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Ficciones belicistas: La teatralización de la guerra

By: A A
7 October 2026 at 15:00

Europa teatraliza la guerra con Rusia mientras su orden liberal se derrumba: un ritual de miedo sin promesa de redención, camino a la autodestrucción.

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MSIa Informa, 29 de septiembre de 2026.-En un arrebato de simulación, durante la Cumbre Europea del Ártico, realizada en Rovaniemi, Finlandia, líderes europeos se mostraron vistiendo ropas militares para transmitir claramente el mensaje de que estarían preparados para un enfrentamiento con Rusia. Mientras tanto, la maquinaria política y mediática de las principales capitales europeas repite, casi al unísono, la alerta contra la supuesta “amenaza rusa” representada por Vladímir Putin.

La propia declaración oficial de la Cumbre de Rovaniemi, realizada los días 13 y 14 de septiembre de 2026, acordó que la seguridad es el centro de las discusiones e insistió en la necesidad de fortalecer la presencia y la capacidad europeas en el Ártico, región considerada estratégica para la seguridad de todo el continente.

Pero hay algo profundamente más inquietante en esta escenificación. Esos dirigentes se disfrazan de portavoces de sociedades movilizadas para la guerra cuando gobiernan países profundamente divididos y desafían una creciente erosión de la confianza política. La distancia entre la retórica de los líderes y la disposición real de las sociedades que pretenden representar debería, por sí sola, recomendar prudencia. En lugar de eso, asistimos a la construcción de una atmósfera psicológica de choque. Y es justamente ahí donde comienza el peligro.

El riesgo real de autodestrucción

En primer lugar, simulan poder porque Europa no dispone hoy de todas las condiciones industriales necesarias para sostener autónomamente una movilización militar prolongada en la escala sugerida por la actual retórica de rearme. El propio esfuerzo europeo por reconstruir reservas, aumentar la producción de municiones y recuperar capacidad industrial demuestra hasta qué punto esa estructura ha sido reducida en las últimas décadas. Pero la cuestión más grave no es industrial. Es estratégica.

La Federación Rusa dispone de un enorme arsenal nuclear y ha desarrollado sistemas de ataques avanzados, incluso hipersónicos. Eso no significa que Rusia posea superioridad tecnológica en todos los campos, pero sí algo mucho más importante para esta reflexión: cualquier guerra directa entre la OTAN y Rusia involucraría fuerzas capaces de provocar una destrucción de escala civilizacional. Rusia y Estados Unidos siguen concentrando la abrumadora mayoría de las ojivas nucleares existentes, al mismo tiempo que los principales Estados nucleares modernizan sus arsenales y se debilitan los mecanismos de control de armas. Por lo tanto, tratar una confrontación directa entre Rusia y la OTAN como si fuera apenas una opción más de política exterior no es una demostración de valentía. Es jugar con una posibilidad cercana de autodestrucción.

Cuando se atraviesa cierto umbral, ya no existe garantía de que los acontecimientos permanezcan bajo el control de quienes los iniciaron. Éste es el punto que parece desaparecer de la actual teatralización belicista. Y hay algo todavía más perturbador. El lenguaje de la destrucción volvió a ser pronunciado abiertamente por los propios liderazgos occidentales.

En septiembre de 2026, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump llegó a advertir que Estados Unidos podría “aniquilar” a Irán si no se alcanzaba un acuerdo. Si una amenaza de esa naturaleza puede ser pronunciada ante las Naciones Unidas sin provocar una ruptura política proporcional a la enormidad de lo que se está diciendo, entonces algo profundamente grave está ocurriendo con la percepción occidental de los límites de la guerra. Porque la normalización del lenguaje de aniquilación no permanece necesariamente confinada al adversario contra el cual fue originalmente dirigida.

Hoy puede ser Irán. Mañana, en una espiral de escalada que nadie consiga ya controlar, podrían ser ciudades europeas. Es en este sentido que los actuales delirios belicistas dejan de ser una escenificación política y pasan a representar un peligro concreto de autodestrucción de la propia civilización europea. Europa, que durante siglos fue uno de los centros fundamentales de la civilización occidental, atravesó dos guerras mundiales y conoció directamente lo que significa transformar rivalidades políticas en guerras de aniquilación. Justamente por eso, cabría esperar que sus liderazgos fueran los primeros en comprender que una guerra entre potencias nucleares no ofrece una segunda oportunidad para corregir errores de cálculo.

Sin embargo, vemos dirigentes jugando con símbolos militares, discursos de movilización, enemigos existenciales y horizontes de confrontación como si aún estuviéramos en el mundo anterior a Hiroshima. La ficción consiste precisamente en eso: representar la guerra como un instrumento político todavía disponible sin enfrentar el final de aquello que semejante guerra podría significar. Y si la confrontación escapa al control, no serán solo gobiernos, partidos o alianzas militares quienes pagarán el precio. Podría ser la propia civilización que esos dirigentes afirman estar defendiendo.

¿Quién necesita la amenaza?

Entonces, preguntemos: ¿quién está detrás de toda esta falsedad? ¿Quién alimenta esta representación? ¿Quién necesita esta atmósfera permanente de amenaza? ¿Y por qué un orden político resquebrajado, sin legitimidad, parece encontrar en la perspectiva de la guerra una de las últimas coartadas para justificar su perennidad? La respuesta más ingenua consistiría en explicar esa patología en la tentativa de mantener regímenes impopulares bajo una imaginaria amenaza externa, al mismo tiempo que se condenan o reprimen fuerzas políticas emergentes, acusadas de “agentes externos” o instrumentos de una potencia enemiga; en este caso, vinculadas a la “bestia” rusa.

Hay, ciertamente, algo de eso. La historia registra numerosos ejemplos de gobiernos que recurren a la amenaza externa para reajustar cohesiones internas deterioradas, desacreditar adversarios y justificar medidas que, en circunstancias normales, encontrarían mayor resistencia. Pero esa explicación es insuficiente. Cuando hablamos de crisis, no nos referimos solamente a la legitimidad de un grupo de líderes europeos. La descomposición alcanza al propio sistema que los llevó al poder. Y es precisamente ese sistema el que se derrumba.

Desmoronamiento del orden liberal-financiero

El llamado “mundo basado en reglas”, la globalización financiera, el libre comercio elevado a dogma y la paulatina sustitución de la economía productiva por la intermediación financiera confrontan hoy el retorno del Estado nacional soberano. Este resurgimiento prioriza la política industrial, la seguridad energética, las cadenas productivas estratégicas y la defensa de los intereses económicos propios. Paradójicamente, dicho centralismo estatal podría mostrar también un camino para que Occidente recupere parte de sus raíces civilizatorias – esencialmente cristianas –, en las cuales el poder político no se concebía como algo absoluto, sino sometido a un orden moral superior.

