Quando o filho parte para o estrangeiro


Tenemos la cabeza en todas partes menos donde tenemos que tenerla, que es el aquí y ahora. Para Laura Güemes, psicóloga, disfrutar del presente no consiste en que todo nos encante ni en sentirnos bien todo el tiempo, sino en ser capaces de estar donde estamos. "Pensamos que disfrutar el presente es estar feliz todo el rato y motivado, y que me encante todo lo que hago. Y no, disfrutar el presente no tiene que ser necesariamente todo eso, puede ser simplemente estar donde estás", explica en un vídeo de redes sociales.
Y es que no siempre estamos realmente en el momento que estamos viviendo. "Muchas veces estamos de vacaciones pensando en el trabajo, estamos con los amigos pensando en lo que hay que hacer mañana o estamos viendo una serie y nos sentimos mal por no estar siendo productivos. Así que ahí no estás en ningún sitio", señala la psicóloga.
Para Laura Güemes, una de las claves está en dejar de asociar el presente con una sensación constante de felicidad. No todos los momentos tienen que ser extraordinarios para que podamos vivirlos plenamente: "Para mí disfrutar el presente no significa que todo sea increíble, sino darte permiso para vivir lo que estás viviendo ahora, sin intentar estar ya en el siguiente paso", apunta.
Esto también implica aceptar que puede haber momentos aburridos, preocupaciones, cansancio o situaciones que no nos entusiasmen. El objetivo no sería convertir cada instante en una experiencia maravillosa, sino dejar de vivir permanentemente adelantados, pensando en lo que vendrá después.
La pregunta, entonces, es cómo podemos entrenar esa capacidad en nuestro día a día. La psicóloga considera que el primer paso es algo tan sencillo como prestar atención a dónde está nuestra mente. "Lo primero es que necesitamos ser conscientes, así que a lo largo del día pregúntate varias veces dónde está tu cabeza ahora mismo", recomienda la experta.
La respuesta puede ser que estamos pensando en una preocupación futura, repasando mentalmente una lista de tareas pendientes o anticipando lo que tendremos que hacer después. En ese caso, el ejercicio consiste en regresar, de forma consciente, a aquello que estamos haciendo. "Y si te das cuenta de que estás en el mañana, en una preocupación futura, en una lista interminable de tareas, vuelve al presente. A lo que estás viviendo, a lo que estás escuchando, a la conversación que tienes delante, a la comida que estás comiendo", explica.
Una de las ideas que resume esta forma de entender el presente tiene que ver precisamente con esa tendencia a posponer el descanso, el disfrute o incluso la propia vida hasta que hayamos terminado todas nuestras obligaciones. "La vida no ocurre cuando terminas todo lo pendiente, está ocurriendo ahora", concluye la psicóloga Laura Güemes.

Cuando alguien se enamora le resulta muy difícil identificar qué características exactas han hecho que llegue a amar a la otra persona. Normalmente se listan virtudes con cierto componente lírico, aunque lo cierto es que, para que una pareja funcione, se han de dar algunas coincidencias algo más prosaicas, como estilos de vida similares y aspiraciones vitales compatibles. Estar de acuerdo en grandes preguntas, como si se quiere o no tener hijos, decidir dónde vivir o cómo gestionar el tiempo libre, predice la durabilidad de una relación. Y ahora, cada vez más, hay otra cuestión que toma protagonismo: ¿qué se opina sobre los animales de compañía?

