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Merz busca recuperar el atractivo inversor de Alemania con una cumbre al estilo de Macron

Alemania lleva años viendo cómo merman las inversiones privadas en el país, algo que no puede compensar de manera sostenible con un aumento de las inversiones públicas como está haciendo actualmente el Gobierno alemán. La inestabilidad económica y política de los últimos tiempos parece haber pasado factura a la imagen del país como centro económico y de inversión. Ahora, el canciller alemán, Friedrich Merz, quiere ponerle remedio y ha organizado, por primera vez, una cumbre de inversores de alto nivel con el objetivo de atraer más capital al país. Alemania necesita la inversión privada si quiere modernizarse, crear empleo y generar prosperidad.

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© CLEMENS BILAN (EFE)

El canciller alemán, Friedrich Merz, durante el 'Invest in Germany Summit' en Berlín, este martes.
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Los partidos de Francia se unen para culpar al izquierdista Mélenchon de la violencia

Francia está asediada por las protestas y el vandalismo desatado tras las manifestaciones de las últimas semanas. Unas 800.000 personas salieron en unas 110 marchas a la calle el sábado. Después llegaron los saqueos y los incendios. Murió una persona, y los ayuntamientos de Limoges, Marsella y Lille sufrieron gravísimos daños. Hay más de 2.000 detenidos, y las grandes ciudades de Francia decretaron toques de queda por las noches. El Ejecutivo ha admitido haber perdido el control de la situación, el ministro del Interior presentó su dimisión, aunque fue rechazada por el presidente de la República, Emmanuel Macron. Pero antes de que se apagaran los primeros incendios, la clase política ya tenía un culpable: Jean-Luc Mélenchon.

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Un mujer observa los coches calcinados en una calle de París, este martes.
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Quiénes atizan la violencia que amenaza a la democracia en Europa

Un grupo de vándalos, en su mayoría encapuchados, hace señas en las protestas violentas en París.

"Colère et honte", reza el titular de Le Figaro tras el fin de semana más violento en Francia en décadas. La ira de los que ya no se sienten representados por el Parlamento y solo ven la protesta en la calle como vía para expresar su malestar. La vergüenza de quienes hacen balance de los daños y aún dan gracias por que no hubo víctimas. La oleada de manifestaciones ha recorrido este fin de semana varios países de Europa: desde Francia a Bélgica, Italia, y también Albania. En Portugal y España también hay plantes para denunciar la imposibilidad de acceso a la vivienda. Este sombrío panorama lo aprovechan grupos como Black Block, la ultraizquierda más radical, y los delincuentes, algunos vinculados a las mafias de la droga y otros a la marginalidad. Mientras tanto, se frotan las manos Donald Trump y Vladimir Putin.

En Francia, el presidente Macron ha salido este lunes de viaje a los países del Golfo, a pesar de caos que se vivió el fin de semana. Dio su mensaje a la nación el domingo por la noche y luego rechazó la dimisión del ministro del Interior, Laurent Núñez, a quien reprocha no haber previsto el alcance de las movilizaciones, ni la infiltración de elementos peligrosos. En su alocución, Macron acusó a grupúsculos de ultraizquierda de los disturbios violentos, que se saldaron con más de 2.300 detenidos y casi mil gendarmes y policías heridos.

Tras una reunión con el gabinete este lunes, el primer ministro, Sébastian Lecornu, anunció que se aplicarían toques de queda "parciales y localizados". Se han implantado en París, Marsella, Lyon... Son las primeras medidas junto con el refuerzo de la seguridad con vistas a las protestas convocadas para el próximo sábado 24 de octubre.

De la protesta pacífica al vandalismo

Para evitar que se repita lo sucedido el pasado sábado las autoridades francesas han de repasar a fondo qué pasó en esa jornada aciaga. Durante gran parte del día estudiantes, sindicalistas, agricultores, a los que se unieron los chalecos amarillos, se manifestaron pacíficamente. A medida que avanzó la tarde pasaron a primer plano los llamados Black Bloc, es decir, anarquistas y simpatizantes de la izquierda radical. Enmascarados y vestidos de negro, no llevaban pancartas ni planteaban reivindicaciones. Se movían en pequeños grupos, coordinando a la perfección sus acciones a través de las redes sociales. Esa es una clave a la que tendrán que estar más atentos. El objetivo: llegar a los centros de las ciudades y atacar los símbolos del poder.

