Verlo todo
El libro es fabuloso, se titula En palabras sencillas, y en él Richard Ford habla de sus influencias, de la forma en que se hizo escritor, de sus dudas. En un momento, escribe: “Una parábola de cómo funcionan mi cerebro y mi vida. Al principio no veo nada. Y luego veo todo”. Es una obra astuta, insolente y optimista. Terminé de leerla en un estado extraño, sintiendo incapacidad para poner en marcha el dispositivo del ensueño, que es como conviene vivir —siempre en otra parte—, así que salí a correr en torno al cementerio de mi barrio. Alrededor hay puestos de flores. Rezuman un aroma alegre que contrasta con la naturaleza a la que responden. Son raras las flores para los muertos. No hay nardos ni jazmines, demasiado lúbricos quizás. Predominan los gladiolos rígidos como soldados, los crisantemos anodinos, los claveles arcaicos, las rosas, siempre rojas. Todo es envarado y serio, el equivalente floral a un empleado de casa funeraria. También hay flores de plástico de colores deformes: margaritas de color azul, gladiolos verde radioactivo. Quizás porque son de plástico, y están muertas, el color se les tolera. Casi nunca se ve gente comprando, pero la mercadería parece lozana. Ese día, en uno de los puestos, vi una pizarra en la que se leía: “¡Hay urnas!”, como quien anuncia: “¡Llegaron los tomates!”. Parecía una invitación a morirse. Alguien podía pasar por allí y, al descubrir que habían llegado las urnas, entender que no debía desaprovechar la oportunidad. Miré alrededor: el suelo estaba humedecido por el sol, el cielo parecía a punto de estallar de tensión azul y fría, y yo, que hasta entonces no veía nada, vi todo: la divina ignorancia del amor reinaba en todas partes, la muerte pisaba el mundo pero no podía aniquilarlo, si se prestaba atención se podía escuchar el coro de lo que apenas se escucha. Y seguí corriendo como seguimos todos: repleta de sentido para después perderlo, corriendo hacia adelante para llegar a ninguna parte.

© Martin Zwick (Universal Images Group/Getty Images)