Fontaines DC: que el fin del mundo nos pille en un estadio
Lo queremos todo bien grande. Bien emocionante. Bien de patrocinios y sudaderas a 80 euros. Todo cargado de mensajes para la posteridad, porque ya no se habita el momento, el momento es algo que se guarda para no se sabe muy bien cuándo ni para qué, pero se guarda. Y como cada vez tenemos menos capacidad de retener nada, lo que hoy guardamos, mañana lo perdemos. Esto, en el mundo de la música, que ha cambiado mucho pero aún mantiene la capacidad para encapsular lo mejor y lo peor de cada época, ha redundado en una abrumadora cantidad de discos destinados a la grandeza que se diluyen en las redes al cabo de dos semanas; de entregas de premios más competitivas que unos Juegos Olímpicos como síntoma algo melancólico de una sociedad convencida de que hay belleza en los números y sospecha en los adjetivos; de conciertos históricos, los mejores que ha vivido jamás la humanidad, que se olvidan hasta que llega el siguiente, que siempre es un poco más grande y pelín más histórico. En este contexto, la banda irlandesa Fontaines DC es a la vez parte del problema y parte de los que ven que hay un problema. Este Dopamine Chamber, su quinto disco, confirma su tránsito hacia la grandilocuencia, la ambición desmedida, los estadios, Rosalía y el yo estuve ahí y lo voy a estar pagando en cuotas hasta 2030. Y a la vez, es solitario y distópico, oscuro y tristón. Es como ir solo a un concierto en un estadio y perder el último metro de vuelta a casa.

Fontaines DC
Dopamine Chamber XL Recordings / Popstock!
© Elizaveta Porodina (EL PAÍS)