En París, cuando no se topaban con unidades policiales bien equipadas en la Avenue de l’Opéra, intentaban asaltar la zona de la Asamblea Nacional, más al sur. O los alrededores del Panteón, al otro lado del Sena. Las fachadas de los hermosos edificios haussmanianos quedaron cubiertas de señales de su presencia. Por un lado, la "A" dentro de un círculo, símbolo de los anarquistas. Por otro, el acrónimo ACAB (Alle Cops Are Bastards, todos los polis son unos cabrones). También usan los números que corresponden a esas letras en el alfabeto: 1-3-1-2.

Los agentes perdieron rápidamente la orientación. No podían estar en todas partes. Unos días antes, debido a que uno de los manifestantes había resultado herido, se les había prohibido el uso de granadas de aturdimiento. No tenían suficiente munición. En general, eran muy pocos. Los alcaldes se han quejado por no contar con suficientes efectivos.

Al caer la noche los Black Bloc ya no estaban solos. Grupos de simples delincuentes observaban cómo se desarrollaban los acontecimientos. Y cuando comprobaban que la policía había perdido el control de alguna calle o barrio, comenzaba el saqueo descarado. Así, ese fin de semana, miles de tiendas y restaurantes fueron víctimas de los ladrones, a menudo todo el patrimonio de una vida de pequeños empresarios. Unos 2.000 comercios en todo el país. Los daños se elevan a cientos de millones de euros. Pero para los ladrones, el botín más valioso eran las tiendas de joyería cara, perfumes de lujo, equipamiento deportivo profesional y teléfonos móviles. Todo aquello que es fácil de vender y por lo que se puede obtener mucho dinero. Este lunes ya aparecían muchos de estos objetos anunciados en diversas plataformas.

Influencers y blogueros apoyados desde el exterior

Fédéric Martel en Radio France también apuntaba que, "según fuentes policiales y de inteligencia territorial, la movilización de los alborotadores también ha sido provocada, acentuada, acelerada o instrumentalizada por influencers y blogueros apoyados o impulsados por potencias extranjeras como Irán, Argelia y Rusia".

En ese sentido, llama la atención con qué atención siguieron en el Kremlin las protestas en Francia. Rybar, una plataforma de propaganda rusa, divulgó un mapa de Europa en el que analizaba la "estación caliente", marcada por diferentes crisis nacionales. Este escenario de caos en Europa le interesa al Kremlin. También Trump apuntó que en el caso francés todo tiene que ver con la inmigración.

Otros recuerdan que solo el papel de la mafia de la DZ puede explicar el carácter increíblemente organizado y extremadamente violento de las manifestaciones. Lo que más desconcierta es cómo el Estado francés fue incapaz de reaccionar porque nadie predijo el asalto.

Italia, esquema similar

El mismo esquema se repitió en la marcha del sábado en Milán, convocada para protestar contra el aumento del coste de la vida. Comenzó de forma pacífica, pero terminó con alborotadores enmascarados lanzando piedras, adoquines y otros objetos contra la policía antidisturbios e incendiando barricadas construidas con mesas de bar. La policía utilizó cañones de agua y gases lacrimógenos para dispersar a la multitud.

En línea con Macron, la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, dijo que, si bien manifestarse es un derecho, "incendiar nuestras ciudades no lo es". En una publicación en las redes sociales, señaló que los "vándalos" habían aprovechado las protestas "para sembrar el caos, atacar a los responsables de garantizar la seguridad y tomar como rehenes a ciudades enteras". El Ministerio del Interior ha decidido enviar a 500 soldados a Milán para vigilar las calles en los próximos días.

Albania, contra el primer ministro

En Albania, el malestar con el gobierno cristalizó en mayo por el permiso dado al yerno de Trump, Jared Kushner, para construir un proyecto turístico de lujo en un humedal protegido. Es la revolución de los flamencos.

