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Andrea Abreu regresa tras el fenómeno de ‘Panza de burro’: “Cambió mi plan de vida, fue como meterme en una lavadora”

19 October 2026 at 20:54

Andrea Abreu regresa tras el fenómeno de ‘Panza de burro’: “Cambió mi plan de vida, fue como meterme en una lavadora”

La escritora publica su nueva novela seis años después del éxito arrollador de su anterior obra. 'Pajaritos preñados' mantiene la esencia de su estilo y sus vínculos con su tierra

'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

En 2020, la editorial Barrett publicó la primera novela de Andrea Abreu, Panza de burro, un libro de apenas 200 páginas, editado por la ubicua Sabina Urraca y escrito en canario. De entrada, no tenía las características propias de un superventas, pero, a veces, parece que los astros se alinean: este debut ya ha vendido unos 100.000 ejemplares, se ha traducido a decenas de idiomas y la escritora se ha convertido en una joven estrella. Ahora, tras los seis años de recogimiento que siguieron al terremoto, regresa de la mano de Anagrama con Pajaritos preñados. 

Su nueva propuesta tampoco está pensada para agradar en masa, al menos a primera vista. La novela tiene 504 páginas y supone una inmersión en el léxico del norte de Tenerife, porque la lengua es una parte esencial de la historia. De hecho, el propio título ya es una declaración de intenciones: es una expresión que se utiliza en la tierra de la escritora para definir a alguien que no tiene los pies en el suelo, que tiene la cabeza llena de ilusiones, de ‘pajaritos preñados’. Ella la relaciona con su abuelo Pepe, una de las personas a las que dedica el libro, que era muy soñador y se largó sin demasiadas explicaciones cuando tenía ocho años. “Yo pasaba mucho tiempo con él, que era chatarrero, porque mis padres trabajaban mucho. Que una persona a la que tú quieres pueda desaparecer de un día para el otro me dejó una gran pregunta y probablemente este libro naciera de esa interrogación”, dice Abreu.

Ella misma veía pajaritos preñados en su mente, podía visualizar a las aves embarazadas y le parecía algo “superlindo”. Pero se obligaba a callar esos pensamientos para que no la acusaran de fantasiosa: “Siempre he sentido que mi forma de comprender el mundo era periférica, no era como la de las personas que yo frecuentaba”. Esta cualidad personal la hace sentirse identificada con su abuelo, que está presente en la novela a través del personaje el Tiznado, un chatarrero con mucha imaginación. La escritora coge –como, en mayor o menor medida, todos los novelistas–, trazas de su realidad y juega con ellas hasta que se convierten en un libro. 

“Yo misma he visto la potencia narrativa brutal que tienen las historias que mi familia me ha contado”, explica, “aunque Pajaritos preñados es pura ficción, mucho más que Panza de burro”. Además, trabajar sobre esos elementos hasta convertirlos en otra cosa le ayuda a darles credibilidad. “La ficción me ayuda a bajarle un grado para que sea más verosímil porque, a veces, la realidad es tan caricaturesca, tan exacerbada, tan exagerada, tan brutal, que parece mentira”, desarrolla. Abreu volvió a ver a su abuelo diez años después, pero, por supuesto, no fue como ella esperaba. 

La autora ya había ejercitado la tarea de recopilar palabras propias del norte de Tenerife en su título anterior, pero en este el esfuerzo es más patente. Este impulso ‘detectivesco’ responde a la erosión del léxico de su tierra que sucede desde hace ya algunos años. “Ya estaba propiciado por la violencia colonial en sí misma que vivimos en Canarias, pero siento que la hiperturistificación, la velocidad de los tiempos, el tardocapitalismo y la normalización de las tendencias fascistas actuales han hecho que dejemos cada vez más palabras por el camino”, declara. El léxico que había escuchado a su alrededor mientras crecía desaparece cuando muere una persona y, así, de forma progresiva, se extingue la lengua que hablaban. Abreu se sentía en deuda con las generaciones pasadas y se puso como objetivo recuperar esos términos.

