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Ya es demasiado tarde para salvar a Europa: Lo que me dijeron Putin, Lavrov,Oreshkin y Karaganov en la cumbre de Valdai de 2026

Si la puerta que, según Moscú, está abierta, en realidad está cerrada, es por este lado; y no fue Roma quien la cerró por iniciativa propia.

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Una cumbre de Valdai fuera de la sede

Lo que voy a compartir en este artículo es menos técnico y más personal de lo habitual. Se trata de la información recopilada a lo largo de varios días de diálogo, debate y, al parecer, una pregunta «escandalosa» que se convirtió en una sensación mediática en Europa, porque le pregunté al presidente de la Federación Rusa, Vladimir Vladimirovich Putin, qué será de Europa.

Puedes encontrar el video completo del discurso de Vladimir Putin en el Foro de Valdai aquí.

Puedes encontrar mis comentarios y las respuestas de Putin aquí.

Este año, el Foro de Valdai no se reunió en Sochi. Las invitaciones enviadas en el verano aún indicaban esa ciudad del Mar Negro como sede, pero luego, a finales de agosto, los organizadores anunciaron el traslado a la región de Moscú.

Según el FT, el Servicio Federal de Protección exigió el traslado, preocupado por la amenaza de los drones ucranianos tras un verano de ataques contra refinerías costeras. Este detalle logístico tiene su propia importancia.

La guerra —que en Valdai siempre se discute en términos del sistema internacional— ahora también está influyendo en la organización práctica del foro.

La 23.ª Reunión Anual se llevó a cabo del 28 de septiembre al 1 de octubre bajo un título que, para un europeo, suena casi como una pregunta personal: «Responsabilidad por el futuro: ¿Los límites de lo posible o posibilidades ilimitadas?».

La inauguración contó con la presentación del informe anual del Club, Keep Calm. El Estado y la responsabilidad por el futuro, que los autores presentan —con un guiño a Kubrick— como un manual para dejar de preocuparse y aprender a amar el caos. A esto le siguieron nueve sesiones temáticas, una sesión especial y, el último día, la sesión plenaria con el presidente.

Llegué como italiano y como europeo, sabiendo que en esos salones ambas identidades tienen un peso diferente. A lo largo de la semana, hablé, en particular, con cuatro interlocutores de alto nivel: Sergey Karaganov, Maksim Oreshkin, Sergey Lavrov y, durante la sesión plenaria, Vladimir Putin.

Las tres primeras conversaciones tuvieron lugar al margen de las sesiones, y las relato a partir de mis notas —en esencia, no palabra por palabra—. El cuarto intercambio es público y está documentado mediante una transcripción, de la cual cito directamente.

Tomados uno por uno, los cuatro diálogos transmiten cosas con las que ya está familiarizado cualquiera que siga el debate ruso. Sin embargo, cuando se observan en secuencia, pintan un panorama más claro: una evaluación compartida de Europa y cuatro formas diferentes de sacar conclusiones de ella. Y, sobre todo, un futuro que de ninguna manera es prometedor.

Karaganov: Europa como fuente del mal

Sergei Karaganov es uno de los fundadores del Club Valdai, presidente honorario del Consejo de Política Exterior y de Defensa, y desde hace años ha sido la voz más radical del realismo ruso.

Con él, la conversación comenzó de inmediato con el punto más polémico. Europa, dijo, es la raíz de todos los males. Si fuera destruida, nadie la extrañaría. Un conflicto nuclear táctico en su territorio no involucraría a otros actores.

Los europeos han tenido tiempo de sobra para encontrar una solución a sus propios problemas; ahora que han optado por prepararse para la guerra contra Rusia, es demasiado tarde para ofrecerles otra oportunidad.

Debo ser honesto: nunca he sido admirador de Karaganov; a menudo he considerado que sus puntos de vista son demasiado radicales y anticuados.

Pero a partir de un café juntos después del almuerzo —y a lo largo de una semana de discusiones— descubrí que pensamos de manera muy similar y que sus puntos de vista no son en absoluto triviales.

