La editorial quebequesa Boréal ha puesto fin a su relación con el escritor Thélyson Orélien después de encontrar indicios del uso de inteligencia artificial (IA) en el proceso de escritura de su novela C’était ça ou mourir, uno de los éxitos de la temporada literaria francesa, pero que acabó excluida del premio Goncourt en medio de una polémica que también llevó al autor a reconocer plagios anteriores. La editora ha anunciado este miércoles que no volverá a imprimir el libro ni publicará nuevas obras del autor haitiano, después de que un análisis externo detectara rastros de esta tecnología en los documentos de trabajo del manuscrito.
El escritor británico, Premio Princesa de Asturias de las Letras, ha anunciado ya el final de su carrera literaria tras su última novela 'Despedida' Leer
El escritor británico, Premio Princesa de Asturias de las Letras, ha anunciado ya el final de su carrera literaria tras su última novela 'Despedida'
Probablemente, Pedro Almodóvar haya conseguido que unos cuantos rescaten Peces del montón de libros pendientes. El director admitió en el Festival de cine de Nueva York que le gustaría adaptar la última novela de Eva Baltasar, pero que no está claro que consiga encontrar a dos actrices dispuestas a asumir la exigencia física de interpretar la pareja de mujeres protagonistas, que mantienen una relación amorosa y muy sexual que, para entendernos rápido, llamaremos tóxica. Que al director le haya interesado la novela no es sorprendente, porque tiene mucho de lo que le suele gustar: la idea de peligro en el deseo y la intimidad, homosexualidad sin demasiado trauma, cierto barroquismo visual (una de las protagonistas vive en una casa abarrotada de objetos raros), y una escritora con una crisis creativa. No sabemos si tendremos la versión almodovariana de La vida de Adèle (el claro referente) porque por ahora no hay más certeza que este comentario, así que de momento hablemos sobre el libro.
¿Dónde termina el autor y comienza el personaje? El novelista Benedict Newman, el nombre más sobresaliente de una generación de escritores, un hombre mecido por la fama y una vida holgada, es requerido por la policía para comunicarle que un asesino está cometiendo crímenes siguiendo el modus operandi que describe en una de sus novelas. Una revelación que sumirá al autor en un inesperado shock que derivará en una crisis personal. Al salir de ese repentino hundimiento emocional, los investigadores descubrirán que el novelista ya no actúa de la misma manera y asistirán, incrédulos, a cómo se comporta como el célebre personaje de sus libros, Colt Star.
Con estos mimbres, Dolores Redondo ha levantado la trama de «Todas las noches, todas las ciudades» (Destino), su esperado regreso a las librerías. Una obra ambientada en el universo de los Valles Tranquilos (compuesto por los títulos «Esperando al diluvio» y «Las que no duermen NASH»), que recupera la figura de Nash Elizondo y se convierte en su novela más psicológica. Una historia que discurre por distintos vectores, pero que siempre reflexiona sobre la escritura y los límites entre creador y criatura, y en la que la propia Dolores Redondo jugará un papel importante al incorporarse al relato.
¿Dónde empieza el escritor y dónde el personaje?
Es el tema de la novela. Esos límites. Esa zona que se puede traspasar en ocasiones. Hay un lugar en el que sucede la literatura. Está en el interior de la mente del escritor. Es un territorio fronterizo entre la realidad y la ficción, y es peligroso. No sabemos hasta qué punto el escritor escribe la historia o la historia escribe al escritor. Esta historia es una inmersión, precisamente, en las consecuencias de crear.
¿Cuáles son?
Un día, paseando por Elizondo, recordé que por esa calle iba al colegio cuando era pequeña. Algo normal si no fuera porque conocí Elizondo con cuarenta años. Ese pensamiento era de mi personaje Amaia Salazar y no aparece en ninguna de mis novelas. Nunca he contado por qué calle iba ella. En cambio, sí estaba en mi memoria del personaje, pero tener un recuerdo del personaje me fascinó.
¿Qué hizo?
Comencé a investigar si a otros escritores les había sucedido algo similar y hablé con un neurólogo. Mi editor me comentó que a Miguel Delibes le ocurrió eso; por eso, al inicio de la novela, incorporo una cita suya. Delibes se daba cuenta de que, en ocasiones, personaje y escritor se fundían de manera siniestra. Al final de una vida, hay personas que pierden la cabeza y ven transformada su memoria. Si algún día estoy así, ¿qué les diré a mis cuidadores? ¿Quién seré entonces: Dolores Redondo o Amaia Salazar? No sé qué memoria me quedará. Los escritores tenemos estas memorias espectrales.
Este libro es una inmersión en la creación.
Es cierto. Una parte de la creación de personajes es un puro ejercicio literario. Necesitas uno y lo creas desde cero. Pero las novelas que nos dejan más huella, y te lo digo como lectora, son aquellas en las que presiento que un escritor no ha creado un personaje, sino que ha convocado a un fantasma del pasado. Ha llamado a uno de los monstruos. Stephen King decía que, cuando quiere buscar un monstruo, mira debajo de su cama. Los mejores escritores tiran de sus fantasmas. Cuando llamas a uno de esos espectros del pasado, por el modo en que te hizo sufrir, en esa especie de sesión de ouija que es una novela, al acabar de escribir, no se va. Ese fantasma se queda contigo, porque no se marcha al acabar el libro. Aunque sea un personaje indeseable, hablas de él una y otra vez cada vez que presentas tu obra o haces una entrevista. El exorcismo se convierte en tu tema de conversación durante meses o años.
La IA es una herramienta extraordinaria, pero está muy mal dirigida
Dolores Redondo
Le invade.