En el fondo, detrás de estas quimeras se vislumbra una grieta aún más profunda: la crisis del modelo liberal-financiero articulado en torno a bancos centrales “independientes”. Esta lógica ha consolidado la creciente autonomía del capital frente a los Estados nacionales, impulsada por una concepción económica que, durante décadas, desplazó progresivamente el eje de la riqueza desde la producción real hasta llegar a la especulación rentista.

Las raíces de este entramado se remontan a la gestación del orden comercial angloholandés de los siglos XVII y XVIII, proyectado más tarde a escala global a través de la expansión imperial y bancaria británica. Con el paso del tiempo, ese modelo adquirió nuevas formas, pero conservó una característica esencial: la capacidad del poder financiero de proyectarse como una realidad exógena a la política y de presentar sus decisiones bajo la rúbrica de técnicas, neutrales e independientes de las elecciones soberanas de la sociedad. Es justamente esa arquitectura camuflada la que hoy comienza a ser cuestionada.

Una religión secular sin promesa de redención

El cerebro oculto de las oligarquías occidentales ha perdido la capacidad de generar ideas y proyectos capaces de movilizar a las sociedades hacia un horizonte prometedor. Esta esterilidad se refleja también en la mediocridad de gran parte de los liderazgos actuales, convertidos en meros administradores de un orden involutivo antes que en creadores de una nueva realidad política. Así, la política liberal se ha transformado en una especie de religión secular sin promesa de redención, siendo esta, tal vez, una de sus características más inquietantes.

Los grandes movimientos políticos de los siglos XIX y XX, incluso cuando condujeron a sociedades enteras hacia la catástrofe, todavía prometían alguna forma de redención histórica: la sociedad sin clases, la grandeza nacional, el imperio, la revolución, el hombre nuevo o un orden futuro supuestamente definitivo. En cambio, la religión secular del orden liberal en descomposición ya ni siquiera ofrece eso. Exige sacrificios sin presentar un paraíso futuro: demanda empobrecimiento en nombre de la estabilidad, pérdida de soberanía en nombre de las reglas, desindustrialización en nombre de la eficiencia y censura en nombre de la democracia. Finalmente, admite incluso el riesgo de la guerra para preservar un orden cuya finalidad ya no es capaz de explicar.

Ya no existe una verdadera promesa de redención. Existe solo la promesa de que el sistema seguirá existiendo. “Nosotros somos el jardín del Edén; el resto es la selva”. En ese punto, la política deja de defender a la sociedad y exige de la sociedad un sacrificio ciego para ¡defender el sistema! Es precisamente ahí donde una religión secular puede volverse autodestructiva: cuando la conservación del orden existente vale más que la conservación de quienes viven esclavizados bajo ese orden.

De la minoría creadora a la minoría dominante

Tal vez éste sea uno de los signos más profundos de agotamiento civilizatorio. Una élite deja de ser creadora cuando ya no consigue imaginar un futuro distinto de la simple continuación de sí misma, el gran historiador británico Arnold Toynbee percibió con enorme profundidad este fenómeno al distinguir la minoría creadora de la minoría dominante.

Una minoría creadora ejerce liderazgo porque ofrece respuestas capaces de inspirar adhesión. Su autoridad nace de su capacidad de responder a los desafíos históricos y producir nuevas formas de organización, cultura y de sentido del ser. Cuando esa capacidad desaparece, la antigua minoría creadora puede convertirse en una minoría dominante. Ya no conduce porque inspira. Se conserva porque controla. La persuasión es progresivamente sustituida por la disciplina; la imaginación, por la administración; el proyecto, por la propaganda; y la confianza, por el miedo. Es en ese momento cuando el sistema corre el riesgo de transformar su propia crisis en justificación para seguir existiendo. Cuanto más fracasa, más exige poder. Cuanto más pierde legitimidad, más necesita enemigos. Cuanto menos consigue imaginar un futuro, más dramáticamente necesita presentar el presente como una batalla existencial.

Cuando lo temporal ocupa el lugar de lo trascendente

Aquí es donde la reflexión del filósofo y politólogo germano-estadounidense Eric Voegelin (1901–1985) sobre las religiones políticas converge con la de Toynbee acerca de la desintegración de las civilizaciones. Cuando una sociedad pierde el referente de un orden trascendente, la necesidad humana de lo absoluto no se desvanece; simplemente se transfiere. La nación, la raza, la clase, el partido, la revolución, el mercado, las “reglas” o la democracia – entendida ya no en tanto régimen político, sino como categoría moral absoluta –: cualquier realidad temporal puede ser sacralizada y elevada a un estatus que no admite cuestionamiento. En este proceso, lo mundano usurpa el lugar de lo trascendente.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva entre los antiguos movimientos políticos y esta potencial religión secular de un orden agotado. Los primeros prometían una redención futura, mientras que esta última parece exigir el sacrificio presente con el único fin de evitar el colapso del sistema. Se trata de una religión secular desprovista de escatología: sin paraíso, sin un hombre nuevo y sin un horizonte genuinamente inédito. Su único porvenir es la prolongación indefinida del presente.

Cuando el miedo sustituye a la imaginación

Tal vez sea exactamente esa ausencia de futuro la que explique la creciente importancia del miedo: al enemigo externo, a la ruptura, a la disidencia y a la pérdida de control. El temor a que aquello presentado durante décadas como inevitable deje súbitamente de serlo. Cuando un orden ya no consigue generar esperanza, se ve obligado a infundir pavor. Y si el terror sustituye a la imaginación, el conflicto puede convertirse en una vía de legitimación.

La guerra, entonces, deja de ser solo un instrumento externo de política para transformarse en una necesidad interna del sistema. Es justamente ahí donde los delirios belicistas contemporáneos adquieren una dimensión mucho más profunda que el debate cotidiano sobre Rusia, Ucrania, la OTAN o los gastos militares; la cuestión es civilizacional. Un orden que perdió la capacidad de proyectar su propio porvenir puede comenzar a aceptar riesgos que, en condiciones normales, parecerían impensables. Puede terminar confundiendo la continuidad de sus estructuras con la de la propia civilización.

Esta confusión es, tal vez, una de las más peligrosas que una élite pueda cometer. Las instituciones, los regímenes económicos y los esquemas políticos son históricos, mientras que las civilizaciones trascienden a todos ellos. Cuando un engranaje pasa a exigir que la humanidad se arriesgue para garantizar su propia supervivencia, la relación entre medios y fines se ha invertido por completo.

Las señales de un cambio de época

Es en este punto donde resulta posible hablar, verdaderamente, de autodestrucción. Una civilización puede comenzar a destruirse no por haber dejado de creer, sino porque transformó su propio orden histórico en un objeto de fe absoluta. Cuando los dirigentes dejan de proyectar un futuro diferente al que administran; cuando la guerra sustituye a la política y el miedo reemplaza al proyecto; cuando la conservación de las instituciones es más importante que las personas para quienes fueron creadas, no estamos solo ante una crisis política o económica. Nos enfrentamos a una profunda debacle civilizatoria.