Pero en las última semanas son los estudiantes los que han salido a las calles por el costo de los estudios y el deterioro de los centros escolares, a la vez que denuncian la corrupción del gobierno de Edi Rama. Ahora no se conforman con menos que la dimisión de Rama. Han pasado de manifestarse pacíficamente a quemar edificios gubernamentales. El domingo provocaron un incendio en el Tribunal Supremo.

Cultura del motín

¿Cómo se explica esta violencia desaforada? El politólogo Jérôme Fourquet explica en Le Parisien que se ha instalado "una cultura del motín" en el país. Diferencia dos tipos de alborotadores: los cuasi profesionales, militantes de la ultraizquierda a menudo procedentes del movimiento Black Bloc; y los vándalos, mucho más numerosos, que asisten porque ven la oportunidad de sembrar el caos.

"La calle se convierte en un gigantesco desahogo pulsional, donde la rabia se expresa, pero de manera festiva y lúdica. Para los participantes, estos motines tienen un carácter placentero y totalmente transgresor, ilustrado por la expresión muy común: ¡Vamos a joderlo todo! Se viene a buscar la adrenalina, la gran emoción y la manifestación de su omnipotencia, todo ello por un riesgo mínimo. Porque hay pocas probabilidades de ser detenido y aún menos de recibir una condena severa después. [...] Es un verdadero tema de civilización y es vertiginoso".

La rabia es el elemento que tienen en común. Y el hartazgo con una clase política con la que no se sienten representados, salvo excepciones. La Francia Insumisa de Mélenchon en Francia intenta instrumentalizar esta contestación, aunque en última instancia tendría que justificar la violencia y eso es un bumerán para cualquiera que quiera llegar al poder. La pregunta es si realmente quiere Mélenchon, o su razón de ser es la revolución por la revolución.


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After the violence and chaos in France, there’s only one beneficiary: Marine Le Pen | Paul Taylor

The far-right leader’s promise to restore order will appeal to many ahead of next year’s presidential elections – the stakes are suddenly much higher

There is only one clear winner so far from France’s chaos: Marine Le Pen. The violence and rioting that engulfed towns and cities across the country over the weekend, six months before a pivotal presidential election, is a godsend for the hard-right, Eurosceptical, anti-immigration candidate. As buildings burned, shops were looted and police attacked, the rioting largely drowned out peaceful mass protests over the dilapidated state of schools , fuel prices and the cost of living.

Across France and the rest of Europe, people are in shock at scenes of arson and pillage in city centres, the wrecking of symbols of the republic such as the 19th-century town hall in peaceful provincial Limoges and the bust of Marianne in Marseille’s city hall, and the looting of more than 2,000 shops.

Paul Taylor is a senior visiting fellow at the European Policy Centre

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© Photograph: Firas Abdullah/Anadolu/Getty Images

© Photograph: Firas Abdullah/Anadolu/Getty Images

© Photograph: Firas Abdullah/Anadolu/Getty Images

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Francia: la crisi terminale del macronismo e la battaglia per l’Eliseo

Le mobilitazioni del 17 ottobre e le violenze che ne hanno accompagnato la fase finale mostrano una Francia attraversata da una crisi sociale e politica profonda. Mentre il macronismo entra nel suo ultimo semestre, Marine Le Pen e Jean-Luc Mélenchon incarnano due risposte radicalmente opposte alla domanda di rottura.

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Le immagini degli incendi, delle barricate e degli scontri che hanno attraversato la Francia nelle giornate del 17 e 18 ottobre rischiano di nascondere il dato politicamente più importante: centinaia di migliaia di francesi sono scesi in strada contro il carovita, la crisi dei servizi pubblici e il progressivo deterioramento delle condizioni materiali di vita. Il ministero dell’Interno ha contato circa 550.000 partecipanti alla giornata nazionale del 17 ottobre, mentre gli organizzatori ne hanno rivendicati circa 800.000. Una mobilitazione di dimensioni tali da costituire la più importante esplosione di protesta sociale dai tempi della battaglia contro la riforma delle pensioni del 2023.