Me invade, justo. La frontera es la lucidez. Cuando regresas de escribir, estás lúcido, pero, si algún día falla la cordura, ¿quién creeré que soy? He vivido tantas vidas y tantos personajes. Para explicar esto tienes que hacer metaliteratura. Para este libro he demolido todas las paredes del género negro. He prescindido de elementos como el paisaje, una de mis características, y vamos a un lugar que solo existe en la mente de un autor.
Durante la escritura.
Se te puede ir el personaje, como en el caso de Bela Lugosi, que, al final de su vida, se creía el conde Drácula, se vestía como él y dormía en un ataúd. Ocurre con los personajes amados. De pronto, te sientes identificado con ellos. Para un inmigrante, de repente, ser un príncipe, aunque sea de las tinieblas y ser inmortal es un alter ego maravilloso. A Johnny Weissmuller le sucedió algo parecido cuando interpretó al rey de la selva. Son personajes que les dieron todo, que interpretaron durante toda su vida, pero esto les robó parte de su identidad y de lo que eran. Esto les ha pasado a muchos actores a los que llaman por el nombre de su personaje. O a mí, que, al principio, me llamaban Amaia. Me identificaban con el personaje.
¿Perdió el control alguna vez?
A nivel literario no he perdido el control de un personaje, pero sí que he tenido encuentros interesantes. Norman Mailer dijo que la escritura es un arte espectral. Hay una parte que, por mucho que analices, no puedes explicar. Trabajas mucho, pero, de pronto, haces un hallazgo: tienes un personaje magnífico que toma tanta fuerza que puede arrollar al protagonista, como ocurre en la vida, y entonces tienes que decidir si intentas aplastarlo, lo quitas o lo desplazas...
Este libro es diferente a los anteriores.
Abordo la investigación más personal, pero también avanzo hacia el lugar al que va a virar la novela negra en los siguientes años. El asesino en serie de los años setenta va a quedar limitado por una cuestión de credibilidad. Hoy en día existen drones, detectores de movimiento, incluso hay cámaras en los bosques... Es casi imposible que actúe ese tipo de criminal. Vamos hacia un crimen de habitación cerrada, no como el de Agatha Christie, pero sí uno que se comete dentro del hogar, donde el ojo público no tiene acceso. El caso Pelicot, por ejemplo, destapó abusos y también la existencia de una página web que enseñaba a futuros agresores cómo conseguir las drogas y utilizarlas para que esas prácticas pudieran llevarse a cabo en el domicilio. El asesino en serie no va a ser posible en el futuro.
Dice que su novela tiene el sello «sine machina». No se ha usado IA.
Forma parte de mi compromiso. Y mi siguiente libro va en esa línea. Es probable que la IA sea capaz de imitar cualquier cosa que haga el ser humano, pero no puede crear de cero. No puede pasear por Elizondo y tener el recuerdo de su personaje. Puede copiar mi novela y hacer un refrito, pero eso ya se hacía en tiempos de «El Quijote». Lo que sí puede hacer es hacerlo más rápido. Nos supera en velocidad. Pero creo que los creativos podríamos estar a punto de vivir un renacimiento porque lo que hace un artesano tiene más valor precisamente por eso: porque lo ha hecho un ser humano. El ordenador tiene un programa, como mi lavadora, que lava mejor que yo, pero una lavadora no decide poner la lavadora. No tiene el impulso de lavar la ropa. No me gusta rendirme al miedo. Pero, si llega una catástrofe, que me pille escribiendo.
¿No tiene miedo?
La IA es una herramienta extraordinaria, pero está muy mal dirigida. Estos terrores que nos hacen pasar deberían estar enfocados al revés: a mejorar la gestión del agua, a curar el párkinson en diez años... Pero la enfocan hacia el terror. Después de Nagasaki e Hiroshima, Faulkner dedicó su discurso del Nobel a combatir el miedo apelando a la creatividad y dijo que crear es el grito de rebeldía más grande del ser humano. No podemos dejar de escribir porque viene la inteligencia artificial.
Reivindico no empobrecer la literatura en favor de la venta, que nos arriesguemos
Dolores Redondo
Aparece Dolores Redondo.
Es metaliteratura. He querido explorar la trastienda de un autor entrando en su mente, en la mía. Que esté, como la llaman, «la Redondo», me permite romper la cuarta pared sin convertir la novela en un ensayo. Lo que opina ella es lo que opino yo. Estoy hablándole al lector sobre lo que opino, sobre lo que tiene que documentarse, sobre mis límites, sobre dónde nunca quiero asomarme en la literatura, sobre la diferencia entre periodismo y literatura y sobre las fronteras que no puedo cruzar. Sentía que tenía que ser honesta en ciertas cuestiones. Es un personaje basado en la persona real.
Reflexiona sobre la pérdida del relato y reivindica la trama.
Reivindico no empobrecer la literatura en favor de la venta, que nos arriesguemos, que haya trama, que no todo se sostenga en lo que funciona, porque eso es traicionarte. Es importante leer narrativa, de todos los géneros y de todas las épocas, porque leer nos ayuda a construir también nuestra narrativa interna. Hoy, la narrativa interna escasea. Las redes están plagadas de personas en busca de identidad. Pero van ahí en lugar de buscarla en los libros. Si lees, te das cuenta de que otros seres humanos han sentido antes todas tus carencias. Aprendes a saber quién eres y a afrontar el resto de la vida. Tienes que saber quién eres y aprender a narrarte. Hay personas que sienten dolor, soledad o abandono, pero no conocen las palabras necesarias para contarlo. No tienen una narrativa interna para decir de dónde procede ese dolor. Esto es lo que puede suceder si abandonamos la lectura. No importa leer cincuenta libros al mes. Lee uno y párate a pensar. Entiende a los personajes. De esa manera, organizas tu propia narrativa y avanzas en comprensión lectora.
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