‘El Pulso’ de ‘Hoy por Hoy’, en directo, en EL PAÍS

© CADENA SER

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El País Semanal, la revista dominical del EL PAÍS, nació el 3 de octubre de 1976. Y lo hacía con una portada que era toda una declaración de intenciones. Fue un reportaje que relataba la historia de las españolas que viajaban a Londres para interrumpir un embarazo no deseado. El aborto legal no llegó a España hasta 1985. “Es la constatación de que EL PÁIS nació con la intención de escuchar el clamor de la calle. Este era un clamor extraño: todo el mundo sabía algo del viaje de las jóvenes españolas a Londres, pero nadie hablaba de ello abiertamente”, escribe Elvira Lindo en el artículo que ahora recuerda aquel primer ejemplar.

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Montse Lluis va a ser la número dos de Vox por Madrid, y no es por ella en particular, sino por la figura en general, pero yo me he acordado de los periodistas que terminan en un ministerio o así, que es como pasar de ser organillero de la calle a ser clavecinista de palacio. Hay periodistas que terminan en un ministerio, como un poeta encajonado, escribiéndole al líder bajo la luz de luna de las fotocopiadoras, bajo la inspiración mística del argumentario (uno se imagina el argumentario como un códice flotante que aparece ante los asesores igual que un cáliz ante los monjes). La verdad es que tan falso puede ser un amor de pianista tísico, de poeta tísico o de presidente tísico como un argumentario de partido, así que todo depende de las debilidades de cada uno. Lo que sí me parece es que el periodista que termina en un ministerio en realidad siempre apuntó a ministro, ya quería ser desde el primer momento ministro, o secretario de ministro, mientras iba por las redacciones como si fueran cancillerías políticas y por los cafés como si fueran vagones de armisticio. Ahora, con las elecciones, hay como un murmullo de periodistas ministros, o secretarios de ministro, que quieren llegar a serlo por fin, y otro murmullo de los que temen dejar de serlo y volver al organillo de la calle o a las redacciones que huelen a sopa. Cada uno tiene la vocación que tiene, claro.
Hay periodistas que terminan en un ministerio, o en una consejería, o en un gabinete, vestidos de azafatos y haciendo de eso mismo, y de heraldos y publicistas, que es lo contrario del periodismo según la cita apócrifa de Orwell y según la experiencia y el sentido común. En realidad el periodista no suele llegar a ministro, que parece una ambición más bien de madre del periodista, como de madre de Máximo Huerta, y en este caso quedó también como decepción de madre (aquel primer gobierno de Sánchez, puro marketing del vendehúmos o vendebragas Iván Redondo, era como un casting de Gran Hermano VIP y Huerta parecía el primer expulsado). El periodista, que tiene un oficio como de entresuelo, suele más bien pasar directamente de los sotanillos de las redacciones a los sotanillos políticos, y ahí se queda inventando palabras y escribiéndoles los discursos a esos políticos que, por no escribirse sus cosas, ni siquiera sus notas o chuletas, luego parece, como Feijóo, que no saben leer. Puede llegar, eso así, a jefe de gabinete de prensa y aparecer por las comparecencias del político para hacer de carabina o de monja con regletazo, como Miguel Ángel Oliver. O puede llegar a gurú, a factótum, a Rasputín mefistofélico, a brujo con cuervos, a Merlín con rayos, como Miguel Ángel Rodríguez. En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo.