El momento en que una élite pierde la capacidad de idear, crear y persuadir suele ser la señal premonitoria de que una época termina. Sin embargo, esto no significa necesariamente que la civilización esté condenada; puede implicar exactamente lo contrario. Indica que las estructuras incapaces de responder a los desafíos del presente están abriendo espacio para otras formas de organización, nuevas ideas y la recuperación de virtudes que parecían olvidados. Al fin y al cabo, el agotamiento creativo de un orden no agota la capacidad de invención humana. Cuando quienes gobiernan ya no conciben nada más allá de su propia perpetuación, quizá sea ese, precisamente, el primer indicio de que algo nuevo – completamente nuevo – está por llegar.

Las urnas electrónicas no son confiables

By: A A
6 October 2026 at 17:00

La paralización del recuento en Brasil revirtió la tendencia y salvó a Lula: las urnas electrónicas, opacas e inauditables, no son confiables.

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El escrutinio de los votos en la primera vuelta de las elecciones generales en Brasil fue motivo de gran controversia. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, iba por delante de Lula en el recuento oficial, con un 49,6% contra un 42,2% para el presidente que busca su reelección.

Habían sido computadas el 64,8% de las secciones electorales hasta ese momento. Pero el recuento se paralizó por más de una hora. Extrañamente, los votos para gobernador, senador y diputados continuaron siendo contabilizados con normalidad. Solo el recuento presidencial se paralizó.

Y, aún más extrañamente, cuando el recuento presidencial se reanudó, la tendencia ascendente de Flávio Bolsonaro y la tendencia descendente de Lula se revirtieron. Los votos del candidato opositor cayeron, mientras que los del actual presidente aumentaron. Flávio Bolsonaro estaba a menos del 0,5% de la victoria que le otorgaría la banda presidencial. Perdió más de un 2%, terminando con un 47,03%, mientras que Lula ganó casi un 3%, terminando con un 45,16%.

Parecía que Flávio Bolsonaro destronaría a Lula ya en la primera vuelta. Pero, tras más de una hora de paralización en los recuentos, Lula logró recuperarse y la disputa se decidirá recién en la segunda vuelta.

El recuento se paralizó a las 19h06 (hora de Brasilia), con el 64,8% de las urnas escrutadas. Recién a las 20h08 se presentaron los nuevos resultados, ya con el 85% de las urnas escrutadas.

La justificación oficial fue dada por el presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE), Kassio Nunes Marques, quien también es ministro del Supremo Tribunal Federal (STF). «Lo que ocurrió fue una congestión de datos. En cada elección, nos vemos sorprendidos por alguna contingencia, lo cual es natural para quien lida con sistemas complejos y tan variados», dijo. «A priori, no se sabe si esto fue derivado de otro problema. Lo que nuestra tecnología de la información constató fue un flujo [de datos] superior a lo normal, y esa congestión generó un atraso», completó.

Existe una propaganda violenta en Brasil, encabezada por la Justicia Electoral, para presentar a los ciudadanos que las elecciones son 100% limpias. El principal foco de esa propaganda son justamente las urnas electrónicas. Las instituciones judiciales y los medios de comunicación dan gran difusión a las palabras de la Justicia Electoral sobre la total confiabilidad de las urnas electrónicas, destacando, incluso, que son sometidas a pruebas antes del plebiscito y luego selladas para que nadie pueda acceder a ellas.

Entonces, ¿por qué las urnas sufrieron una especie de pánico, si habían sido rigurosamente examinadas? Pues, el sapientísimo TSE tiene pleno conocimiento del número de electores aptos para votar y del número de votos que pueden ser registrados en las urnas, incluso en cada sección electoral. La propaganda de la Justicia Electoral indica al público que las urnas están plenamente preparadas con anticipación para registrar y computar perfectamente los votos de los electores.

No debería ocurrir ningún flujo de datos «superior a lo normal» que llevara a la congestión del sistema, porque los datos y estadísticas más variados en relación con el registro de votos son conocidos y los cálculos son perfectamente realizables. La infalibilidad de las urnas electrónicas exige que todos los resultados posibles sean previsibles y que, por tanto, no haya ninguna anomalía.

¿Cómo es posible, entonces, que un sistema tan perfecto, como es el propagado por las instituciones del Estado brasileño, presente una falla que, después de ser supuestamente resuelta, haya modificado tan radicalmente la tendencia de los votos presidenciales?

Puede ser una coincidencia que Flávio Bolsonaro se haya desplomado y Lula haya subido después de la falla de las urnas. Pero, ¿quién sabe? El presidente del TSE reconoció que el sistema electrónico de votación es «complejo». Solo especialistas altamente capacitados, del propio TSE y de empresas de tecnología, consiguen acceder a él y comprenderlo, de acuerdo con la Justicia Electoral. Así pues, está en manos de esos especialistas —que son 150 técnicos desconocidos del público— el destino de un país entero para los próximos cuatro años. El cálculo de los votos que salen de las urnas es totalmente automatizado, no pasa por ningún ser humano. Un número aún más selecto de 22 funcionarios accede a la totalización automatizada de los votos.

Esto significa que 214 millones de brasileños necesitan confiar en esos 150 o 22 sacerdotes egipcios para interpretar esa ciencia oculta. Deben ser los seres más iluminados del planeta Tierra, 100% íntegros, honestos, inmaculados y vírgenes. Incluso los ministros del STF, presentados a lo largo de los últimos 15 años como individuos impecables, probos y castos, aparecen ahora envueltos en el mayor escándalo de corrupción de la historia reciente de Brasil, pero esos especialistas anónimos merecen la más absoluta confianza de los ciudadanos.

Fue por motivos así que la Corte Suprema de Alemania declaró el voto electrónico inconstitucional: «cada ciudadano debe ser capaz de comprender y verificar las etapas centrales de las elecciones de forma confiable y sin ningún conocimiento técnico previo especializado».

El veredicto, fechado en 2009, concluye:

«Un procedimiento electoral en el que el elector no pueda comprender, de manera confiable, si su voto fue registrado de forma infalsificable e incluido en el escrutinio del resultado de la elección, y cómo el total de los votos expresados es atribuido y computado, excluye elementos centrales del procedimiento electoral de la vigilancia pública y, por tanto, no cumple los requisitos constitucionales.»

El sistema judicial brasileño está sumido en su mayor crisis histórica y vive un verdadero western, con peleas partidistas interfiriendo en el funcionamiento de los trabajos. El partidismo, de hecho, contaminó a la mayor parte del poder judicial, incluido el TSE. En la recta final de estas elecciones, decisiones de la Justicia Electoral, apoyadas por el ala dominante en el STF, favorecieron a Lula.

