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Pedro Sánchez en Fuenlabrada: monumento a la cursilería

18 October 2026 at 12:14
Begoña Gómez y Pedro Sánchez se abrazan en Fuenlabrada.

Pablo Iglesias ha sido sin lugar a dudas el político más cursi del último medio siglo. Decía cosas como que la gente de Podemos era toda muy maja, no había más que ver cómo se abrazaban cuando se veían, cómo se besaban cuando salían a calentar a las masas en los mítines de Vista Alegre. Ya hemos visto cómo se las gastan en ese mundo. Ni siquiera han sido capaces de pactar una lista única "para frenar al fascismo", que de por sí tendría que ser un fin tan prioritario como para dejar a un lado cosas tan peregrinas como quién va primero y quién va segundo en las listas de Burgos. Los cuchillos en la extrema izquierda hacen el mismo daño que los que se usan en cualquier otro rincón ideológico. Por mucho que el pinchazo lo den con una sonrisa en los labios.

Pero a Iglesias, en esto de la cursilería, le ha salido un competidor muy cualificado. El presidente del Gobierno aprovechó el mitin de Fuenlabrada del pasado sábado para lanzar una idea movilizadora para la campaña que concluye el 29-N: "La fuerza del amor". Ese fue el mensaje que colocó Ferraz en la red social X como colofón de un acto en el que lo más importante fue el beso que se dieron Pedro Sánchez y su mujer en el centro del escenario. El líder del PSOE le dio las gracias a Begoña Gómez, "por ser mi mujer", pero remató la faena con un rotundo: "Que lo escuchen alto y claro, te quiero".

En la grada fue el delirio. No hay más que ver las imágenes de la ex vicepresidenta María Jesús Montero aplaudiendo como loca. Si me preguntaran qué me gustaría tomar, diría: "Lo mismo que ella", como hizo una clienta del Katz`s Deli de Nueva York en una de la mejores escenas de Cuando Harry encontró a Sally.

No es la primera vez que Sánchez exhibe en público su amor por Begoña. Ya lo hizo en aquella carta que publicó en X el 24 de abril de 2024, en la que se planteó si le merecía la pena seguir ocupando la presidencia del Gobierno. En ella también confesó: "Soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer".

No dudo que Pedro quiera a Begoña. Pero ese no debería ser un tema de campaña. Se quieran o no, a Sánchez se le debería votar o no por otras cosas. No vayamos a convertir las campañas en una competición de a ver quién quiere más a su pareja. Sorprende que el PSOE hay descubierto la "fuerza del amor" como motor electoral. Como si fuera un partido hippie. Cuando vayas a un mitin del PSOE, no te olvides de llevar flores en el pelo.

En su detallada crónica en El Independiente, Juanma Romero, citando fuentes de la dirección socialista, apunta: "Nuestra militancia se siente identificada con Begoña. Sufre con ella". En resumen, "Begoña suma". Recordemos que la esposa del presidente está acusada de delitos de malversación y tráfico de influencias. Suma, por tanto, como víctima. En esa lógica del victimismo, tal vez si estuviera imputada por dos delitos más sumaría el doble que ahora. Es un tema a estudiar por los estrategas de campaña del PSOE. Los que, por cierto, diseñaron con todo detalle las palabras, la música y el beso del acto. Nada fue casual en Fuenlabrada. Eso lo sabe hasta el apuntador.

A esta izquierda paupérrima de ideas sólo le faltaba vender el amor como patrimonio socialista

Sánchez habló de amor y habló de Maricarmen, pero no mencionó a Montse Mínguez, la hasta hace tres días portavoz de la Ejecutiva socialista. Esa cuyo marido tiene un holding con más de 30 pisos para alquilar y al que no le tiembla el pulso si tiene que hacer un desahucio. Con ella no hubo amor, tan sólo olvido.

El problema de hacer del amor campaña es que no se sabe qué hacer luego si resulta que los amantes se separan, Dios no lo quiera. ¿Valdría menos el Sánchez divorciado que el amante fiel -al menos teóricamente- que vemos ahora? ¿Acaso no hay divorciados en la dirección del PSOE? ¿Tienen menos opciones de escalar puestos los que se han separado que los que conviven con su pareja desde hace siglos?

Sacar a pasear el amor como bandera electoral es casi tan peligroso como arremeter contra los rentistas. Porque luego resulta que hay muchos en la dirección del PSOE que tienen más de una vivienda, hasta llegar al campeón Sergi Vélez, que además de gran tenedor parece que tiene dos sociedades en Panamá; será para pagar más impuestos.

La demagogia funciona durante un rato. Tampoco engaña a mucha gente. Pero puede dar un poco de vidilla a los que tienen que explicar cosas tan graves como el caso Ábalos, el caso Cerdán, el de la fontanera de Ferraz, el acoso a la juez Biedma, o la condena del Fiscal General del Estado. Todo eso pasa porque en la derecha no hay amor. De hecho, la campaña del amor tiene su reverso: el odio de la derecha. ¡Como si Abascal o Feijóo abofetearan a los suyos en sus mítines! Ellos también quieren a los suyos. Los aman con pasión y quieren que les voten, ellos y sus familias.