Il fenomeno sarebbe tuttavia incomprensibile se venisse ridotto ai disordini che hanno segnato la conclusione di numerosi cortei. Lungi dall’essere nata il 17 ottobre, la protesta rappresenta il risultato di un processo cominciato settimane prima nelle scuole e nelle università, quando studenti e liceali hanno iniziato a denunciare classi sovraffollate, carenza di personale, precarietà e progressivo impoverimento dell’istruzione pubblica. Alle mobilitazioni giovanili si sono poi aggiunti sindacati, lavoratori, pensionati e settori del movimento dei gilets jaunes, mentre il rincaro dei carburanti ha agito da detonatore di un malessere sociale molto più ampio.

Tale convergenza conferisce agli avvenimenti un significato politico ben superiore a quello di un’ennesima fiammata di protesta francese. L’Humanité ha descritto il corteo parigino come l’incontro tra generazioni differenti accomunate dalle rivendicazioni sui salari, sul futuro della gioventù e sulla difesa dei servizi pubblici, ma soprattutto dal rifiuto delle politiche seguite dal 2017. In questo senso appare particolarmente significativa l’immagine proposta dal quotidiano della sinistra francese: il macronismo rischia di terminare così come era cominciato, in mezzo ai lacrimogeni e a un conflitto sociale che il potere politico sembra incapace di ricomporre.

Nel tentativo di distogliere l’opinione pubblica dalle ragioni concrete delle proteste, il primo ministro Sébastien Lecornu ha accusato gruppi dell’ultrasinistra di avere deliberatamente organizzato gli incidenti, arrivando a contrapporre il “campo della Repubblica” a quello dei “casseurs” e indirizzando buona parte delle proprie accuse contro La France Insoumise (LFI), nonostante lo stesso leader Jean-Luc Mélenchon avesse invitato esplicitamente i propri sostenitori a non partecipare a saccheggi e devastazioni. Il Rassemblement National (RN), dal canto suo, ha rapidamente trasformato le immagini dei disordini in materiale di propaganda, cercando di associare la protesta sociale a una crisi dell’autorità e alla necessità di restaurare l’ordine.

È una dinamica che rischia di favorire l’estrema destra, ma che non deve far perdere di vista l’origine della crisi. L’aumento del costo della vita, la stagnazione dei salari, il deterioramento dei servizi pubblici e la nuova impostazione austeritaria del bilancio per il 2027 rappresentano il terreno materiale sul quale la protesta è cresciuta.

La risposta televisiva di Emmanuel Macron del 18 ottobre ha mostrato una volta ancora la difficoltà dell’Eliseo a uscire dalla contraddizione che accompagna ormai l’ultimo periodo della sua presidenza. Il capo dello Stato ha riconosciuto la legittimità delle preoccupazioni espresse dai manifestanti, ma ha a sua volta concentrato una parte importante del proprio intervento sulla condanna delle violenze e sulle questioni di ordine pubblico. Ha annunciato consultazioni con studenti, insegnanti, sindacati, parlamentari e rappresentanti delle imprese, senza però indicare immediatamente una svolta economica capace di rispondere alle cause sociali della protesta.

Messi insieme, tutti questi elementi fanno emergere in modo chiaro la dimensione strutturale della crisi del macronismo. Quando Emmanuel Macron conquistò l’Eliseo nel 2017, promise di superare la tradizionale divisione tra destra e sinistra. La sua formula politica avrebbe dovuto sostituire il conflitto ideologico con una gestione pragmatica, europea e modernizzatrice della società francese. Quasi dieci anni dopo, il risultato appare paradossalmente opposto: la Francia non è meno polarizzata, anzi risulta essere molto più polarizzata di quanto fosse all’inizio della presidenza Macron.