Es evidente que esa ala dominante (representada por los ministros Alexandre de Moraes, Gilmar Mendes y Flávio Dino) no quiere la victoria del bolsonarismo, pues este es su enemigo político declarado. Esos ministros actuaron, en los últimos años, como verdaderos justicieros contra el bolsonarismo. Ahora que ellos mismos fueron sorprendidos en relaciones extremamente promiscuas con un banquero que corrompió a incontables altos funcionarios del Estado, su carrera burocrática está amenazada. La continuidad de Lula es una esperanza de salvación para estos señores, pues el presidente está comprometido con ellos y no puede romper ese compromiso sin arriesgar la propia cabeza, dado el nivel de dependencia que Lula contrajo en relación con los mandamases del STF. Ya una elección de Flávio Bolsonaro tendería a conducir a un choque con los cabezas de esas instituciones, aunque el propio candidato opositor no ha demostrado gran disposición a enfrentarlos, porque los que controlan las elecciones en Brasil (el capital financiero internacional) exigen moderación y pacificación; de lo contrario, dificultarán la vida de cualquiera que se elija presidente.

Y el pueblo es tratado como ganado, víctima de un sistema que no puede comprender, para perpetuar su explotación a través de la escenificación de la «fiesta de la democracia».

Groenlandia no está en venta: la ‘Doctrina Donroe’ de Trump y el imperialismo estadounidense

23 September 2026 at 19:50

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La campaña de Donald Trump para poner a Groenlandia bajo el control de los Estados Unidos a menudo se ha descartado como pura fanfarronería. Eso es un error. Detrás del lenguaje de un acuerdo inmobiliario se esconde un intento serio de revivir un antiguo principio imperial: que Washington pueda decidir el futuro político y económico de todo el hemisferio occidental. Groenlandia, estratégicamente ubicada entre América del Norte y Europa, se ha convertido en una prueba de esa afirmación – y de si la soberanía de una pequeña nación indígena cuenta cuando entra en conflicto con las ambiciones de una gran potencia.

Trump planteó la idea de comprar Groenlandia durante su primer mandato presidencial en 2019. Tras su reelección, la propuesta se volvió más agresiva. En diciembre de 2024 declaró que la “propiedad y el control” de Groenlandia por parte de los Estados Unidos eran una “necesidad absoluta”. El 7 de enero de 2025, se negó a descartar la coacción militar o económica contra Groenlandia y el Canal de Panamá, afirmando: “Necesitamos Groenlandia por motivos de seguridad nacional”. Posteriormente, insistió en que los Estados Unidos se haría con la isla “de una forma u otra”. Esta afirmación combinaba varios argumentos: Groenlandia es vital para la defensa antimisiles; Rusia y China amenazan el Ártico; los yacimientos de tierras raras de Groenlandia tienen un valor estratégico; y, supuestamente, los groenlandeses acogerían con agrado el dominio estadounidense.

Esta última afirmación resultó ser demostrablemente falsa. Una encuesta de enero de 2025, realizada tanto en groenlandés como en danés, reveló que el 85% de la población de Groenlandia se oponía a abandonar el reino danés para unirse a los Estados Unidos, mientras que solo el 6% lo apoyaba. Sin embargo, la misma encuesta mostró que una mayoría estaba a favor de una eventual independencia. Esa distinción es fundamental. El deseo de los groenlandeses de poner fin a la tutela colonial danesa no puede interpretarse como un consentimiento a la anexión estadounidense.

Una relación militar sin anexión

El argumento de seguridad a favor de la propiedad estadounidense es engañoso, ya que Washington ya goza de amplios derechos militares en Groenlandia. La relación comenzó durante la Segunda Guerra Mundial. Con Dinamarca ocupada por la Alemania nazi, su embajador en Washington firmó un acuerdo de 1941 que permitía a los Estados Unidos defender Groenlandia y construir instalaciones allí. Dinamarca solicitó la retirada estadounidense después de la guerra, pero prevaleció la estrategia de la Guerra Fría.

El Acuerdo de Defensa de Groenlandia de 1951, celebrado en el marco del Tratado del Atlántico Norte, autorizó a los Estados Unidos a establecer y operar “zonas de defensa”. Esto permitió la rápida construcción de la Base Aérea de Thule – rebautizada como Base Espacial de Pituffik en 2023 – en un lugar ideal para las rutas aéreas y de misiles más cortas entre la Unión Soviética y América del Norte. En el apogeo de la Guerra Fría, los Estados Unidos operaba numerosas instalaciones en toda Groenlandia. Hoy en día, Pituffik, la base militar más septentrional de Washington, desempeña funciones de alerta de misiles, defensa antimisiles y vigilancia espacial.

El acuerdo ofrece a Washington una amplia libertad operativa. Una enmienda de 2004 – el Acuerdo de Igaliku – reconoció al Gobierno autónomo de Groenlandia, estableció a Pituffik como la única zona de defensa existente y exigió la consulta previa antes de realizar cambios significativos o crear nuevas zonas de defensa. También estableció la cooperación en temas económicos, técnicos y ambientales. En otras palabras, si los Estados Unidos considera que se necesitan más radares, puertos, aeródromos o personal, ya existe un mecanismo legal para negociarlo con Dinamarca y Groenlandia. La soberanía, por lo tanto, no es un requisito militar.

La historia de las bases también explica por qué “seguridad” no es un término neutral en Groenlandia. En 1953, las autoridades danesas ordenaron a 116 inughuit – 27 familias – que abandonaran la recién fundada Qaanaaq, mientras que el resto se reubicó en asentamientos en otras partes del distrito. Camp Century se construyó bajo el hielo entre 1959 y 1960 y estaba vinculado a la propuesta secreta del Proyecto Iceworm, que contemplaba una extensa red de bases de lanzamiento de misiles nucleares.

En 1968, un B-52 estadounidense que transportaba cuatro bombas de hidrógeno se estrelló sobre el hielo marino en la Base Aérea de Thule, lo que provocó contaminación por plutonio y otras sustancias. El accidente puso de manifiesto la inconsistencia entre la política declarada públicamente por Dinamarca en contra de las armas nucleares en territorio danés en tiempos de paz y los permisos secretos otorgados por el Gobierno danés a los Estados Unidos para almacenar armas nucleares en Groenlandia. Las instalaciones abandonadas dejaron combustible, desechos y otros contaminantes. Los reportajes de Groenlandia continúan cuestionando quién pagará por las futuras limpiezas. La relación militar protegió los intereses estratégicos de los Estados Unidos, mientras que los costos humanos y ambientales recayeron de manera desproporcionada sobre los groenlandeses.

Groenlandia dejó de ser formalmente una colonia en 1953, obtuvo autonomía en 1979 y amplió su autogobierno en 2009. La Ley de Autogobierno reconoce a los groenlandeses como un pueblo con derecho a la autodeterminación y establece un camino hacia la independencia. Washington reabrió su consulado en Nuuk en 2020, y la cooperación se intensificó en materia de comercio, educación, minería e investigación. Los gobiernos de Groenlandia (desde Kuupik Kleist hasta Jens-Frederik Nielsen) han acogido con beneplácito los vínculos económicos con Washington, pero rechazan la tendencia de este último a exigir cada vez más a la isla para satisfacer sus necesidades militares.