La lengua sirve para explicar la memoria de un territorio. Y en la península ibérica se conoce poco la historia de este archipiélago, pese a que sea un destino vacacional muy apreciado. “Me atrevería a decir que incluso dentro de Canarias tampoco hay demasiada conciencia [de nuestra historia]. La estamos retomando ahora muchos grupos de personas, pero siento que es una amnesia que se nos ha inducido repetidamente y por ciclos vamos como recordando. Sucedió en los años 70, por ejemplo”, apunta. 

La hiperturistificación, la velocidad de los tiempos, el tardocapitalismo y la normalización de las tendencias fascistas actuales han hecho que dejemos cada vez más palabras por el camino

Andrea Abreu — Escritora

Por supuesto, al utilizar palabras propias del norte de Tenerife fuera de sus fronteras solía recibir como respuesta inicial un “¿qué?” algunas veces antipático. En algunos contextos se pueden ridiculizar los términos que se escapan del español normativo, como si fuesen fruto de incultura. “Alguna vez he dicho ‘en comparancia’ en lugar de ‘en comparación’ como se dice en la península y me han corregido”, recuerda la autora. Esto hizo que se avergonzara de su propia lengua hasta que buscó en el diccionario canario y vio que ‘en comparancia’ estaba recogida, así que cambió de actitud. “Me pareció curioso que palabras que son riqueza, que son diferentes formas de nombrar lo mismo, se vivan como ignorancia cuando es lo contrario, cuantas más palabras para nombrar algo más riqueza ¿no?”, señala.

Algunos vocablos le llegaron de personas cercanas como, por ejemplo, su amiga Liliana Ramos Martín, que es la autora de la foto de la portada. Ella es de La Matanza, un pueblo diferente al de la escritora, pero con el que comparte “mucha idiosincrasia”. Pero, además de aprender nuevos términos, en este proceso ha recuperado algunos que permanecían latentes en su memoria. Por ejemplo, ‘enzapado’, que se dice cuando una persona está muy roja por fiebre o ‘aquellar’, un verbo comodín que se utiliza para casi todo. “Dices ‘aquéllame la loza’ o ‘aquéllame tal cosa’. Lo usaba mucho de pequeña”, rememora Abreu. 

Correr la cortina

Andrea Abreu no se esperaba para nada el éxito de Panza de Burro. Cuando le dijeron que iba a salir la segunda edición le dio la risa, pero el terremoto solo acababa de empezar. Entrevistas, presentaciones, participación en coloquios, encuentros con los lectores… Las giras de promoción literaria cada vez se parecen más a los tours de los músicos y no todos los escritores lo llevan tan bien como otros. Esa actividad supone estar tiempo fuera de casa y llevar un ritmo de vida ajetreado: la cotidianidad conocida desaparece y se convierte en otra cosa, aunque sea por tiempo limitado. El ritmo de la industria hace que un supuesto bombazo editorial se haya olvidado tres meses después, pero ese periodo de visibilización es intenso.

La escritora forma parte del grupo de novelistas a los que el éxito y sus consecuencias los dejan del revés. Ella vivía en Madrid y su idea era volver a Tenerife y trabajar en una tienda porque no veía posible dedicarse al periodismo, que era lo que quería. “Pero salió la novela y tuve que cambiar el plan de vida, porque para mí fue como meterme en una lavadora y no tuve conciencia hasta que terminó el lavado, que fue de años”, comenta. El que haya tardado poco más de un lustro en reaparecer en el panorama literario se debe a varias razones, aunque cree que “cada día daría una respuesta diferente a esta pregunta”.

