No bailes solo, Pedro
La sabiduría de las abuelas, si se supo escucharlas, acompaña el resto de la vida. Desde lo elemental —lava las mantas después de cada invierno, da a probar el guiso a otro para saber cómo va de sal— a lo más prosaico —si sacudes bien los tejanos al sacarlos de la lavadora, no necesitan plancha—. Eran unas currantas, con la oficina en casa, que intentaban transmitir su oficio. Como dijo María Nicolau, la magia de la cocina de las abuelas no era amor, sino trabajo. Es cierto que la memoria es caprichosa, y cada uno construye su recetario con lo que elige el subconsciente. “Mucho miedo y muy poca vergüenza”; “la mancha de mora con otra mora verde se quita”; “más sabe el diablo por viejo que por diablo” constituyen un fondo de armario de una milenial cualquiera.