Me entristece ver cómo las protestas en Francia, que comenzaron con estudiantes reclamando más profesores y recursos para la educación pública, han terminado siendo noticia por los incendios y los destrozos. El incendio del Ayuntamiento de Limoges es injustificable, pero me indigna que una minoría radical haya conseguido desviar la atención de unas reivindicaciones que merecen ser escuchadas. Lo que empezó como una movilización por las condiciones educativas se ha convertido en un debate sobre violencia. Mientras tanto, los problemas que denuncian los estudiantes siguen ahí. Es una pena que quienes salieron a la calle para defender su futuro hayan acabado perdiendo el protagonismo frente a quienes recurrieron a la agresividad. Los disturbios no deberían hacernos olvidar que detrás de estas movilizaciones hay jóvenes que reclaman algo tan básico como una formación de calidad.
El Gobierno de la Comunidad de Madrid reubicará en los próximos días el despacho de Isabel Díaz Ayuso por los inconvenientes provocados por la acampada en Sol, según un miembro de su equipo. “En estos momentos la Real Casa de Correos —la sede— no reúne las condiciones necesarias, especialmente de seguridad, para llevar a cabo el trabajo institucional y se están viendo diferentes opciones en instalaciones de la Comunidad de Madrid para desempeñar, de manera temporal, ese trabajo que normalmente se realiza en Sol”, cuenta la misma fuente.
La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, escoltada por la policía tras participar en la clausura del foro La longevidad tiene nombre de mujer, este lunes en el Palacio de Santoña de Madrid.
Una parte del distrito tercero de París, zona cero del universo bo-bo [la expresión burgués-bohemio] ardió la noche antes con el pretexto de las protestas estudiantiles. El humo negro del plástico quemado de contenedores, bicicletas de alquiler amontonadas en barricadas y señales de tráfico entró en las casas sobre las ocho de la tarde y su hedor ya no despareció. Las granadas de gases lacrimógenos de la policía trazaban una parábola tan alta para llegar hasta el otro lado de la calle, donde estaban los manifestantes, que pasaban delante de la ventana de un sexto piso como gorriones. Y mientras el periodista terminaba una crónica sobre la vida de los otros, una columna de humo negro, como una chincheta de Google Maps, indicaba el punto exacto donde había aparcado el coche. Aunque eso fuera a descubrirlo más tarde.
Un manifestante junto a un vehículo en llamas durante una protesta contra el coste de la vida y los precios del combustible en París, Francia, este sábado.
Mientras el Partido Socialista arranca la campaña con un beso y una flor, con la fuerza de la gente y la del amor, las izquierdas apenas consiguen recuperarse de varias semanas agónicas, atrapadas en estériles disputas sobre candidaturas, marcas y liderazgos. No hubo unidad y todo indica que la competencia entre Podemos y el Frente Amplio se saldará con un resultado amargo.
Uno de los grandes retos de las democracias del primer tercio del siglo XX fue la transformación de su modelo de orden público. Nos lo han contado muy bien especialistas como Diego Palacios, Sergio Vaquero o Rafael Cruz. Si en el paradigma predemocrático el objetivo prioritario era defender el Estado y mantener el orden, en el modelo democrático, lo nuclear es servir a la comunidad y respetar los derechos cívicos. Ya no se trata de blindar al Estado o al Rey, sino de proteger los derechos y libertades de las personas. La ciudadanía deja de ser amenaza potencial u objeto pasivo de control y se convierte en sujeto de derechos y agente activo. Los conflictos no se abordan desde la fuerza para reprimir o disuadir. Se busca la mediación y la gestión pacífica. El ejército y las fuerzas de seguridad quedan bajo control civil y sometidos a mecanismos de rendición de cuentas. La conversión civil del Estado, que diría Charles Tilly, es un ingrediente fundamental de la democracia. Ante una huelga, los poderes políticos dialogan. Si es necesario intervenir, acude la policía, pero sin sables ni máuseres. Las muertes ya no son el precio inevitable de cualquier protesta.
Mi dedo gordo haciendo scroll arrancó al móvil este fin de semana un montaje cinematográfico aparentemente fortuito digno de Cuarón: en una alfombra roja en Los Ángeles, Taylor Swift desfilaba con un vestido azul hielo de Dior mientras las lunas de una tienda de esa misma firma en París estallaban bajo barras blandidas por vándalos; sobre la pasarela escarlata, hora estándar del Pacífico, la bella Ana de Armas paseaba con un vestido de terciopelo de Louis Vuitton y simultáneamente, en huso de Greenwich pero dominios napoleónicos, unos bárbaros atacaban la tienda del malletier que en España conocemos como Luisvi. Ardían las insignias de la costura francesa y también el Ayuntamiento de Limoges, el lugar donde nace la porcelana más fina de Occidente mientras en Hollywood las estrellas lucían lujo europeo. Reinaba el caos en las Galias pero al otro lado del Atlántico Trump tenía listo un veredicto en su red social. Tal vez su movimiento se llama MAGA porque es capaz de sincronicidades que se antojan cosa de brujas. Ya ocurrió cuando 72.000 personas entraron a España y en menos de 48 horas Elon Musk tenía un tuit xenófo sobre un lugar tan ajeno a él como Ceuta. “Parece Guerra Mundial Z”. Ni un día necesitó el presidente de Estados Unidos: “Francia está en llamas. La inmigración de personas procedentes de un mundo totalmente diferente ha destrozado ese país que en su día fue grande. Cierren sus fronteras y tomen el control, antes de que sea demasiado tarde”. Efectivamente, en las imágenes se puede ver, muy convenientemente, la piel de los asaltantes, lo que facilita deducciones asquerosamente racistas. Justo por eso, reza un meme, Batman lleva la mitad de la cara descubierta: para que la policía sepa que es blanco. Decía el poeta negro Gil Scott Heron en ese manoseado poema sobre el que se asienta el género contestatario urbano por excelencia, el rap, que cuando llegue la revolución no la veremos en pantallas. Añado: pero en ellas encontraremos pistas para descifrarla.
Ni camisetas ni pañuelos rosas, pero con flores amarillas de siempreviva, un centenar de mujeres con cáncer de mama, algunas solas, otras acompañadas por sus familias, se han congregado este lunes frente al Ministerio de Sanidad para exigir financiación pública para avanzar en los tratamientos y en la búsqueda de una cura de la enfermedad. Las pacientes, de distintas edades y de varios puntos de España, han reclamado también el acceso a diagnósticos y cuidados de manera igualitaria para las cerca de 37.000 personas que son diagnosticadas cada año en España. “No puede depender del código postal ni de la capacidad económica. Hoy, demasiadas mujeres se ven obligadas a pagar pruebas privadas por las listas de espera, para obtener un diagnóstico precoz o para acceder a terapias innovadoras que el sistema público todavía no financia”, ha indicado Cristina García Zarza, una de las pacientes que fue detectada con la enfermedad en octubre de 2023.
Estos días me he acordado del escritor, periodista y muchas cosas más Leo Longanesi, todo un personaje italiano, por algunas frases suyas. Escribió en 1938, en pleno fascismo: “Dentro de veinte años nadie imaginará los tiempos en los que vivimos. Los historiadores futuros leerán periódicos, libros, consultarán documentos, pero ninguno sabrá comprender lo que ha pasado. ¿Cómo transmitir a la posteridad la cara de F. cuando está de uniforme de jerarca y baja del coche?”.