Cualquiera que haya leído sus declaraciones recientes reconocerá esta línea de pensamiento.

En junio de 2023, Karaganov había argumentado públicamente que Rusia debería bajar el umbral para el uso de armas nucleares a fin de restaurar la credibilidad de su disuasión e inducir a Occidente a retirarse del conflicto en Ucrania.

Parte de ese enfoque se incorporó posteriormente a documentos oficiales: los Fundamentos de la política estatal de la Federación Rusa en el ámbito de la disuasión nuclear, actualizados en noviembre de 2024, tratan un ataque por parte de un Estado no nuclear, llevado a cabo con la participación o el apoyo de una potencia nuclear, como un ataque conjunto.

Sus palabras, sin embargo, contienen tres afirmaciones distintas, y vale la pena diferenciarlas.

La primera es un juicio histórico y civilizatorio: Europa como fuente de las grandes catástrofes de la modernidad, desde las guerras mundiales hasta el colonialismo. Se trata de una tesis que Karaganov ha defendido desde hace tiempo y que puede ser cuestionada, pero que pertenece al ámbito de la interpretación.

La segunda —que nadie lloraría la pérdida de Europa— es una predicción sobre las reacciones de los demás; por lo que observé durante esos días, encuentra eco en una parte significativa de los participantes asiáticos, africanos y latinoamericanos.

La tercera es una hipótesis estratégica que sustenta todo lo demás: una escalada nuclear en Europa se mantendría confinada a Europa.

Sobre este punto, la literatura sobre la disuasión lleva setenta años debatiendo y —afortunadamente— carece de evidencia empírica. El factor que complica esta hipótesis se encuentra dentro de la propia Europa.

Francia y el Reino Unido poseen arsenales nacionales, y en marzo de 2025, París abrió formalmente el debate sobre la dimensión europea de su propia disuasión.

Un conflicto nuclear «exclusivamente europeo» presupone que dos potencias nucleares europeas se quedarían de brazos cruzados. Esta es la suposición más débil de todo el argumento, independientemente de cómo se evalúen las otras dos.

También cabe señalar que Karaganov no habla en nombre del gobierno. En el Foro de Valdai, representa al ala del debate ruso que empuja al Kremlin hacia posiciones más definitivas, y una de sus funciones es precisamente ampliar los límites de lo que se puede decir. Visto así, su «demasiado tarde» es un indicio de una tendencia más que de una doctrina.

Oreshkin: El mercado que ya no existe

Con Maksim Oreshkin, el tono ha cambiado por completo. Subjefe de la Administración Presidencial, exministro de Desarrollo Económico y posteriormente asesor económico del presidente, Oreshkin razona en términos de flujos de efectivo y balances.

Su evaluación fue contundente: Europa está acabada. Ya no existe una competencia viable en el mercado energético, porque China e India ocupan ahora los primeros lugares entre los clientes de Rusia.

Y no hay razón para invertir en un rescate europeo, ya que los europeos, hasta la fecha, no han mostrado interés en encontrar una solución pacífica y razonable.

La pregunta que le había planteado durante la reunión con los participantes de Valdai fue: «Dado que el gasoducto Nord Stream 2 ya no está disponible —porque fue saboteado—, ¿pretende encontrar un nuevo sistema de transporte de energía, suponiendo que Europa se reconcilie y la situación diplomática mejore?». Su respuesta directa —y tal vez brutal— es como una daga de verdad clavada en la conciencia de cada europeo.

«Se acabó» debe entenderse en un sentido técnico. Oreshkin no se refería directamente a la civilización europea, sino a Europa como socio comercial: un mercado que ha dejado de ser fundamental para Rusia y que, por lo tanto, no justifica concesiones políticas para recuperarlo.

A partir de 2022, el petróleo crudo ruso encontró a sus principales compradores en China y la India, mientras que Bruselas, mediante el acuerdo entre el Consejo y el Parlamento Europeo de diciembre de 2025, se comprometió a eliminar gradualmente las importaciones de gas ruso —incluido el gas por gasoducto y el GNL— para 2027. La interdependencia energética que había mantenido unidas a Europa y Rusia durante medio siglo —incluso en los peores momentos de la Guerra Fría— ha sido desmantelada por ambas partes.