De Monroe a Donroe

La exigencia de Trump respecto a Groenlandia forma parte de una política hemisférica más amplia. La Doctrina Monroe de 1823 advertía a las potencias europeas contra nuevas intervenciones coloniales en las Américas. Presentada como anticolonial, se transformó en una reivindicación de la supremacía estadounidense. El corolario de Theodore Roosevelt de 1904 afirmaba el derecho de intervención en América Latina, proporcionando una justificación ideológica para ocupaciones, cambios de régimen y el control de activos estratégicos.

Los partidarios de Trump rebautizaron su última versión como la “Doctrina Donroe”. Esta denominación vincula la presión sobre Groenlandia con las exigencias relativas al Canal de Panamá, las amenazas contra Cuba y Colombia, las reivindicaciones sobre Canadá y la intervención de los Estados Unidos en Venezuela. A finales de 2025, la Casa Blanca proclamó formalmente un Corolario  Trump a la Doctrina de Monroe, en el que se afirmaba el liderazgo de los Estados Unidos en todo “nuestro hemisferio”. Groenlandia queda arrastrada a esta esfera porque geográficamente forma parte de América del Norte, aunque esté vinculada políticamente a Dinamarca y su pueblo inuit posea su propio derecho a la autodeterminación. Esta doctrina contiene una contradicción reveladora. Trump denuncia el control europeo sobre Groenlandia como un anacronismo, al tiempo que exige que la isla sea transferida a los Estados Unidos. El colonialismo no se ha abolido; simplemente cambia el colonizador propuesto. Las referencias de Trump a los minerales, las rutas marítimas y la geografía militar reducen a Groenlandia a un activo y a sus 56.000 habitantes a un obstáculo en una transacción entre potencias.

Una crisis dentro de la alianza occidental

Las amenazas de Trump provocaron una ruptura extraordinaria entre los Estados Unidos y Europa. Dinamarca no es un adversario, sino un aliado de la OTAN cuyas tropas lucharon junto a los soldados estadounidenses en Afganistán. La amenaza de arrebatar territorio a un aliado por la fuerza ataca la premisa misma de la alianza. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen advirtió que un ataque de los Estados Unidos contra otro país de la OTAN pondría fin al orden de seguridad de la posguerra. Los gobiernos europeos se unieron en torno al principio de que las fronteras no pueden modificarse mediante la coacción, un principio que invocan contra Rusia en Ucrania.

La crisis puso de manifiesto la dependencia de Europa. La OTAN no cuenta con un procedimiento claro para defender a un miembro frente a su miembro más poderoso. Los Estados europeos dependen en gran medida del poderío militar de los Estados Unidos, al tiempo que se les pide que resistan la coacción estadounidense. Copenhague respondió con una diplomacia cautelosa, un mayor gasto militar en el Ártico y la insistencia en que las decisiones corresponden a Groenlandia y a Dinamarca. Francia, Alemania, los países nórdicos y la Unión Europea expresaron su solidaridad, pero el episodio intensificó los llamado a la autonomía estratégica europea. También dañó la pretensión de Washington de liderar una alianza de democracias contra el revisionismo autoritario.

El 18 de septiembre de 2026, Trump anunció un nuevo acuerdo trilateral de seguridad tras meses de negociaciones, reivindicando el “control permanente” sobre la seguridad de Groenlandia. Los líderes daneses y groenlandeses lo describieron en términos más limitados: una ampliación de la cooperación militar con los Estados Unidos que preserva la soberanía y la autodeterminación de Groenlandia. El texto completo aún debe firmarse y aprobarse. Si su versión es correcta, el resultado confirma lo que era evidente desde el principio: los Estados Unidos podría obtener acuerdos de seguridad adicionales sin llegar a ser dueño de Groenlandia. Sin embargo, la presión que precedió al acuerdo sigue siendo una advertencia sobre las negociaciones llevadas a cabo bajo amenazas.

Groenlandia habla por sí misma

La respuesta de Groenlandia ha combinado rechazo, unidad y complejidad política. Kalaallit Nunaat – el nombre groenlandés del país – se convirtió en el centro de las declaraciones de que Groenlandia pertenece a su pueblo y no está en venta. En marzo de 2025, grandes manifestaciones en Nuuk, Sisimiut y Qaanaaq marcharon bajo la bandera roja y blanca de Erfalasorput. Los manifestantes le pidieron a Trump que respetara a los inuit, a su país y a su nacionalidad. Los partidos políticos de Groenlandia, a pesar de profundos desacuerdos sobre el ritmo y las condiciones económicas de la independencia, condenaron conjuntamente la presión externa. El Parlamento prohibió las donaciones políticas extranjeras y anónimas, defendiendo explícitamente la integridad de la democracia groenlandesa en medio del interés de las grandes potencias.

El colonialismo danés dejó profundas heridas: asimilación forzada, ingeniería social, desarrollo desigual y decisiones tomadas en Copenhague sobre la tierra y el pueblo groenlandeses (toda la cuarta temporada de la popular serie de televisión Borgen, en 2022, se centró en un conflicto entre Copenhague y Nuuk por el descubrimiento de un nuevo yacimiento de petróleo con implicaciones de China y Rusia). Muchos groenlandeses desean la independencia, y algunos ven el creciente interés de los Estados Unidos como una ventaja para atraer inversiones y lograr una relación más equitativa con Dinamarca.

Groenlandia revela el verdadero contenido de la Doctrina Donroe: una afirmación del siglo XXI de que la geografía otorga a Washington derechos superiores sobre los pueblos vecinos. La respuesta de Groenlandia es igualmente moderna y universal. La ubicación estratégica no anula la soberanía popular, los minerales no borran la identidad nacional, y ninguna gran potencia adquiere un país simplemente por declarar que lo necesita.

Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).

Este artículo fue elaborado por Globetrotter.

Una pequeña victoria frente a los mapas que sitúan al Norte Global en el centro y empequeñecen a África.

18 September 2026 at 19:31

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La semana pasada, el 4 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una propuesta africana para un nuevo mapa mundial, que muestra el tamaño real de los países en relación con los demás. Su objetivo es corregir la visión del mundo moldeada por el mapa mundial ampliamente utilizado basado en la proyección de Mercator, creada por Gerardus Mercator, un cartógrafo flamenco del siglo XVI. El problema con el mapa de Mercator es bien conocido; por ejemplo, muestra a la isla de Groenlandia con el mismo tamaño que el continente africano, ¡a pesar de que África es 14 veces más grande que Groenlandia! En pocas palabras, los mapas de Mercator exageran enormemente el norte del mundo —los Estados Unidos y Europa— mientras que reducen África y la mayor parte de Asia. Tampoco trata con benevolencia al resto del hemisferio sur. Sudamérica, que tiene casi tres veces el tamaño de Europa, parece comparable a esta en un mapa típico de Mercator.