© Peter 'Hopper' Stone (ABC/Courtesy/Everett Collection/Cordon Press)
Nunca habíamos sabido tanto sobre relaciones. Hoy cualquiera maneja términos que hace unos años pertenecían casi exclusivamente al ámbito clínico o terapéutico: narcisista, evitativo, dependiente, tóxico, trauma, apego ansioso, red flag, responsabilidad afectiva… Aparentemente, con toda esta retahíla de conocimiento deberíamos estar relacionándonos mejor que nunca. Pero parece que no es así. Las redes sociales están llenas de este vocabulario y lo hemos incorporado con una facilidad pasmosa a nuestra manera de interpretar las relaciones.
El problema aparece cuando utilizamos esos conceptos principalmente para definir al otro y dejamos fuera de la ecuación nuestra propia manera de relacionarnos. Así encontramos discursos del tipo "pon límites", "aléjate de personas así" o "no permitas que te traten de esa manera". Y, por supuesto, hay situaciones en las que eso es absolutamente necesario.
Si alguien no me trata bien, su comportamiento no es mi responsabilidad. Pero sí me corresponde observar qué hago yo ante esa realidad, y qué me estoy contando que me impide tomar determinadas decisiones. Ese es, para mí, el paso que muchas veces falta. Porque saber que alguien es evitativo, narcisista o tóxico puede ayudarme a comprender determinados comportamientos, pero centrarme en señalar al otro me va a despistar del verdadero foco: darme cuenta de qué me está contando esta relación sobre mi, sobre mis carencias, sobre mis miedos, sobre mis creencias. Y ahí es donde el conocimiento psicológico debería servirnos para algo más que para colocar etiquetas.
Así que de lo que se trata en realidad es de comprender que cualquier relación en la que participo contiene información sobre mí. Pero no se trata de culpabilizarme por estar viviendo una determinada relación. Lo importante es no desaprovechar la información que esa experiencia me está dando sobre mí.
Y ojo, que no digo yo que poner una etiqueta no tenga algo de tranquilizador. Ordena lo que ocurre. Pero en realidad no deja de ser una cortina de humo, desde la cual yo voy a empezar a filtrar lo que ocurre en la relación. Por ejemplo, si concluyo que mi pareja tiene apego evitativo porque siento que no se compromete y que no está tan encima de la relación como yo, puedo correr el riesgo de centrarme en esa crítica, creer que he tenido mala suerte y obviar el hecho más importante de todos: darme cuenta de que seguramente yo soy una persona que necesita reafirmarse a través del otro y voy a entrar en ansiedad cada vez que se aleje. Eso es lo que voy a tener que trabajar si quiero encontrar relaciones diferentes.
Además, hay otra deriva de todo esto que veo cada vez más en consulta. Y es cómo todo este lenguaje psicológico también ha entrado de lleno en las conversaciones de pareja. Frases como "eso es tu herida", "estás proyectando", "eso te pasa porque tienes apego ansioso" o "tienes que trabajar tus inseguridades" pueden sonar muy conscientes y, sin embargo, utilizarse para invalidar lo que el otro siente o para evitar hacerse cargo de la propia parte.
El conocimiento psicológico puede ayudarnos a comprender mejor una relación, pero también puede convertirse en una forma bastante camuflada de tener razón. Ahí es cuando el ego se sofistica, vestido de consciencia y lo único que hace es reforzar la misma estructura desde la que nos veníamos relacionando.
Por eso, insisto, tenemos que hacer una distinción importante: manejar términos y teorías psicológicas no es lo mismo que experimentarte en una relación desde la conciencia. Saber que una persona tiene apego evitativo puede ayudarme a entender por qué se distancia. Tener conciencia implica observar qué ocurre en mí cuando se distancia, qué hago ante ello, qué necesito, qué interpreto, qué espero y qué decisiones tomo o no tomo. Una cosa me da información sobre el otro. La otra me incluye a mí en lo que estoy viviendo.
Y cuando empiezas a mirar las relaciones desde ese lugar, también dejan de tener sentido todos esos discursos que necesitan convertir al otro en el enemigo: hombres contra mujeres, evitativos contra ansiosos, víctimas contra tóxicos. Porque en cuanto reduzco a la otra persona a una categoría, dejo de verla como alguien con su propia historia, sus propios miedos y su propia manera de relacionarse, y vuelvo a colocarme fuera de la experiencia.
Así que ni hombres ni mujeres. Personas. Toda relación llega a tu vida para ayudarte con tu propia evolución interna. Te guste esa relación o no. Ya lo decía Alejandro Jodorowsky: “Estamos irresistiblemente atraídos por quien va a darnos los problemas que necesitamos para nuestra evolución”.
Y de eso se trata al final: de dejar de poner la mirada en los demás y empezar a ponerla en mi mapa y en mis procesos internos. Eso es lo que verdaderamente va a tener un impacto positivo y evolutivo en tu vida y en tus relaciones.
Hace más de dos mil años, en Delfos, una máxima resumía en apenas tres palabras algo que seguimos intentando aprender hoy: "Conócete a ti mismo". Quizá no hayamos avanzado tanto como creemos.
