuesta concreta, que desarrollaré en futuros artículos. Junto con el principio general de una supervisión humana significativa, el derecho internacional humanitario podría codificar una obligación específica de verificación humana del estatus civil de cada infraestructura fija incluida en una lista de objetivos, con una fecha de vencimiento más allá de la cual la información se vuelve inválida y debe renovarse utilizando fuentes directas. Esta es una norma mínima.

Aplicada a Minab, habría requerido que alguien preguntara si ese edificio seguía siendo lo que los registros indicaban que era.

La tecnología puede determinar cómo un arma llega a su objetivo, mientras que le corresponde a la humanidad decidir si ese objetivo debe ser atacado. La pregunta subyacente a todo esto es quién, en términos prácticos, ejerce esa humanidad, con qué herramientas de conocimiento y dentro de qué instituciones.

En Minab, alguien debería haber sabido que había una escuela allí. El hecho de que nadie lo supiera, o de que nadie preguntara, es el punto desde el cual debemos volver a empezar.

Traducción:  Observatoriode trabajador@s en lucha

  •  

Europe’s leaders are preparing for war. Workers are organising to stop it

By John REES

Join us on Telegram, X, and VK.

Contact us: info@strategic-culture.su

Preparations for war with Russia and complicity in Israel’s genocide in Gaza have set off a struggle over jobs, wages and military production

War preparation is now a reality across Europe. Within a single September week, Poland issued fresh warnings, Germany ran drills and national alerts, military exercises were held across the Baltic, and Lithuania published plans to evacuate residents of Vilnius in the event of an attack.

The Finnish government is in full cry over the prospect of war, reminding its citizens yet again that they should be ready, in mind and in practice, for the disruption it would bring.

On 18 September, French President Emmanuel Macron gathered party leaders and presidential hopefuls at the Elysee Palace to hear the heads of France’s intelligence services describe what his office called the rapid deterioration of the international situation.

Nato, meanwhile, talks ever more openly about Russian sabotage, cyber attacks, arson and drone attacks.

Many workers and citizens across the continent, though, are not convinced by the war fever.

Thousands of Airbus workers in Spain began strike action on 1 July after rejecting the company’s pay and conditions offer.

Representatives of the UGT and CGT unions said the stoppage had slowed military and commercial production and would make it harder for the company to meet its delivery target. Airbus’s eight sites in Spain produce military transport planes and parts for commercial aircraft and satellites.

As the Defence Matters website reported: “The industrial pressure is not confined to commercial aviation. Spain is central to Airbus Defence and Space, including military transport and satellite activity. European governments are asking manufacturers to increase output at the same time as companies compete for engineers, technicians and production workers.”

Supply lines are so tight that Airbus has had to hire giant Antonov An-124 heavy-lift aircraft to ferry parts from one plant to another just to keep production running.

Air Data News reported that the strike “threatens key military aircraft programmes”, noting that the Eurofighter plant near Madrid and the military transport aircraft site near Seville were both affected.

Spanish unions said about 90 percent of eligible workers took part in the stoppage on 25 August, part of an indefinite strike. The strikes were called after workers voted at plant-level assemblies to reject the company’s offer.

French unions briefed on the dispute said the three striking Spanish unions represent about 40 percent of Airbus Spain’s roughly 14,000 employees. Workers were seeking inflation-linked pay rises, the restoration of previous remote-working arrangements and sick-leave benefits.

After the intervention of Industry Minister Jordi Hereu and concessions from Airbus, the strikers paused the stoppage on 10 September, but not the movement. Two days later, around 8,000 workers from Airbus sites across Spain marched through Madrid to keep the pressure on.

On 1 October, 77 percent of those voting backed an improved offer providing for the restoration of lost purchasing power, inflation-linked pay rises and the protection of remote-working rights, a settlement that months of industrial action had forced out of the company.

The Airbus dispute shows the leverage workers hold in the very industries on which Europe’s rearmament depends.

Trains and the TUC

In Scotland, meanwhile, the rail union RMT, the drivers’ union Aslef and the white-collar TSSA have demanded that the Scottish government remove CAF, the Spanish manufacturer Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles, from its shortlist of contractors to build ScotRail’s new fleet of suburban trains.

The company is included in the UN human rights database of businesses involved in Israeli settlements for its role in running the Jerusalem light rail and helping to extend it into territory illegally seized by Israel.

Aslef made clear that its members would refuse to drive CAF trains, a position echoed by TSSA general secretary Maryam Eslamdoust when she urged the Scottish government to “think again”.

Scottish Greens co-leader Gillian Mackay put the first minister on the spot, asking him directly: “So will the first minister agree that CAF should be blocked from this contract, and will he stand with the rail workers who have refused to drive trains produced by a company that they say profits from apartheid?”

In his response, the first minister confirmed that ScotRail was seeking advice on the contract.

For the second year running, delegates at the Trades Union Congress (TUC) backed a motion opposing increases in arms spending.

This year’s motion passed with even more support than last year’s, which reversed the TUC’s previous backing, advocated by the GMB and Unite unions, for higher defence spending.

Speaking in favour of the motion, Alex Gordon, a former RMT president and national officer of the Stop the War Coalition, said: “This movement is about fighting for jobs, for public services, for investment in the industries of the future that our young people, that our young workers need.

“Those industries are not military industries. The skills of the workers in the military sector are vital skills, vital skills that need to be used in civilian production.”

Ports and classrooms

Dockworkers’ unions in at least six countries are planning an international day of action and strikes on 30 October to protest against the war on Gaza and demand an immediate end to the genocide of the Palestinian people.

This coordinated mobilisation follows a strike on 6 February this year that shut down cargo operations at more than 20 Mediterranean and European ports to halt arms shipments bound for Israel.

“No to the war economy, government rearmament plans, and the project of militarisation of ports and strategic infrastructure from [the] EU,” the unions said in their statement. “Public resources must be used to meet people’s social needs, not to finance war.”

The signatories include CGT FNPD in France, Enedep in Greece, LAB in the Basque Country, Liman-Is in Turkey, ODT in Morocco, and Orsa Porti and USB in Italy.

The next generation, at least in Germany, seems even less enthusiastic about the prospect of a new European war. More than 45,000 school students across the country walked out of class in late September to protest against plans for compulsory military service, after hundreds of young men were summoned for medical examinations.

The School Strike Against Conscription initiative said demonstrations took place in more than 100 cities after the German defence ministry began calling in 18-year-old men for medical screening. Service itself remains voluntary for now, but the screening is compulsory.

Students took to the streets demanding a halt to the forced checks, the repeal of the new military service law and an end to what they call a step-by-step return to the draft.

This is now the ground on which European politics is being fought. It is a contest between a political establishment obsessed with war and preparations for war, and millions of workers across the continent unwilling to pay for rearmament with their wages, jobs and living standards.

These are the opening shots in that battle.

Original article:  middleeasteye.net

  •  

Woman arrested for poisoning ex husband with atropine

A 41-year-old woman has been arrested in Athens on suspicion of attempting to poison her ex-husband, a military doctor, with atropine. According to media, the man had installed security cameras at his apartment in Peristeri suburb of western Athens. Monitoring the cameras remotely, he allegedly saw his ex-wife who had keys entered the apartment and […]

The post Woman arrested for poisoning ex husband with atropine appeared first on Keep Talking Greece.

  •  
❌