Entre el periodismo y la publicidad, y también entre los más angelicales suspiros que alientan una redacción (hay redacciones que parecen internados habitados sólo por suspiros y anhelos de escapar fuera de allí, como aquellos internados de señoritas casaderas con pololo), tenemos otro destino muy deseado, quizá el que más. Me refiero a los medios públicos, que aquí son, absolutamente todos, medios de partido. Los medios públicos sólo son públicos en el sentido de que son otro ministerio u otra consejería, de Propaganda en este caso, que existe sin existir y que se puede manejar con más o menos pudor pero tienen el objetivo de su nombre sin nombre. Cada noticia, cada programa, cada escaleta, cada guion, cada presentador como con balconcillo, cada tertuliano que da tortas o las recibe, cada cómico con sotana, esmoquin o gorra para atrás está elegido, pensado y calculado para servir al partido. Quien lo niegue es que es tonto o está comiendo de ello. Aunque quizá el más cómodo destino es quedarte en tu medio de toda la vida, en tu cabecera de mancheta antigua como una lápida antigua, a ejercer el magisterio del periodismo aun siendo más útil, más efectivo y más dócil al partido de turno que en cualquier otro sotanillo de los que hemos mencionado.
En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo
Hay periodistas que pasan de los sotanillos o las hornacinitas de las redacciones a los sotanillos o las hornacinitas de los partidos, que puede parecer que es una tontería cambiar de un encajonamiento a otro pero no lo es. La verdad es que del periodismo es difícil comer, y más difícil todavía comer y beber (creo que fue Francisco de Cossío el que le dijo a Umbral que había que escribir dos artículos diarios, uno para comer y otro para beber). Es mucho más fácil comer y beber de la política, así que más que traidores al periodismo, más que ministros, estadistas o Richelieus desperdiciados por las redacciones entre suspiros y telefonazos, lo que hay son hambreadores. Tenemos una España llena de hambreadores, por todos lados, por todas las profesiones. Los hay con más ética y con menos, igual que los hay con más hambre y con menos, pero todos parecemos banderilleros con cornada de hambre y poetas con musa de telaraña. A lo mejor no hay que juzgar tan duramente a los que se van a la política para no pasar hambre, para no tener que comer fideos de versos o de realidad. Pero el periodista que niega la realidad, o que impide que se conozca, ya es otra cosa. Y también para eso hay que tener vocación.
Hay murmullo en las redacciones y en los ministerios, hay quien sólo piensa en dejar la libreta con mancha de sopa o la mesa del periódico con luz de ciego para escribirle la mentira al ministro en papel con heráldica, y hay quien tiembla al pensar en volver a pisar la calle, que después de la moqueta es como pisar lava. Rugen los comederos, aletean los sueños, flaquean los esbirros, se buscan refugios, huyen los héroes, sonríen los ambiciosos, porque cuando todo se da la vuelta es probable que las putas y los ascetas intercambien los puestos y la experiencia. Hasta el que tiene alma y hambre de poeta puede pasar a tener alma y hambre de rapaz. No sólo en el periodismo, sino en todo. Ya dependerá de la vocación de cada uno.