Lo di todo en 'Pajaritos preñados', puse todas mis herramientas narrativas. Al igual que con 'Panza de burro', quiero parar, tomar distancia y ver qué es lo que quiero hacer verdaderamente

Andrea Abreu — Escritora

Primero, precisaba de tiempo para escribir medio millar de páginas, que se dice pronto. Segundo, necesitaba tener una intimidad y privacidad que no sentía cuando estaba expuesta en redes sociales o en público. Y tercero, porque su salud mental requería cuidados, ya que la tenía “muy desmejorada”. “Se me juntaron muchas, muchas cosas a la vez. Mi sensibilidad neurodivergente me dificulta mucho estar tan sobreestimulada”, considera. Solo tiene WhatsApp y YouTube y afirma que ya le afectan bastante al ánimo, así que las que implican exponerse a un público masivo quizá sean demasiado para ella. “Aparte yo tenía un trastorno de la conducta alimentaria y mi psicóloga me sugirió que me fuera una temporada de las redes para poder empezar a recuperarme”, indica.

De momento, ha notado que le resultaba un “90% más sencillo” realizar sus gestiones psicológicas. Con ayuda de su terapeuta ha calmado la ansiedad por no ‘estar presente’ y ahora coquetea con la idea de abrir Instagram “un ratito” y volver a cerrarlo. “No quiero tener una relación de todo o nada, de pureza. Me quiero permitir esa flexibilidad y poder cambiar de opinión”, expresa. Ella es consciente de que no tener redes cuando se es una persona que se dedica a la cultura, a día de hoy “es una cuestión de privilegio”. Pero, al mismo tiempo, considera que si fuese “vendedora de ropa interior, que es lo que era antes de escribir la novela” tampoco las tendría.

Ahora vuelve a estar en plena vorágine de promoción, aunque desde la posición de la autora de éxito que presenta su segunda novela. Algunos escritores temen ese momento, porque ya existen expectativas sobre su trabajo, hay material previo con el que comparar. En general, ella tiene buena relación con los integrantes del ámbito literario, sobre todo con los de su generación, está arropada. Pero recuerda una anécdota con una autora más veterana, que se le quedó marcada. “En un festival, donde justamente lo estaba pasando fatal por tener que hablar en público, me encontré con Sara Mesa. Tuvimos una conversación muy linda, medio fugaz, me dijo algo como que volviese a lo privado. Fue en un momento en el que yo estaba ya en un punto de inflexión y que una persona a la que admiro tanto que me dijera eso me ayudó muchísimo. Eso se lo agradezco mucho, por ejemplo”, recuerda.

Por el momento, no tiene pensado nada más allá que terminar de presentar este último título y darse un tiempo para relajarse. “Lo di todo en Pajaritos preñados, no quedó nada de mí, puse todas mis herramientas narrativas, usé toda la artillería pesada. Al igual que con Panza de burro, quiero parar, tomar distancia y ver qué es lo que quiero hacer verdaderamente”. Abreu considera que escribir un libro es una acción que requiere mucho compromiso y teme enrolarse en un proyecto que después no sea sostenible para ella. “Soy muy obsesiva y si me meto en una idea lo hago a full”, concluye. Las 504 páginas de su último trabajo lo atestiguan. 

Isabel Allende gana el Premio Planeta 2026 por la secuela de 'La casa de los espíritus': "Es como ganar el Nobel"

15 October 2026 at 22:30

Isabel Allende gana el Premio Planeta 2026 por la secuela de 'La casa de los espíritus': "Es como ganar el Nobel"

Este es el primer galardón español de renombre que reconoce la labor de Isabel Allende, una autora querida por su público pero denostada por la crítica especializada desde sus inicios

Isabel Allende: “No podría escribir una novela sobre Trump, necesito la distancia del tiempo”

La ganadora del Premio Planeta 2026 ha sido Isabel Allende por la novela La hora antes del alba, la segunda parte de su ya clásica La casa de los espíritus. El finalista ha sido Sergio Hernández por La añoranza. Sus nombres se han anunciado durante una cena en el Pabellón 1 del Recinto de Montjuïc de la Fira de Barcelona, que ha estado presidida por los Reyes.

“No esperaba esto y menos ver a todo el mundo de pie, qué emoción tan grande”, ha dicho la autora chilena al subir al estrado para recoger su distinción. “Decidí correr el riesgo de presentarme porque me parecía un desafío tan importante como casarse a los 80 años”, ha declarado, con su gracia natural.

