El Rey apela a la «altísima responsabilidad» de los españoles ante las elecciones del 29N
A solo 37 días de las elecciones generales, el discurso del Rey en Oviedo no ha sido sencillo de hilvanar. En este clima de precampaña que contamina hasta las conversaciones en la cola del supermercado, cualquier cosa que diga el jefe del Estado, ya se sabe, puede utilizarse en su contra (y a favor de otros, claro). Dicho esto, las palabras de Felipe VI han tenido un hondo calado político. La clausura de la ceremonia de entrega de los Premios de la Fundación Princesa de Asturias sigue siendo una ocasión marcada a fuego en el calendario y a salvo de otros incendios y el Rey ha vuelto a aprovechar que tenía a millones de españoles pendientes de sus palabras para decirles lo que quería decirles sin intermediarios.
El valor de la experiencia, del tiempo, de la confianza y de la acumulación de sabiduría han jalonado un discurso que ha aludido a la «altísima responsabilidad» de todos los españoles el próximo 29 de noviembre para determinar nuestro futuro más inmediato. «También requiere tiempo, en una sociedad madura como la nuestra, el ejercicio de la democracia. No se agota en unas elecciones como las que pronto viviremos, donde los ciudadanos tendrán, una vez más, la altísima responsabilidad de definir la orientación política de nuestro país».
Como ha hecho varias veces este año, Felipe VI ha apelado al compromiso de todos los ciudadanos para cuidar el sistema que nos dimos en la Transición y que no compete solo a los que llevan el timón: «La democracia requiere de un compromiso diario, cívico y exigente, de un cuidado de sus formas e instituciones, para seguir garantizando nuestra convivencia, para alumbrar esa búsqueda del bien común que atienda y equilibre —del mejor modo posible— los legítimos intereses de todos los ciudadanos».
Esta llamada del Rey a mantener el civismo y las formas ha llegado al cierre de una semana especialmente bronca, tanto en la calle como en las instituciones. Con el «establishment» político y económico de España cautivo en el Teatro Campoamor de Oviedo, el toque de atención del Monarca ha sonado más oportuno que nunca.
Tampoco ha faltado una reivindicación de la Transición que lideró su padre y que muchos aspirantes a mudarse a la Moncloa tras las elecciones no se cansan de denostar, como si su conveniencia hubiera prescrito. Sus palabras exactas han sido las siguientes: «La democracia, en definitiva, es también una experiencia, un aprendizaje. Y hemos aprendido mucho en las cinco décadas que ya median entre la aprobación de la Ley para la Reforma Política y la actualidad. Fue un proceso complejo, basado en la generosidad y en la altura de miras: la Transición, que nos permitió nada menos que pasar pacífica y admirablemente de la dictadura a las libertades. Un proceso cimentado en una Constitución —la nuestra de 1978— capaz de acoger a todos los españoles sin distinción alguna. Y un camino que sigue adelante, que se renueva año tras año; que nos obliga a todos a ser humildes, a mantenernos alerta, a renovar también —como ciudadanos— nuestra constante voluntad de aprender y mejorar».
Algunos han querido ver en esa alusión a que la Carta Magna debe abrigar a «todos» los españoles una referencia a refriegas políticas concretas. Esta inferencia resulta, como poco, atrevida tratándose de la Corona, aunque demuestra lo que se decía al principio de este artículo sobre lo delicado del momento que atraviesa España tras el adelanto electoral. Sea como fuere, Zarzuela nunca explica las intenciones que están detrás de los discursos del Rey, así que podrán leerse tantas interpretaciones como intereses.
El Rey ha vuelto a una de sus «obsesiones» de los últimos grandes discursos: que la Inteligencia Artificial nunca ocupe el lugar de la humana ni el de aquello que nos diferencia como especie. «Es importante subrayar esta idea —el valor de la experiencia— en un mundo que marcha al dictado del bombardeo informativo y la agregación masiva de datos. Un mundo en que la Inteligencia Artificial a veces nos parece —por eficaz e inmediata— más fiable que la humana. Nuestros premiados desarman esa impresión: sus logros, vividos y trabajados hasta la médula, demuestran que solo con esfuerzo y constancia puede el talento convertir su potencial en realidades tangibles y duraderas».
«La Inteligencia Artificial —o su evolución futura, la llamada Súper Inteligencia (SI)— ha demostrado con creces que puede absorber todo el conocimiento humano y devolverlo sintetizado con una inmediatez asombrosa. Pero cabe preguntarse si sería capaz de algo muy distinto, casi contrapuesto: de aprender a través del tiempo, del paso del tiempo, conciliando gradualmente —como hacemos los seres humanos— el conocimiento con ese necesario aprendizaje moral que solo nos pueden dar la edad, la consideración por los demás y la experiencia», ha dicho.
Con permiso del algoritmo, Don Felipe ha hecho una defensa encendida del proceso creativo, de la honestidad en el aprendizaje y de la sinceridad como guía y brújula suprema. Hacia el final de su intervención, el Rey ha recordado la respuesta que había dado un ya anciano Jorge Luis Borges cuando le preguntaron por el oficio de escribir: «Él respondió que escribir es soñar, y uno tiene que tratar de soñar sinceramente». Y ha concluido dando las gracias a los premiados «por demostrar lo alto que puede volar la inteligencia cuando va unida al esfuerzo, a los valores y a la creatividad. Es decir, al espíritu humano».