El razonamiento de Oreshkin resume la consecuencia más simple de esto: quien ya no es el cliente principal, ya no tiene influencia. Estas son las leyes del mercado, y ni en Londres, ni en Berlín, ni en Bruselas quedan políticos o grupos de poder que puedan decirle a Rusia «qué hacer» .

La otra cara de la moneda también es bien conocida en Moscú. Un mercado dominado por dos grandes compradores les permite exigir descuentos, y sustituir a Europa por Asia tiene un costo en términos de precio y acceso a la tecnología.

Pero según la lógica que me presentaron, la pregunta ya no es si Europa le conviene a Rusia. Es cuánto costaría hacer que vuelva a ser beneficiosa, y la respuesta implícita es que los europeos deben asumir ese costo.

Lavrov: la puerta cerrada a «este» orden

Con Serguéi Lavrov, la discusión pasó de la economía a la diplomacia, sin cambiar la conclusión.

Europa, dijo, tuvo muchas oportunidades para restablecer un diálogo con Rusia y, en cambio, optó por avivar la confrontación directa. Ahora es demasiado tarde para dar marcha atrás: se han cruzado todos los límites y, con el orden europeo actual, no hay forma de volver a las relaciones anteriores.

Me gustaría que hiciéramos una pausa por un momento para reflexionar sobre el peso de estas palabras.

Quienes conocen a Lavrov saben que es un político capaz de sopesar cada palabra con gran inteligencia, incluso en entornos más relajados como la Cumbre de Valdai. «Se han sobrepasado los límites». Sería inútil enumerar estos límites, porque son tan obvios para todo el mundo que simplemente sería una pérdida de tiempo.

Pero la mirada en los ojos de Lavrov mientras hablaba de Europa… eso nunca lo olvidaré. Me he reunido con él muchas otras veces, pero en esta ocasión hubo algo diferente.

El ministro cuenta con un historial de acontecimientos a los que la diplomacia rusa hace referencia con regularidad: los acuerdos de Minsk, los borradores de tratados sobre garantías de seguridad presentados a Estados Unidos y a la OTAN el 17 de diciembre de 2021, y las negociaciones de Estambul en la primavera de 2022.

La interpretación rusa de cada uno de estos acontecimientos es controvertida y es cuestionada en Europa. Lo que me interesa aquí es otro elemento: una salvedad que, al releerla después de la sesión plenaria, resultó ser la clave de toda la semana.

Un regreso es imposible bajo este marco europeo. No con Europa, en su forma actual —es decir, la UE y la OTAN—. El rechazo se refiere a una clase dirigente y a una arquitectura institucional, no a los países que forman parte de ella.

Me pregunto: ¿hasta qué punto se ha abusado de la paciencia rusa para llegar al punto de decir tales cosas? La literatura clásica rusa nos ofrece ejemplos admirables de cómo los políticos rusos son capaces de dar largas, ignorar y ser pacientes.

Y no se puede negar que esta ha sido sistemáticamente la actitud de la clase dirigente rusa durante los últimos años de conflicto.

Llegar al punto de decir que se ha sobrepasado el límite —algo que Putin reiteraría más tarde en la sesión plenaria de la cumbre— significa que ya no hay más recursos que desperdiciar en una espera paciente; significa que el Oso ha sido despertado de su hibernación en el momento equivocado; significa que las consecuencias de estas acciones tendrán una importancia trascendental.

Lavrov agregó una cosa más:

Estamos listos para atacar a Europa de manera ejemplar, no como lo hicimos en Ucrania».

Tomen nota de estas palabras, queridos amigos europeos. Vuelvan a leerlas y reflexionen sobre su peso. No hace falta decir nada más.