Aunque no existe ninguna razón geográfica por la que el hemisferio sur deba ser más pequeño que el hemisferio norte, los cartógrafos lo hicieron significativamente más pequeño porque tenía muy poca masa continental más allá de los 40 grados y, por lo tanto, se recortó. Esto significó que, en la mayoría de los mapas de Mercator, debido a que los cartógrafos occidentales recortaron gran parte del hemisferio sur, el ecuador quedó significativamente desplazado hacia abajo. El doble efecto de comprimir las zonas ecuatoriales, donde se encuentra gran parte de África, y desplazar el ecuador hacia abajo hizo que el norte del mundo, particularmente Europa y América del Norte, parecieran mucho más grandes de lo que realmente son. Por lo general, en la mayoría de los mapas de Mercator, el hemisferio norte parece el doble del tamaño del hemisferio sur, aunque ambos hemisferios son idénticos en tamaño.

Cualquier mapa, ya sea de Mercator o de cualquier otra proyección, presenta el problema de que se puede ser fiel al tamaño o a la forma, pero no a ambos. Se trata de un problema fundamental que surge al proyectar una superficie tridimensional sobre una hoja de papel bidimensional. No hay forma de hacerlo sin distorsiones. Solo un globo terráqueo puede representar fielmente la Tierra tridimensional. Pero entonces, ¿qué hacemos cuando queremos reproducir detalles geográficos para nuestros lectores en libros o artículos?

Las distorsiones evidentes de la proyección de Mercator y su enfoque eurocéntrico dieron lugar a varias alternativas, particularmente entre los cartógrafos de la izquierda amplia o progresista. Otros, especialmente en los Estados Unidos y Europa, se han opuesto a ella, argumentando que el tamaño no importa y que no les molesta que se les muestre mucho más grandes de lo que realmente son. Sin embargo, muchos discreparon e intentaron desarrollar proyecciones alternativas. La proyección de Gall-Peterson, que contó con el respaldo del gobierno socialdemócrata alemán de Willy Brandt, es una de esas proyecciones. La proyección de Hobo Dyer, que se encuentra en el dominio público global —lo que significa que cualquiera puede usarla sin pagar regalías—, es otra. Finalmente, las Naciones Unidas han puesto fin a las guerras de los mapas, con una victoria rotunda a favor de la moción presentada por las naciones africanas para utilizar mapas de área igual. La votación fue de 164 a favor de la moción, con los Estados Unidos como único voto en contra.

El objetivo del mapa de Mercator era facilitar la navegación de los barcos en mar abierto, donde ya no es posible orientarse reconociendo diversas características topológicas, como ríos, colinas, aldeas, pueblos, etc. En mar abierto, si identificamos nuestra ubicación en un mapa de Mercator y el destino al que deseamos llegar, podemos viajar en línea recta, tal como se muestra en el mapa. Conserva la dirección, lo que significa que, si trazamos un rumbo en un mapa de Mercator, podemos fijar nuestro rumbo según él. Es por eso que los países marítimos utilizaban proyecciones de Mercator para la navegación cuando contaban con pocos instrumentos, más allá de la brújula y el sextante, para determinar su ubicación con respecto a su destino.

Es importante señalar que la dirección que se muestra en el mapa no es la ruta más corta entre el punto de partida y el destino.

El camino más corto entre dos puntos en la superficie del globo terráqueo es el arco del gran círculo que va desde su ubicación hasta su destino. Una línea recta en un mapa bidimensional puede parecer la distancia más corta, pero no lo es, ya que no toma en cuenta la curvatura de la Tierra. En pocas palabras, el precio que pagamos por convertir una superficie curva en una plana y bidimensional es que distorsionamos la forma de la superficie. Estiramos ciertas áreas y encogemos otras. En una Tierra plana, la distancia más corta sería la que indica su brújula, pero no así en una esfera.

Anteriormente, los barcos utilizaban las estrellas y el sol del mediodía para estimar dónde se encontraban y hacia dónde debían dirigirse. Fijar un rumbo hacia su destino utilizando un mapa de Mercator y una brújula resultaba mucho más sencillo que tratar de adivinar dónde se encontraba en un océano desierto, sin puntos de referencia, y cambiar constantemente de rumbo en busca de una ruta más corta. La línea constante en el mapa se denominaba “línea de rumbo”, y seguirla ayudaba enormemente a los navegantes. Los mapas de Mercator eran populares en Europa, particularmente en Europa occidental, ya que, aparte de los árabes, eran las principales naciones marítimas.

Mientras que los árabes se enfocaban en el comercio, particularmente en el Océano Índico, los europeos occidentales se dedicaban no solo a la pesca, sino también, fuera de temporada, a la piratería, las incursiones y el saqueo de otras naciones. Los vikingos, importantes figuras románticas en Hollywood, eran particularmente brutales, ya que combinaban el saqueo con el comercio de esclavos. Por supuesto, como todos los piratas, una vez que se alcanza el poder, se puede convertir ese poder marítimo en conquista. Los hombres del norte, o nórdicos, conquistaron Francia y más tarde Inglaterra, y son conocidos por nosotros como normandos. No muy diferentes de las Compañías Holandesa y Británica de las Indias Orientales, que comenzaron con el comercio y la piratería y más tarde establecieron imperios coloniales.

No es de extrañar que los reinos marítimos de Europa occidental, para quienes la guerra, la pesca para alimentarse y la caza de focas, morsas, etc., con el fin de obtener grasa y pieles, constituían las principales fuentes de riqueza, se centraran mucho más en la navegación y la construcción naval. Esto significaba que los barcos construidos para el agitado Océano Atlántico contaban con ciertos avances de los que carecían los barcos árabes e indios, aunque la brújula, el astrolabio, los mapas astronómicos y otros instrumentos náuticos procedían todos de Asia.

Los barcos de Europa occidental contaban con cañones montados en cubierta, lo que les permitía disparar “andanadas”, es decir, disparar múltiples cañones simultáneamente, a diferencia de los cañones montados en la proa y la popa. Esa es una de las principales razones por las que un puñado de países de Europa occidental pudo aprovechar los océanos para, primero, hacerse con el comercio marítimo y, más tarde, construir sus imperios coloniales. A diferencia de los fuertes fijos, los barcos actuaban como fuertes flotantes, lo que proporcionaba a los europeos una movilidad en las guerras navales de la que carecían las fortificaciones terrestres estáticas.