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Durante décadas, Europa vivió bajo la convicción de que una mayor integración económica traería consigo estabilidad y prosperidad. El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, la pax americana, la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio y una revolución tecnológica sin precedentes impulsaron un largo ciclo de crecimiento apoyado en mercados abiertos, energía abundante y cadenas de suministro eficientes. Sobre esas bases se asentó buena parte de nuestra prosperidad.

© EFE (EFE)
El periodista Patrick Radden Keefe, que ha publicado El hijo del oligarca (Seix Barral/Periscopi), reflexiona sobre el cambiante modelo de negocio de los medios para incidir que le preocupa que la prensa tradicional esté renunciando "demasiado fácilmente" a lo que ha hecho siempre.
Por eso, el escritor estadounidense cree que el "descontento creciente" de muchas personas con el uso de los móviles, las redes sociales y los entornos informativos actuales puede ser una oportunidad para los medios tradicionales.
Critica que los medios (incluido el suyo, The New Yorker) piensen que ya nadie lee y que deben reducir cada vez más su contenido o adaptarlo a formatos como el vídeo vertical: "Todo el mundo tiene tanto miedo de quedarse atrás que a veces están demasiado adelantados. Están renunciando a lo que siempre han hecho bien, y para lo que hay una demanda", ha opinado.
Radden Keefe participa este sábado en la Biennal de Pensament en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) con la charla Londres: ciudad oculta, y aprovechando su paso por la ciudad ha presentado su último libro.
El hijo del oligarca relata el caso de Zac Bretler, de 19 años, que se precipitó por el balcón del apartamento de lujo de un hombre "de dudosa reputación" en Londres; poco después, un testigo aseguraba que el joven decía ser hijo de un oligarca ruso.
El autor, como hicieron los padres de Zac, se embarca en una investigación que le llevará a recorrer una faceta de la capital británica marcada por el dinero sucio, la violencia y las fantasías aspiracionales, informa Europa Press.
Radden Keefe no cree que sea casualidad que el joven tuviera 16 años cuando Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos: "Creo que este tipo de embaucadores son las figuras que definen nuestra era. De una forma extraña, Zac, de adolescente, podría haber un momento en que pensó que si quería realmente llegar a la cima, la forma de hacerlo era mentir".
El periodista, que se pregunta en el libro qué llevaría a un joven de clase acomodada a fingir ser hijo de un oligarca ruso, señala que probablemente no pueda atribuirse únicamente a un motivo.
"No creo que sea solamente la manosfera, no creo que sean solo los niños estando en redes sociales y con móviles, y no crea que sea solo la transformación de Londres o esta manía por la riqueza que tienen muchas personas. Creo que es todo eso", ha apuntado.
Afirma que, para la generación de Zac, no existe la concepción del mundo que tenía la de sus padres, según la cual estudiar, trabajar duro y ahorrar le permitiría comprarse una casa y comenzar una vida con estabilidad, buena salud y ocio.
Cree que por ello, quizás, mucha gente joven en situaciones precarias se ve "fácilmente seducidos" por las promesas de dinero fácil como el juego, las criptomonedas o los mercados de predicción, así como por figuras de dudosa moralidad.
El autor ve claro que dos de los individuos que aparecen en el libro (Akbar Shamji y Verinder 'Dave' Sharma) tienen responsabilidad real en la muerte de Zac, pero señala que, en un sentido más profundo, siempre sintió que el joven terminó "absorbido por Londres".
La idea para el libro comenzó cuando, en una pausa del rodaje de la adaptación de No digas nada, un abogado se acercó a Radden Keefe para explicarle el caso: al periodista le interesó, y terminó publicando un reportaje en The New Yorker en febrero de 2024.
El reportero siguió tirando del hilo, convencido de que había cabos sueltos, y estuvo 2 años enteros indagando, que resultaron en la publicación de El hijo del oligarca, de cuyo éxito está sorprendido.
"Creo que gran parte de esta historia es simplemente la policía no haciendo su trabajo", admite el autor, que cree que si en su día hubiese habido más escrutinio y presión mediática alrededor del caso, las cosas habrían sido distintas.
A la vez, también le parece "interesante" pensar en qué hubiese pasado si esto, en vez de a una familia acomodada, le hubiese ocurrido a una familia de inmigrantes o de clase trabajadora, viviendo en otra parte de Londres.
Para elaborar el libro, el autor se ha acercado mucho a los Brettler, los padres de Zac, y admite que eso le lleva siempre a pensar en la objetividad periodística: "La palabra en la que pienso es 'permeable'. Tengo que ser bastante permeable, no quiero desactivarme y tener una piel tan dura como para no recoger las emociones de las personas sobre las que escribo".
Insiste en la importancia de contar la verdad, aunque haya establecido un vínculo muy cercano con las fuentes, más que en cualquier otro libro: "Si empiezo a omitir selectivamente cosas solo porque siento compasión por ellos, entonces no soy mejor que los mentirosos en el libro".
Aun así, admite que hubo momentos en que la proximidad con una pareja que había perdido a su hijo adolescente, teniendo él mismo hijos de edad parecida, terminó afectándole.
Radden Keefe ha explicado que está en marcha un proyecto con la productora A24 para adaptar el libro a una serie, aunque advierte de que "muchas cosas en Hollywood empiezan a desarrollarse pero después no se hacen".
Cuando termine la promoción del libro se irá a Sudáfrica para escribir para The New Yorker sobre el legado del apartheid, y también tiene escrito el principio de un nuevo libro del que solo ha avanzado que trata, en parte, de Guatemala.
Además, acaba de empezar a gestionar un nuevo pódcast con el mismo equipo con el que produjo Winds of Change, en 2020.