Un profesor italiano le hace una pregunta a Putin

Llegamos ahora a uno de los momentos más peligrosos de mi carrera. La sesión plenaria se llevó a cabo, como es tradicional, con la presencia del presidente ruso y con Fyodor Lukyanov como moderador. Tomé la palabra y formulé una pregunta de dos partes:

Vengo de Italia, un país que actualmente no tiene buenas relaciones con Rusia. Como europeo, me gustaría preguntarle: ¿Qué condiciones establecerá Rusia para desarrollar un nuevo sistema de seguridad para los países europeos? Y, si imaginamos una Europa post-Unión Europea, ¿la considerará parte de una gran asociación euroasiática o, en su opinión, Estados Unidos y Rusia siempre estarán compitiendo por estos territorios?

Putin comenzó con la segunda parte, y el orden no es una coincidencia:

Italia se encuentra, de hecho, en Europa, y yo estoy hablando de una alianza euroasiática: por lo tanto, no hace falta decir que consideraremos —y ya consideramos— a Italia también como un socio euroasiático.

Inmediatamente después, aclaró que el destino de la Unión Europea, y la permanencia de Italia en ella, «no es asunto nuestro». Moscú ni siquiera tiene la intención de discutirlo, porque cualquier comentario al respecto se interpretaría como un intento de desintegrar a la UE, «mientras que nosotros no queremos desintegrar nada en absoluto. Solo queremos construir y cooperar».

Sobre las condiciones para un nuevo sistema de seguridad, la respuesta fue clara:

No tenemos condiciones previas». El obstáculo, en su opinión, está del otro lado. Algunos políticos europeos consideran inaceptable que un solo país entable un diálogo con Rusia, y Putin ha calificado esta exigencia como un dictado aún más severo que el de la era soviética. La comparación fue cuidadosamente elaborada: la URSS era un Estado unitario y altamente centralizado, cuyas repúblicas formaban parte de una única estructura estatal; la Unión Europea, en teoría, no lo es, pero en la práctica se comporta como si lo fuera. «Nadie nos lo prohíbe; estamos listos».

En ese momento, Lukyanov intervino con un comentario provocativo típico de un moderador experimentado: dado que Bruselas lo prohíbe, ¿no sería mejor contribuir un poco a la desintegración de la UE, para que sea más fácil tratar con los países individualmente? La respuesta llegó sin vacilar: «Pero no hay necesidad: se desmoronarán por sí solos».

Entonces Putin se dirigió directamente a mí. «Nuestro colega italiano sabe esto mejor que nosotros», dijo, y comenzó a dar las cifras: la deuda pública italiana en el 140 %, el déficit en torno al 3 %, y en otros países europeos cerca del 5 %. Las cifras estaban redondeadas, pero no muy lejos de la realidad.

Según Istat y Eurostat, a finales de 2024, la deuda pública de Italia se situaba en el 135,3 % del PIB y su endeudamiento neto en el 3,4 %. Sin embargo, el punto central de ese pasaje no eran los decimales.

Todos los problemas comienzan con la economía: el nivel de vida baja, el desempleo aumenta y los ciudadanos de las principales economías europeas lo sienten en carne propia; y esto, dijo,

también socava los cimientos mismos de la Unión Europea. Pero eso no es asunto nuestro; no nos entrometemos.

Concluyó reiterando la oferta de manera equilibrada: diálogo con la Unión en su conjunto, si así lo desea la Unión, o con países individuales, sin condiciones previas. «Pero tampoco debe haber condiciones previas por parte de Europa».

Tratar de comprender la magnitud de estas palabras, el equilibrio político que revelan y la fortaleza de un estadista que se preocupa no solo por el bien de su propio país, sino también por el de todo un continente, es una verdadera lección sobre lo que significa la política.

Escucha el discurso completo de Putin y comprenderás cómo, en menos de cinco minutos, es posible captar el declive de toda Europa, en todas sus facetas, al tiempo que se reitera con nostalgia que Rusia ha hecho todo lo que estaba a su alcance para ofrecer su ayuda.