Como muestra la monumental obra de Needham sobre la ciencia y la tecnología chinas, muchos avances náuticos en la construcción naval y la navegación procedían de China. Los siete viajes de los barcos de Zheng He en el siglo XV (1405-1443), que partieron de China, el sudeste asiático y la India, y recorrieron la costa árabe hasta África, demostraron que los chinos habían construido enormes barcos y una poderosa armada. En aquella época, se encontraban muy por delante de Europa y de los árabes, tanto en la construcción naval como en los buques de guerra. Las diferencias internas entre la aristocracia terrateniente y los comandantes navales condujeron a la destrucción de la armada y a la prohibición de construir cualquier buque de alta mar.

Aunque la India suministraba a los árabes la madera necesaria para la construcción naval y en algún momento contó con una poderosa armada, cedió el comercio de alta mar a los comerciantes árabes. Ni China, ni la India, ni los árabes consideraban que la armada tuviera importancia militar. Como dijo un emperador mogol: “Los océanos son para los comerciantes, no para nosotros, los guerreros”. Las divisiones de castas en la India también llevaron, en un momento dado, a prohibir a las castas superiores emprender viajes oceánicos. La travesía del Kala Pani, siempre prohibida por los brahmanes, no se respetó de manera estricta. La India experimentó una gran expansión marítima en el período budista, no a través de la guerra, sino mediante el comercio y la labor de proselitismo de los monjes budistas. Tras el resurgimiento del hinduismo en el sur, el tabú que prohibía a las castas superiores viajar a través de los océanos se aplicó de manera más estricta, dejando los océanos en manos de comerciantes y mercenarios. Por ejemplo, las principales flotas de los reyes indios – ya fuera el rey de Calicut, también conocido como Samundri o Zamorin, o Shivaji – dependían de comandantes navales y buques mercenarios, muchos de ellos al mando de árabes.

Como demuestra la historia, los mapas, el comercio marítimo y la guerra están íntimamente relacionados. Los viajes marítimos y las guerras navales confieren a los mapas una importancia estratégica. No es simplemente la ubicación de las fronteras de cada país lo que importa, sino también su visión estratégica del mundo. Podemos observar cómo esto se está manifestando actualmente en Bab el Mandeb y en el Golfo Pérsico. Un vistazo rápido a un mapa habría convencido a los líderes estadounidenses de que Irán cuenta con una clara ventaja estratégica en el Estrecho de Ormuz, al igual que los hutíes en el Mar Rojo y el paso hacia el Canal de Suez. Descuidar los océanos repite los errores que cometió Asia en una época diferente, errores de los que ha aprendido. Debemos tener esto presente también hoy en día.

Prabir Purkayastha es el editor fundador de Newsclick.in, una plataforma de medios digitales. Es activista en favor de la ciencia y del software libre.

Este artículo fue elaborado por Globetrotter.

Cumbre del BRICS+: entre promesas y contradicciones

18 September 2026 at 18:37

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La 18va Cumbre del BRICS, celebrada en Nueva Delhi del 12 al 13 de septiembre, tuvo lugar en medio de una intensificación excepcional de las contradicciones internacionales. Las guerras en Asia Occidental, las sanciones unilaterales, las barreras arancelarias y el uso de las finanzas y la tecnología como armas han puesto de manifiesto el carácter fundamentalmente desigual del orden internacional dominado por el imperialismo. En este contexto, la continua expansión del BRICS refleja el deseo de los países en desarrollo de alcanzar una mayor autonomía estratégica y un sistema más democrático de gobernanza global. Al mismo tiempo, la cumbre demostró que el BRICS+ sigue siendo una agrupación heterogénea cuyos miembros difieren sustancialmente en sus alineamientos políticos e intereses económicos.

La Declaración de Nueva Delhi, resultado de la cumbre, reiteró la exigencia de una reforma de las Naciones Unidas, las instituciones financieras internacionales y el sistema comercial multilateral. Se opuso a las sanciones unilaterales no autorizadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y abogó por un mayor comercio en monedas nacionales. La declaración también respaldó una mayor representación de los países en desarrollo en instituciones cuyas normas siguen siendo determinadas principalmente por los Estados Unidos y sus aliados. Estas posturas tienen una importancia objetiva en un momento en que Washington recurre cada vez más a sanciones, aranceles, controles a la exportación y control sobre los sistemas de pago para disciplinar a los países que se niegan a aceptar sus dictados.

Ambigüedad

Sin embargo, el lenguaje cuidadosamente negociado de la declaración también reveló las limitaciones de la formación ampliada. El BRICS+ incluye ahora a países sometidos a una presión occidental sostenida, como Rusia e Irán, así como a los Emiratos Árabes Unidos y otros Estados que mantienen amplios vínculos económicos y de seguridad con Occidente. En consecuencia, el consenso solo puede mantenerse mediante formulaciones que reconozcan los conflictos sin identificar siempre sus causas políticas. Esta ambigüedad fue especialmente evidente en el tratamiento que se dio en la cumbre a la guerra cada vez más extensa en Asia Occidental y a la postura adoptada por Irán.

El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, aprovechó la cumbre para denunciar las sanciones unilaterales y la guerra de agresión contra Irán llevada a cabo por los Estados Unidos e Israel. Destacó acertadamente que la resiliencia económica no puede separarse de la paz, la soberanía y la seguridad. Irán también abogó por el comercio en monedas nacionales, un mayor uso del Nuevo Banco de Desarrollo y la construcción de corredores independientes de transporte y energía (tal como ya lo ha hecho a través de Pakistán, que ha proporcionado seis rutas terrestres para que las mercancías chinas y rusas ingresen a Irán). Para un país sometido a décadas de sanciones, a la exclusión de las redes financieras occidentales y a repetidas amenazas de cambio de régimen, la pertenencia al BRICS+ representa una importante oportunidad diplomática y económica.

La postura de Irán, sin embargo, presenta una marcada ambigüedad. Teherán presenta al BRICS+ como un instrumento para resistir el unilateralismo y defender la soberanía. Al mismo tiempo, debe buscar un acuerdo con los estados vecinos del Golfo, varios de los cuales están profundamente integrados con el capital occidental y los acuerdos de seguridad.

Irán firmó una declaración en la que se pedía moderación y desescalada, al tiempo que acusaba a los Estados Unidos e Israel de agresión y defendía sus propias acciones de represalia. Su postura combativa frente a la presión hiperimperialista se combina, por lo tanto, con un esfuerzo pragmático por evitar el aislamiento regional, asegurar el alivio de las sanciones y preservar los canales de negociación.

Esto no debe interpretarse simplemente como una inconsistencia. Irán se enfrenta a una coalición militar y financiera muy superior y debe maniobrar dentro de severas limitaciones. Pero también ilustra el problema más amplio al que se enfrenta el BRICS+. La oposición a la dominación occidental no genera automáticamente un programa antiimperialista coherente. Los Estados participantes son Estados capitalistas que persiguen sus respectivos intereses nacionales. Sus clases dominantes pueden resistirse a aspectos particulares de la hegemonía estadounidense, al tiempo que se mantienen dispuestas a llegar a acuerdos con las finanzas globales o con potencias reaccionarias regionales. En consecuencia, el BRICS+ es un escenario de lucha dentro del orden mundial en transformación, no una alternativa ya constituida al hiperimperialismo.