La hora antes del alba está protagonizada por Alba, la nieta de Esteban Trueba y Clara del Valle, quien regresa embarazada a la casa familiar tras haber sido torturada y apresada por la dictadura de su país. A través del amor y el ansia por ayudar a los demás conseguirá, poco a poco, volver a asentar los pilares de su vida.

Aunque se considera que sus anteriores títulos Hija de la fortuna y Retrato en sepia forman parte del universo de La casa de los espíritus, con esta nueva obra la autora retoma la saga familiar desde el punto en el que terminó la primera entrega. Según Luz Gabás, integrante del jurado junto a Pere Gimferrer, Eva Giner, Carmen Posadas, Paloma Sánchez-Garnica, Javier Sierra y Belén López, se trata de “una ficción histórica de superación sobre una familia que lucha por sobrevivir en un lugar convulso”.

“Desde que publiqué La casa de los espíritus he recibido miles de mensajes de lectores que querían saber qué había pasado con Alba”, ha afirmado. Allende tiene muchas ideas dentro que son “como semillas” y algunas de ellas acaban saliendo. “Ahora que veo tantas democracias amenazadas por el autoritarismo e incluso el fascismo, vuelvo a sentir el temor que me llevó a salir de mi país”, ha revelado.

Eso la ha llevado a recuperar la saga de la familia Trueba en el momento en el que la nieta de Esteban y Clara se convierte en la protagonista. “Es la historia de Alba en los años del terror, fortalecida por la maternidad, por el amor de dos hombres y por los espíritus que la acompañan”, ha resumido y ha afirmado que el título “se refiere al momento más oscuro de la noche” en el que el amanecer se empieza a intuir.

Tampoco ha dudado en afirmar que escribe sobre ciertos temas porque “están en el aire, pesan” y confía en el poder de la literatura para cambiar a los lectores gracias a su manera insidiosa “de entrar en una casa o en una mente o en una familia”. Y ha afirmado, contundente, que “Salvador Allende estaría contento de ver que lo que él sembró, no se perdió”.

Este es el primer galardón español de renombre que reconoce la labor (y el tirón comercial) de Isabel Allende, una autora querida por su público pero denostada por la crítica especializada desde sus inicios. De hecho, ella misma ha reconocido en su encuentro con los medios posterior a la cena que con este galardón, espera “ganar lectores que quizá no tendría de otra manera”. Y, además, ha dejado claro que también quería “el prestigio que este premio da, porque es una categoría que yo quiero tener. Es como ganar el Nobel”. 

Su bibliografía se ha nutrido de novelas, memorias, relatos, obras de teatro y literatura infantil. Cada 8 de enero se sienta ante el teclado, hace una pequeña ceremonia y se lanza a escribir hasta que su idea se consolida. Entre sus títulos más conocidos, además de su mencionado debut, están Eva Luna (1987), De amor y de sombra (1984), Paula (1994) o El viento conoce mi nombre (2023). Su última publicación ha sido La palabra mágica. Una vida escrita (2026), un libro en el que reflexiona sobre el valor de la escritura.

Para Allende, el premio supone una mudanza importante: después de 44 años en la editorial Plaza & Janés, propiedad del grupo Penguin Random House desde 2013, se pasa a la competencia directa. La autora es una superventas indiscutible desde hace mucho tiempo y el premio no hará más que aumentar ese triunfo entre los lectores.

A lo largo de sus más de siete décadas de trayectoria, los títulos galardonados han despachado más de 47 millones y medio de copias. Esto representa, según la organización, “una media de más de dos ejemplares del Premio Planeta, o del finalista, por cada hogar español”.

75 años de Premio Planeta

El evento ha tenido que trasladarse del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), su sede habitual, a esta nueva ubicación por motivos de aforo, ya que ha despertado una gran expectación. Este año el galardón celebra su 75 aniversario, una cifra redonda que le da más peso, si cabe. La obra ganadora se lleva un millón de euros y la finalista 200.000 euros, además de un trofeo.