Pero las decisiones de los europeos son suyas, sea cual sea la bandera que enarbolen. Rusia respeta y siempre respetará los principios fundamentales de su política exterior y su tradición política. Nada de mesianismo milagroso, nada de salvadores improvisados.

Europa —o más bien, los europeos de esta Europa—: ¿qué pretenden hacer?

Releyendo mis notas de viaje

Al releer mis notas a mi regreso, lo primero que llama la atención es la convergencia de puntos de vista.

El estratega, el economista, el ministro de Relaciones Exteriores y el presidente han expresado, cada uno con sus propias palabras, la misma evaluación: la Europa actual ha agotado su crédito ante Moscú. Lo segundo que llama la atención es que cada uno saca una conclusión diferente de ese diagnóstico.

Para Karaganov, la conclusión es coercitiva y toma un tono casi escatológico: Europa ha tenido su oportunidad, y lo que siga ya no es asunto de la diplomacia.

Para Oreshkin, es una cuestión de cálculo frío y duro: Europa no vale la inversión necesaria para recuperarla.

Para Lavrov, se trata de un retroceso diplomático limitado, centrado en la estructura política más que en la gente.

Por último, para Putin, la puerta sigue abierta —pero hacia los estados individuales, no hacia Bruselas—, acompañada de la expectativa de que la erosión económica hará el resto.

La aparente contradicción entre la postura de «ya es demasiado tarde» de los tres primeros y la postura de «sin condiciones previas» del cuarto se resuelve precisamente en la caracterización de Lavrov.

El resultado es una línea coherente, que yo llamaría «bilateralización»: Moscú no tratará con la Unión como entidad política mientras su liderazgo actual permanezca en el poder; ofrece a los estados miembros individuales canales sin condiciones previas y deja que las dificultades internas de Europa hagan que esos canales resulten atractivos.

La referencia a Italia como socio euroasiático «ya hoy» debe entenderse dentro de este marco: no es una cortesía; es una indicación de qué interlocutor prefiere Moscú.

Ciertamente no puedo afirmar que los cuatro interlocutores excepcionales hubieran llegado a un acuerdo —eso no hace falta decirlo—, pero esta convergencia me pareció verdaderamente «profética».

Valdai siempre ha sido el escenario donde se muestra la amplitud del debate ruso ante una audiencia extranjera. Puedo afirmar que estas perspectivas son compatibles y se refuerzan mutuamente: la postura firme de Karaganov hace que la oferta de Putin parezca moderada; las cifras de Oreshkin dan credibilidad a la idea de que Moscú no necesita hacer concesiones; y la fórmula de Lavrov equilibra la firmeza con la apertura.

La crisis de la deuda soberana de 2010–2012 dio lugar al Mecanismo Europeo de Estabilidad y a la unión bancaria; la pandemia condujo a Next Generation EU y a la primera deuda común a gran escala. Dentro de la Unión, las crisis han generado al menos tanta centralización como fragmentación.

Por lo tanto, «se desmoronarán por sí solos» es una apuesta, no una observación —aunque la apuesta les cueste poco a quienes la hacen—: si la UE se mantiene unida, Moscú al menos ha ofrecido diálogo; si se derrumba, ya cuenta con canales bilaterales establecidos.

Los indicadores a los que hay que prestar atención durante los próximos doce a dieciocho meses son bastante claros.

El primero se refiere a las visitas bilaterales a Moscú de los jefes de gobierno de la UE, además de las visitas previas de Viktor Orbán en julio de 2024 y Robert Fico en mayo de 2025.

El segundo es si se mantiene la unanimidad durante las renovaciones semestrales de las sanciones, donde un solo veto basta para abrir una grieta.

El tercero se refiere a las exenciones nacionales del cronograma para la eliminación gradual del gas ruso.

El cuarto —y el más significativo para nosotros— es la posible apertura de un canal estructurado por parte de una capital importante, incluida Roma.

¿Qué concluyo de todo esto? Como italiano, la frase que me quedo no es la que habla de desintegración; es la otra: «Ya consideramos a Italia también un socio euroasiático».