Socios

El acontecimiento político más trascendental de la cumbre para Asia fue la reunión entre el primer ministro Narendra Modi y el presidente chino Xi Jinping. La primera visita de Xi a la India en siete años confirmó la mejora gradual de las relaciones desde los acuerdos de retirada militar iniciados en 2024. Los dos líderes coincidieron en que la India y China deben considerarse socios en lugar de rivales y abordar las relaciones bilaterales desde una perspectiva estratégica a largo plazo. También discutieron la cuestión fronteriza, el comercio, el acceso a los mercados y los problemas de la cadena de suministro.

Cualquier mejora duradera en las relaciones entre la India y China debe ser bienvenida. La prolongada confrontación tras el enfrentamiento en el valle de Galwan de 2020 perjudicó a ambos países, aumentó el gasto militar y fortaleció los esfuerzos de los Estados Unidos por incorporar a la India a su estrategia indopacífica. Washington ha buscado constantemente convertir a la India en un contrapeso estratégico frente a China a través del Quad y la expansión de la cooperación militar y tecnológica. Por lo tanto, una confrontación continua entre la India y China beneficia mucho más a la estrategia de los Estados Unidos que a los intereses de los pueblos indio o chino.

La paz y la tranquilidad a lo largo de la Línea de Control Efectivo siguen siendo indispensables. Los acuerdos sobre la retirada deben ir seguidos de un compromiso sostenido a nivel diplomático y militar, la aclaración de las zonas en disputa y la observancia estricta de los acuerdos existentes. No se debe permitir que ni la retórica nacionalista ni la construcción competitiva de infraestructura desencadenen otra confrontación. Las diferencias sobre la frontera no pueden ignorarse, pero pueden y deben gestionarse sin subordinar toda la relación a una rivalidad militarizada.

Las relaciones económicas presentan una contradicción igualmente difícil. China es uno de los mayores socios comerciales de la India y una importante fuente de maquinaria, componentes electrónicos, productos químicos, equipos de energía renovable y otros insumos industriales. Sin embargo, el enorme déficit comercial de la India con China refleja tanto la debilidad del sector manufacturero indio como los obstáculos que enfrentan las exportaciones indias en el mercado chino. Para abordar este desequilibrio se requiere un mejor acceso al mercado, inversión china en condiciones transparentes y, sobre todo, una política industrial india capaz de desarrollar la capacidad productiva nacional. Durante los últimos seis meses, el comercio bilateral se ha disparado.

El enfoque del Gobierno de Modi ha alternado entre la dependencia de las importaciones chinas y las restricciones, motivadas políticamente, a la inversión y la tecnología chinas. Su retórica de “China más uno” no puede ocultar el fracaso de sus propias políticas para generar una industrialización de base amplia. Tampoco una alineación estratégica más estrecha con los Estados Unidos puede proporcionar a la India una base manufacturera independiente. Los Estados Unidos busca un acceso privilegiado al mercado indio, al tiempo que recurre a aranceles, restricciones tecnológicas y presión política cada vez que las políticas indias se apartan de sus intereses. La incoherencia del Gobierno de Modi se pone de manifiesto, sobre todo, en su incapacidad para elaborar realmente una agenda nacional de desarrollo que aproveche el dinamismo de la economía china y se distancie de unos Estados Unidos más orientados hacia el nacionalismo económico.

China, por su parte, debe reconocer que unas relaciones estables requieren sensibilidad ante las preocupaciones legítimas de la India. Entre ellas se encuentran la cuestión fronteriza sin resolver, el acceso desigual al mercado y el desequilibrio comercial. La considerable asimetría entre las dos economías hace que la reciprocidad sea particularmente importante. El llamado de Pekín a la colaboración solo cobrará sentido cuando vaya acompañado de medidas prácticas que permitan el ingreso de bienes y servicios indios al mercado chino y eviten que las tensiones fronterizas acaben repetidamente por opacar el diálogo político.

La cooperación entre la India y China otorgaría al BRICS+ un peso mucho mayor en la lucha por la democratización del orden internacional. Juntos, ambos países representan más de un tercio de la humanidad.

Su cooperación podría impulsar la reforma de las instituciones internacionales, el financiamiento climático, el intercambio de tecnología, las iniciativas de salud pública y un sistema comercial más justo. Por el contrario, una nueva confrontación paralizaría al BRICS+ y permitiría que potencias externas se aprovecharan de las divisiones en toda Asia. Por lo tanto, la India debe seguir una política exterior independiente basada en la coexistencia pacífica, y no participar en un proyecto estadounidense destinado a contener a China.

La cumbre de Nueva Delhi generó propuestas para la continuidad institucional, una cooperación financiera más sólida y una mayor resiliencia entre las economías en desarrollo. Sin embargo, las declaraciones tendrán un valor limitado a menos que se traduzcan en acuerdos concretos. El Nuevo Banco de Desarrollo debe ampliar los préstamos en monedas nacionales y dar prioridad a la infraestructura socialmente necesaria, en lugar de reproducir las condiciones y la orientación corporativa del Banco Mundial. Los mecanismos de pago transfronterizos deben desarrollarse de manera transparente, sin crear nuevas formas de dominación por parte de las economías más fuertes del BRICS. Las enérgicas declaraciones en apoyo de la Revolución Cubana y de las aspiraciones de autodeterminación del pueblo palestino deberán tener una aplicación práctica. ¿Encontrará el BRICS+ una manera de romper el cruel e ilegal embargo de Estados Unidos contra Cuba, y brindará el BRICS+ apoyo para la reactivación de la vida política palestina?

El BRICS+ encarna tanto el movimiento hacia un nuevo equilibrio mundial como todas las contradicciones de ese movimiento. El cauteloso acercamiento entre India y China es un ejemplo de dicha contradicción, ya que combina el reconocimiento de la dependencia mutua con una desconfianza estratégica sin resolver. El futuro del BRICS+ dependerá de si dichas contradicciones se gestionan de manera pacífica y de si la cooperación genera beneficios tangibles para los trabajadores, en lugar de limitarse a ampliar el margen de maniobra de las clases dominantes nacionales.

Para la India, el camino a seguir es claro: restablecer relaciones normales y pacíficas con China, resistirse a ser incorporada a la estrategia militar de los Estados Unidos, oponerse a la agresión y a las sanciones unilaterales contra Irán, y trabajar por un orden multilateral genuinamente democrático. Solo habrá un nuevo equilibrio mundial cuando se restrinja la dominación hiperimperialista y se amplíen la soberanía y las posibilidades de desarrollo de los pueblos. La cumbre de Nueva Delhi marcó un paso más en esa transición controvertida, pero la dirección y el contenido social del orden emergente siguen siendo objeto de lucha política.

Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).

Este artículo fue elaborado por Globetrotter.

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