Puede ser que odien a Sánchez, o a Leire Díez, pongamos por caso, pero como Óscar López odia a Díaz Ayuso, y Óscar Puente odia a casi todos los que no son del PSOE. El odio, como el amor, queridos amigos, no es patrimonio de una ideología, como la propiedad de las viviendas. Son de los que lo practican, de los que los poseen (los pisos, claro).

Yo no creo que este mitin empalagoso de Fuenlabrada mueva a mucha gente. Más bien pienso que algún votante socialista se sentirá un poco avergonzado de esa exhibición tan innecesaria como falsa. Sin embargo, en la dirección del PSOE están encantados con la fórmula del amor, con el beso de Fuenlabrada. Oscar López, ministro, lo resumió con una frase para la historia: "Pedro está como una moto". Esto es lo que hay, amigos, no le pidan peras al olmo.

IA, la protagonista ausente en el debate político

15 October 2026 at 23:06

En El Independiente siempre hemos creído en la capacidad de la Inteligencia Artificial para cambiar las cosas. Cuando hicimos el Primer Congreso en Alicante, hace ya nueve años, parecíamos unos frikis, pero ahora todo el mundo utiliza la Inteligencia Artificial, desde los estudiantes, a los jubilados; ingenieros, abogados, y, por supuesto, los periodistas la usamos a diario. Ahora es normal escuchar en el tren una conversación que concluye con un definitivo: "Se lo voy a preguntar a Chatgpt".

Lo dije hace unos años en este foro: la IA supone una revolución de mayor alcance incluso que internet. Estamos ante un cambio tan profundo que no adivinamos siquiera hasta dónde nos puede llevar. Tanto en el desarrollo del conocimiento, como en los peligros que conlleva el uso de una herramienta tan poderosa.

Ahora nos enfrentamos a dos tipos de miedos. Uno financiero y otro que tiene que ver con la seguridad.

Recuerdo que un día, cuando estábamos cerrando la lista de participantes en este Congreso, me llamó Antonio Miguel Carmona y me preguntó: "¿Has visto los resultados de Anthropic?". Estamos hablando de una de las estrellas a escala global de la IA, cuya valoración para una próxima OPV se estima en 2 billones de dólares. Pues bien, en 2025, Anthropic tuvo unas ventas de sólo 4.600 millones y unas pérdidas de 42.000 millones. La valoración actual de la compañía se aproxima al billón de dólares. ¿Valen tanto dinero estas empresas o se está creando en torno a ellas una burbuja especulativa?

Yo diría que el miedo a los problemas de seguridad de la IA es real, pero se está exagerando para ocultar el temor al estallido de la burbuja en torno a las empresas punteras de IA. Tengan en cuenta que Nvidia, por ejemplo, vale en bolsa 5,5 billones de dólares, más de dos veces y media del valor del PIB de España, y más que el PIB de cualquier país, a excepción de EEUU y de China.

Durante el mes de septiembre, algunos zares de la IA, como Dario Amodei (Anthropic), Ellon Musk o Sam Altman {Open Al), abogaron por poner freno al desarrollo de la Inteligencia Artificial. Hay que avanzar más despacio, advirtieron, porque necesitamos dar mayores garantías de seguridad.

Sin embargo, Donald Trump terció en el debate afirmando: "Quien gane la batalla de la IA, gana". El presidente de Estados Unidos sitúa esa carrera en el plano netamente geopolítico, una competición directa con China por la supremacía mundial. En ese planteamiento coincide plenamente con Kai-Fu Lee, que afirmó en 2021, durante su participación en el Congreso de IA de Alicante, que la competencia por el liderazgo tecnológico se decide casi exclusivamente en los avances en la Inteligencia Artificial.

Creo que no hay que ponerle puertas al campo, pero hay que ser prudentes. Defender la industria del automóvil no está reñido con estar a favor de los límites de velocidad en carretera.

En este sentido me preocupa Europa, siempre pendiente de la regulación, pero todavía muy lejos del lugar que le correspondería en la carrera global entre EEUU y China.

Me llama la atención que los países europeos sigan siendo tan ingenuos respecto al papel de la IA en el plano político. La semana pasada, el primer ministro británico, Andy Burnham, afirmó que, sin ninguna duda, Rusia había interferido en el referéndum sobre el Brexit de hace diez años. Por su parte, el canciller alemán Friedrich Merz dijo estar convencido de que el ascenso de Alternativa por Alemania tiene que ver con el apoyo que recibe del Kremlin.

¿Están nuestros sistemas de seguridad y nuestros servicios secretos preparados para evitar una acción directa de una potencia extranjera en los procesos electorales? Veo muy preocupados a los partidos políticos por estimar el impacto de la ley de nietos en las próximas elecciones, pero no he escuchado a nadie hablar sobre el peligro de una injerencia no deseada.

La Inteligencia Artificial no está presente en el debate político, ni siquiera en su posible influencia en el resultado electoral

Es más, en esta precampaña que ya se ha iniciado, ningún partido está poniendo sobre la mesa el papel de la IA y su impacto en la productividad y el empleo.

El gobierno –lo ocupe quien lo ocupe– debe ser consciente de que nuestro futuro va a depender en gran medida de la incorporación de la IA a nuestro sistema productivo y a nuestra vida cotidiana.

Para mí, el mayor peligro de la IA no es que una máquina nos pueda ganar jugando al ajedrez o al tenis, sino que se pueda convertirse en una herramienta capaz de alterar la soberanía popular, la democracia, sin que seamos conscientes de ello.

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