Contiene tanto una oferta como una observación dirigida a nosotros. Si la puerta que Moscú dice que está abierta en realidad está cerrada, está cerrada por este lado —y no fue Roma quien la cerró por su propia cuenta.

¿Cuánto tiempo puede permitirse un país con una deuda que supera el 135 % del PIB dejar que otros decidan quién puede hablar con quién?

Nadie en Moscú me preguntó eso. Es una pregunta que me traje a casa por mi cuenta. Y todo italiano de buena conciencia, todo europeo que aún tenga corazón, conoce la respuesta.

Traducción:  Observatoriode trabajador@s en lucha

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The 25-year war on Afghanistan hasn’t ended

By Emran FEROZ

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The war inaugurated a terrible new global order in which armed drones kill civilians who are neither named nor counted.

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There were nights full of terror. Our village was bombed constantly,” says Zalmay Khan. Afterward, he goes to pray. Because of his wounds, he cannot kneel, so he prays sitting down.

Khan is in his early twenties and now works as a Taliban intelligence officer. As a boy, he says, he learned to read the sky before he learned to read words. His village in Wardak province, near Kabul, was bombed, then bombed again. First came American planes, then NATO’s, then those of the Afghan army the West had built. By night it got worse, when jets and armed foreign contractors hit villages and killed civilians seemingly at random.

“I became a Mujahed [a Taliban fighter] naturally,” Khan tells me.

He is not an outlier. In village after village on my most recent trip to Afghanistan a few weeks ago, I met men who grew up as the so-called war on terror’s raw material. Some wear the Taliban’s turbans, and some do not. Almost all of them say the same thing, with remarkable calm: The American narrative of this war belongs to the past. After two decades of war and destruction, it is their turn to control narratives and to rule the country.

October 7, 2026, marks exactly 25 years since the United States began bombing Afghanistan. The anniversary will pass in Washington with little reflection. In Afghanistan, the reality of it is lived daily.

Drones and Ghosts

The war on terror made history in a way few people remember. In its opening weeks, the United States used an armed drone against a target in Afghanistan, one of the first such attacks ever, in an attempt to kill the Taliban’s founder, Mullah Mohammad Omar, in Kandahar. Omar was not hit on October 7, 2001. He survived and reportedly died of natural causes a decade later, which the Taliban kept secret for years.

Who died instead? The record offers almost nothing: no definitive or officially confirmed names, ages, villages. One news report cites unnamed Kandahar residents suggesting the raid killed Omar’s 10-year-old son and the child’s stepfather, but the Taliban’s ambassador to Pakistan declined to confirm or deny this report.

In other words, the first known attempt to kill a man with an armed drone killed people no one has ever definitively identified, and it set the template for the type of warfare that would dominate over the next decades. No one can say who the victims were. But if the pattern of the following years is any guide, many were likely civilians, like the thousands of victims who came after them. During the Obama years, Afghanistan officially became the world’s most drone-bombed country.

That template repeated itself so often that Afghans developed names for the many men who were declared dead after supposed “surgical strikes,” but who then reappeared alive: mord-e zinda (the living dead) in Farsi and khyali marr (the not truly dead) in Pashto. I call them “Taliban ghosts.”

It continued across successive U.S. administrations, even across the bureaucratic, supposedly methodical “kill lists” infamously used by the Obama administration used to mark people for death from the skies.

The obvious question was almost never asked: If Omar was not the victim, who was killed instead? In the logic of the drone war, a body is a statistic, and a body in a targeted area becomes a militant by default. The dead were not counted, and the stories of their families, who were left to count for themselves, largely continued to go unknown.

Strikes did not only create ghosts. They also created recruits. Researchers, journalists, and Afghan elders have long described the same pattern: A village is hit, a family is destroyed, and the Taliban offer the survivors the only form of justice made available to them. By the end of the war, entire districts had made that choice, not out of ideological conviction but out of grief.

Democratic Torture

One of the people I talked to on my recent trip was a Taliban official who had been held at Bagram, the American prison north of Kabul, for several years. He told me what the Americans wanted from him. “Accept our democracy or get tortured and rot here. That’s what they told me,” he recalled.

