Empregada com fome mordeu uma maçã. Encontrou um raro diamante rosa roubado
Un nutrido equipo de arqueólogos y genetistas ha encontrado algo que no entienden, pero saben que es único. Son dos muertos, un hombre y una mujer, enterrados alrededor del siglo V con honores junto a joyas casi idénticas. Lo extraordinario es que entre las tumbas de ambos hay 725 kilómetros. Una estaba en Augusta Emerita, la actual Mérida, capital regional de la Hispania romana. La otra yacía cerca de la cuneta de una de las grandes calzadas romanas, en una diminuta localidad llamada Ildum, en la costa mediterránea. Lo que les rompe la cabeza a los científicos es que el análisis de ADN muestra que eran hermanos. Es la mayor distancia jamás registrada entre dos personas tan emparentadas en un estudio de este tipo. ¿Quiénes eran y por qué fueron enterrados a una distancia así, de casi un mes a pie o quince días a caballo?



En 2019, las obras de ampliación de un colegio en Tudela (Navarra) destaparon la existencia de un cementerio medieval. Gracias a que las obras se pararon y a que avisaron a un equipo arqueológico, se pudieron identificar más de 400 tumbas, y averiguar —por la posición de los rostros y de los cuerpos— que se trataba de una de las mayores necrópolis musulmanas de la España cristiana, entre los siglos XI y XIV. Ahora, el análisis de los compuestos químicos acumulados en los huesos ha permitido hacer el mayor estudio en su clase sobre una minoría en la España medieval: los musulmanes de Tudela, que componían la mayor morería de Navarra y una de las mayores del norte de España.
Poco se imaginaba el periodista deportivo Juan Carlos Rivero hasta dónde le iba a llevar la investigación sobre el paso de su abuelo Julián por la Guerra Civil española. Él es el primer invitado del nuevo programa de Televisión Española, ¡Cuánta guerra!, en el que diferentes personalidades del ámbito de la comunicación y la cultura visitan junto a la periodista Conchi Cejudo diversos escenarios de la contienda y descubren lo que ocurrió a sus antepasados y qué supuso para ellos el conflicto bélico. Es, como define la presentadora a EL PAÍS, una investigación que deviene “en una road-movie emocional que viaja por todo el país”.


![]()
O Museu Municipal de Tavira promove, no dia 24 de outubro (sábado), pelas 10h30, sob a orientação de Marco Sousa Santos (Historiador do Museu Municipal), uma visita orientada à exposição “Judeus em Tavira: fragmentos de uma história”.
Através de documentos, obras de arte e um extraordinário conjunto de artefactos arqueológicos, alguns dos quais sem paralelos conhecidos em todo o mundo, a exposição “Judeus em Tavira: fragmentos de uma história” recupera a história da comunidade judaica que existiu na cidade até 1496. Uma oportunidade para conhecer uma página quase desconhecida da história de Tavira.
Os interessados em participar, no número máximo de 15 pessoas, deverão preencher, até dia 23 de outubro, o formulário de inscrição clicando aqui.
Para mais informações contate pelo e-mail: edu.museus@cm-tavira.pt , ou pelo telefone 281 320 545.