José Crehueras, presidente del grupo Planeta y Atresmedia, ha sido el encargado de abrir la ceremonia con un discurso emotivo: “a todos nos une ese tesoro al que llamamos libro”, ha apuntado. Después, Felipe VI ha tomado el relevo para recordar que es la quinta edición en la que la Reina y él acuden a esta ceremonia y resaltar la importancia de las novelas que “son capaces de despertar emociones, suscitar preguntas y ampliar nuestra mirada”.

Además, ha recordado la frase de Ana María Matute, la primera mujer que ganó el premio en 1954: “el que no inventa no vive”. Tras estos parlamentos ha dado comienzo una velada que, desde su primera edición, tiene lugar siempre el 15 de octubre. Se corresponde con la festividad de Santa Teresa, un gesto con el que José Manuel Lara Hernández, fundador de la empresa, quiso rendir homenaje a su esposa, María Teresa Bosch.

Entre los políticos presentes en la gala se encontraban, entre otros, Cándido Conde-Pumpido, presidente del Tribunal Constitucional; Salvador Illa, Presidente de la Generalitat de Catalunya; Ernest Urtasun, Ministro de Cultura; Jaume Collboni, Alcalde de Barcelona; Carlos Prieto, Delegado del Gobierno de España en Catalunya y Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular.

Asimismo, se ha podido ver a nombres destacados del espectro literario como Eduardo Mendoza, Carmen Posadas, Boris Izaguirre, Nativel Preciado, Marta Robles, Ángeles Blanco, Pedro J. Ramírez y Cruz Sánchez de Lara, Alana S. Portero, Cristina Araújo, Sandra Barneda, Ángela Becerra, Juan Manuel de Prada, Pilar Eyre, Susana Fortes y Espido Freire. También se han sentado a las mesas del pabellón caras famosas de Atresmedia como Susana Griso y su marido Luís Enríquez; Matías Prats; Roberto Brasero, Alberto Chicote; Vicente Vallés y Sonsoles Ónega, Premio Planeta 2023.

Un misterio histórico como finalista

El premio finalista ha sido para el valenciano Sergio Hernández, por su obra La añoranza. Se trata de una novela de detectives protagonizada por un joven que, en 1959, pierde el corazón por un traductor de francés que desaparece de la noche a la mañana. Dos décadas después, un informe de las Brigadas Sociales franquistas vincula el suceso a un plan para acabar, supuestamente, con Antonio Machado. El autor se presentó al concurso con el seudónimo de Martín Guerrero y el título Los Caminantes.

Hernández ha explicado que su padre durante muchos años ha sido librero y, por tanto, sabe lo que significa este premio, “he crecido con este galardón en los estantes”, ha dicho. Esta novela le ha servido para redescubrirse a sí mismo y a la historia del país, por lo que ha sido “doblemente especial”.

Antes de despedirse con agradecimiento a sus padres, sus abuelos y “a todas las personas que han encontrado las respuestas en los libros” ha querido mencionar a sus autores de cabecera que también han publicado en Planeta. “Almudena Grandes; Javier Cercas que dijo ‘toda gran novela debe contener una gran pregunta’; Carmen Laforet y su Barcelona, y más que en ningún otro a Carlos Ruiz Zafón”. Su frase de despedida ha sido: “Como dijo Machado, hoy es siempre todo”.

En esta edición del Premio Planeta se han presentado 1.424 obras al concurso, un récord histórico. De ellas, nueve novelas han llegado a la recta final. Lo habitual suele ser que la lista sea de diez, pero una se descartó ya que ya se había publicado. Además, desde Planeta han recalcado que todas las obras han sido examinadas al detalle para evitar cualquier posible intrusión de la Inteligencia Artificial.

Hace unas semanas el premio Goncourt, el más prestigioso en lengua francesa, tuvo que eliminar de sus aspirantes a C’était ça ou mourir del canadiense Thélyson Orélien por el mismo motivo, lo que desató un escándalo como hacía tiempo que no se veía en el país vecino. Por si acaso, en Planeta han pasado las obras por los filtros suficientes para evitar cualquier amago de alboroto.

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