The aim, as he described it, was reeducation by coercion: Accept our system, our ideology, and the pain stops. He refused. By his account, he left more committed than when he arrived. He was freed in 2020 under the prisoner exchange the United States negotiated with the Taliban, part of the same Doha process that handed the country back to the movement the war was purportedly meant to destroy.

Consider the sequence. A man is imprisoned and tortured to make him embrace a political order. He then walks out of the prison and eventually helps govern. The war’s own methods created much of its failure.

I make no argument here that the Taliban’s rule is benign. Women and girls have been shut out of education and public life, and dissent is severely punished. These facts belong in any honest account. But an honest account also includes what the war did, who did it, and whom they harmed; the powers that waged it have shown little interest in reckoning with that part.

A War Passed On

Here is the part that does not fit the story that the war on terror ended in August 2021: someone else is still fighting it.

Pakistan is currently bombing Afghanistan. Just a few days ago, Pakistani airstrikes killed at least 10 civilians, most of them children, in the provinces of Helmand and Kunar.

Pakistani authorities say they are targeting militants of the Tehrik-e-Taliban Pakistan, or TTP, often known as the Pakistani Taliban. Afghans on the ground, and independent reports, repeatedly describe civilians as being among the dead. Islamabad has also forced hundreds of thousands of Afghans, many of them born there, out of Pakistan.

The phrasing used to justify these attacks is familiar: “Terrorists were eliminated.” Anyone who covered the American war has heard that sentence before, and the same pattern follows. The claims are hard to verify, the dead are hard to identify, and the people left behind are not asked.

Pakistan has run this game before, and it has historically done well for itself out of it. In the first days of the war on terror, Islamabad aligned itself with Washington while, according to critics and many former officials, hedging its bets with the Taliban. The United States poured billions into Pakistan in military aid and reimbursements. A double game paid for itself.

For a military establishment that benefits from a war to fight, an enemy is an asset. That helps explain why the army has so little tolerance for those who challenge its role. This pattern goes beyond the foreign policy of one country alone. It is a system — one created by the U.S. but now adopted globally — that requires a threat to warrant its continued expansion and removes the people who question its logic.

If Pakistan again needs an Afghan threat to justify its budgets, its alliances, and its hold on power at home, the logic is the same as in 2001. The war on terror, seen from Islamabad, is a renewable resource.

The Violence That Made the TTP

The TTP itself is not a mystery. It did not appear from nowhere, and it cannot be blamed on Kabul alone. It grew out of Pakistan’s own tribal areas, where decades of military operations, drone strikes with Islamabad’s tacit consent, and brutality under former Pakistani President Pervez Musharraf shattered communities. Many of these massacres have been forgotten outside the region. In the tribal belt they are not.

The result was a generation radicalized by state violence, in much the same process I heard described in Afghan villages. The TTP is, in significant part, a product of the very policies now used to justify the continued bombing of Afghanistan. Without Pakistan’s violence in the tribal areas, the group would not look as it does. Accountability for that history will not come from the same army that carried it out.

The war on terror in Afghanistan was sold as a campaign against a specific enemy. What it produced was a country scarred by airstrikes, night raids, and detention, and an enemy that outlasted the world’s strongest military. It also produced a new precedent: That a state can kill from the sky, in secret, and rarely be asked who died, much less held accountable for its deathmaking.

That precedent traveled. Drones have gone from being an innovation in killing, one shrouded in secrecy, to a mainstay of battlefields on multiple continents.. The language of “surgical” strikes and “militants eliminated” has become standard, notably throughout the genocide in Gaza. And in Afghanistan, the war continues in new hands, with the same justifications and the same result.

On October 7, if this anniversary is marked in the U.S. at all, there will be speeches about sacrifice and lessons supposedly learned. The real lessons are available to anyone who asks the people who lived under the sky, and the most critical question is still the one nobody answered in 2001: Who was killed instead?

Original article:  truthout.org

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