En agosto de 1936 buena parte del cuerpo diplomático acreditado en Madrid despachaba desde un hotel de Hendaya. Al estallar la guerra, varias embajadas, entre ellas la británica, se habían evacuado allí; el embajador Henry Chilton no volvió a Madrid, que consideraba demasiado peligroso. Detrás de británicos y franceses cruzaron la frontera los jefes de otras misiones. El norteamericano Claude Bowers, a quien la sublevación sorprendió veraneando en Fuenterrabía, pasaría la guerra entera fuera de España, en San Juan de Luz. Por las tardes se reunían a intercambiar noticias. Irún ardía al otro lado de la bahía.
Desde ahí se informaba a Londres y a Washington sobre lo que ocurría en España. Las noticias de la capital llegaban de segunda mano: consulados, refugiados, corresponsales, prensa. Bowers escribiría a Washington, en una carta fechada en Hendaya el 26 de agosto, advirtiendo desde el primer párrafo que nueve décimas partes de las informaciones de prensa eran falsas.
En esas mismas semanas se decidió todo. Giral pidió armas a Blum el 20 de julio. El 23 Blum viajó a Londres. El 25 el Gobierno francés prohibió la entrega de material de guerra terrestre o aéreo. El 1 de agosto París propuso a las potencias europeas un acuerdo de no intervención. El 7, el Gobierno del Frente Popular entró en crisis interna por ese asunto y Blum lo salvó adoptando la fórmula inglesa; el 8, el Consejo de Ministros acordó proponerla a las demás potencias. El 13 de agosto Francia cerró la frontera con España.
Ese mismo 13 de agosto, el encargado de negocios británico George Ogilvie-Forbes salió de la estación Victoria de Londres para hacerse cargo de la embajada en Madrid. Llevaba en el equipaje un fardo de banderas británicas para usarlas como salvoconductos y viajaría hasta Valencia en un destructor, desde Marsella. Llegó cuando el acuerdo ya estaba hecho.
Ángel Viñas lleva décadas sosteniendo -y particularmente en su libro La soledad de la república, de ediciones Crítica- con una documentación de primer orden, que la no intervención fue una de las grandes desgracias de la República. El argumento es sólido y no ha sido refutado: mientras Hitler y Mussolini enviaban aviones, armas y hombres a los sublevados, Londres y París se refugiaron en un embargo que colocaba en el mismo plano al Gobierno legítimo de un Estado y a quienes acababan de levantarse contra él. Las tres dictaduras europeas podían intervenir sin responder ante un Parlamento libre. Las dos democracias decidieron no hacerlo.
Sería injusto acusar a Viñas de ocultar la responsabilidad soviética. No la oculta. Escribió ya en 2008 que la ayuda de Moscú tuvo un lado oscuro: la exportación a España, a través de la NKVD, de la persecución estalinista contra los considerados trotskistas. Y sostuvo, con Preston, Hernández Sánchez y Ledesma, que el impulso inicial de Paracuellos procedió de un agente soviético, atribuyendo a Pedro Fernández Checa un papel central. Va en eso más lejos que Julius Ruiz, que rechaza la existencia demostrada de un cerebro extranjero y considera que fueron españoles quienes organizaron y ejecutaron la operación.
La discrepancia está en otro sitio. Viñas explica la conducta de Londres y París por lo que decidieron sus gabinetes: intereses imperiales, miedo a Hitler, simpatías conservadoras, cálculo estratégico. Rara vez pregunta con qué información decidieron, ni de dónde venía esa información, ni quién la firmaba. La historia diplomática que reconstruye actas de Consejo de Ministros deja fuera la pregunta anterior: qué tenía cada gabinete encima de la mesa la semana en que decidió, y desde qué ventana lo habían escrito.
La respuesta, en agosto de 1936, es que lo habían escrito desde la frontera francesa, deprisa, con fuentes indirectas y en tres semanas.
Aquí conviene separar dos cosas que se confunden con facilidad. La violencia de retaguardia fue visible en las dos zonas. Badajoz ocurrió en agosto y llegó a la prensa internacional. Si el horror ante los fusilamientos sin juicio moviera a las cancillerías, habría cortado en ambas direcciones, y no cortó. Lo que inquietaba a Londres no era la violencia: era la desaparición del monopolio estatal de la fuerza. Comités, milicias de vigilancia, organismos policiales paralelos, incautaciones. Un Estado que ya no controlaba a quienes decían defenderlo. La documentación diplomática estadounidense recoge el temor británico a que la victoria del Gobierno español acabase significando comunismo y desorden. No era propaganda franquista, y tampoco era una descripción exacta de lo que estaba pasando: era lo que se veía desde donde se miraba.
París merece menos indulgencia de la que suele dársele en este punto. El caso Blum se explica sin necesidad de invocar la revolución española: la advertencia británica, los radicales dentro del propio Gobierno, la filtración de los envíos de armas, la aritmética de la Cámara. La explicación estructural basta sola, y no hace falta añadirle miedo al comunismo para que funcione.
Paracuellos ocurrió en noviembre. Miles de presos fueron sacados de las cárceles madrileñas con el pretexto de una evacuación y fusilados en Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. La historiografía sigue discutiendo cifras y responsabilidades individuales; no la naturaleza de lo ocurrido. Nada de eso pudo causar un acuerdo firmado tres meses antes. Lo que hizo fue otra cosa, y no menor: convertir en irreversible una decisión tomada en la penumbra. A partir de noviembre, cualquier gabinete que hubiera querido rectificar tenía delante un argumento que no existía en julio.
Ese es el reproche que resiste. No que Londres y París fueran cobardes, que lo fueron, ni que Viñas silencie a la NKVD, que no lo hace. Que dos gobiernos democráticos sellaran el destino de un país vecino en tres semanas de agosto, con sus embajadas al otro lado de la frontera y sin nadie propio en la capital sobre la que decidían.
El hombre que iba a ver Madrid con sus propios ojos salió de Londres el día en que Francia cerró la frontera.
En la luminosa isla napolitana de Prócida, cuando desde el puerto llegas por una calle empinada a la bonita piazzetta Sèmmarèzio —actual plaza de los Mártires—, al lado de la iglesia de la Madonna della Grazie, se abre inesperadamente un panorama de no creérselo. Es el Mediterráneo todo el que se extiende hasta el infinito en una imprevista explosión de azul y de luz que llena el corazón de júbilo y de un extraño anhelo. Hay un hombre de espaldas contemplando ensimismado el mar desde la privilegiada atalaya del mirador. Su quietud y su porte lo hacen rivalizar con los de la estatua que preside la placita. Dado que el que observa las aguas con el conocimiento de causa de un Billy Bones es el escritor Arturo Pérez-Reverte la situación pide que el monumento sea de un marino ilustre, un navegante indómito o un capitán corsario; sin embargo se trata del insigne Antonio Scialoja, economista y político del Risorgimento, que no dejó de vivir aventuras: fue exiliado y volvió como ministro del primer gobierno de Garibaldi.


Los balcones de la Plaza Mayor se convertían en palcos, las calles acogían procesiones y celebraciones y el Manzanares, pese a su escaso caudal, era un lugar de encuentro y fiesta. En el Madrid de los siglos XVI y XVII, la ciudad entera parecía un escenario en el que la monarquía exhibía su poder, la Iglesia desplegaba sus ceremonias y los vecinos participaban de una vida pública en la que el arte y el espectáculo se mezclaban con lo cotidiano. Buena parte de aquel Madrid ha desaparecido, pero sus huellas permiten reconstruir una capital que se codeaba con ciudades europeas importantes como Roma, Nápoles, París y Viena.

© Victor Lerena (EFE)

