Mónica García renuncia a las listas del Frente Amplio y retoma su papel de candidata contra Ayuso en Madrid



Qué lío es ser de izquierdas. Hay que preocuparse por el fin del mundo, por el calentamiento global, por si la IA nos asesina, por si los empresarios explotan y los propietarios desahucian, por la sanidad y la educación, y la gente hace reuniones, panfletos, asambleas, pintadas, manifestaciones (qué ajetreo activista hay últimamente) y la policía carga contra los estudiantes como perros de presa y hay que acampar en la calle y comer bocatas y mucho hummus —porque todo el mundo dona hummus—, y se acerca el invierno. Pero luego la izquierda —me refiero a la izquierda política— no se pone de acuerdo ni al grito de la alerta antifascista.


Madrid está sucia. Se habla de ello, se lee en redes sociales y se refleja en las miles de reclamaciones que ponen los ciudadanos cada año. Es una queja histórica en la ciudad de 3,5 millones de habitantes. El paisaje que muchos madrileños observan a diario en las calles es el de contenedores desbordados y rodeados por bolsas de desechos de todo tipo. Entre noviembre de 2022, cuando comenzó a operar el contrato de contenerización, recogida y transporte de residuos, y noviembre de 2025, el Ayuntamiento ha abierto 435 expedientes por incumplimientos a las empresas privadas a cargo del servicio. Eso son unas 145 al año, según los datos municipales obtenidos a través de una petición de información realizada por Más Madrid y que ofrece una radiografía de los fallos en el sistema de recogida de basura. De los expedientes abiertos, 363 han terminado en sanciones por un valor de 1,39 millones de euros a las compañías que prestan el servicio por toda la ciudad.