La dissoluzione dell’Assemblée nationale nel 2024 aveva già distrutto l’illusione di una maggioranza presidenziale stabile. Da allora la Francia è entrata in una lunga sequenza di governi minoritari, crisi parlamentari e negoziati sul bilancio. Il governo Lecornu resta privo di una maggioranza autonoma, mentre il progetto finanziario per il 2027 è stato accolto con ostilità dalle opposizioni e con crescente nervosismo dai mercati. All’inizio di ottobre i rendimenti del debito francese avevano raggiunto livelli che non si vedevano dai primi anni Duemila, mentre il debito pubblico ha superato il 119% del prodotto interno lordo e la crescita resta debole.

Ma sarebbe riduttivo interpretare questa situazione come una semplice “crisi del debito”. Il problema fondamentale riguarda piuttosto la distribuzione dei costi della crisi. Il governo continua a presentare l’austerità come una necessità tecnica, mentre la sinistra francese sottolinea come essa rappresenti piuttosto una scelta politica precisa: ridurre la spesa sociale e comprimere i servizi pubblici anziché intervenire sulle grandi fortune, sui profitti e sulle ingenti sovvenzioni concesse alle imprese. Da qui nasce la domanda che attraversa una parte consistente delle piazze francesi: chi deve pagare la crisi?

La risposta del RN è radicalmente diversa. Marine Le Pen tenta di trasformare la crisi del macronismo in una crisi dello Stato, dell’immigrazione e dell’ordine pubblico. Il suo partito cerca di intercettare lo stesso malcontento che alimenta le proteste, ma di orientarlo verso una soluzione nazionalista e securitaria. Sul terreno economico, inoltre, il RN sta tentando di rassicurare i mercati: Le Pen ha recentemente promesso forti riduzioni della spesa pubblica qualora conquistasse l’Eliseo, mentre Jordan Bardella ha difeso un piano volto a tagliare circa 140 miliardi di euro di spesa e a ridurre rapidamente deficit e debito. La pretesa dell’estrema destra di rappresentare una rottura sociale con il macronismo entra quindi in contraddizione con un programma economico che contiene anch’esso una pesante componente austeritaria.

Ad ogni modo, i dati demoscopici mostrano quanto questa contrapposizione stia modificando la politica francese. Le rilevazioni pubblicate nelle ultime settimane indicano Marine Le Pen come candidata nettamente più forte al primo turno, ma contemporaneamente mostrano una crescita di Mélenchon e soprattutto una straordinaria solidità della sua base. Un’indagine Ipsos BVA-Cevipof attribuiva in settembre al candidato di LFI tra il 15,5 e il 17% delle intenzioni di voto, ma con livelli molto più alti tra i giovani: fra i 18 e i 24 anni Mélenchon raggiungeva addirittura il 40%. Un sondaggio successivo, riportato da Reuters, ha delineato perfino scenari nei quali Le Pen e Mélenchon si qualificherebbero insieme per il ballottaggio, estromettendo completamente i candidati dell’area centrista.

Naturalmente manca ancora molto alla primavera del 2027 e ogni previsione resta fragile. Marine Le Pen deve inoltre affrontare ancora l’incognita del proprio contenzioso giudiziario, mentre a sinistra rimangono divisioni profonde tra LFI, socialisti, comunisti ed ecologisti. Ma il dato politico è già evidente: il successore di Macron non sembra destinato a provenire dal blocco che ha governato la Francia nell’ultimo decennio.

La battaglia per l’Eliseo sarà quindi molto più di una competizione tra candidati. Sarà uno scontro attorno all’interpretazione stessa del fallimento macronista. L’estrema destra sostiene che la Francia soffra soprattutto per un deficit di autorità, sovranità e controllo. La sinistra radicale individua invece il problema nella crescente disuguaglianza, nell’austerità, nell’indebolimento dei servizi pubblici e nella subordinazione delle scelte economiche agli interessi del grande capitale. Il campo macronista, nel frattempo, fatica sempre più a convincere che la continuazione delle politiche degli ultimi dieci anni possa rappresentare una risposta alla crisi prodotta proprio durante quel decennio.

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Trump attacks ‘migrants and communists’ as he tries to exploit France unrest

President at Kansas rally tries to turn protests into cautionary tale for US as Republicans face midterm losses

As Republicans confront mounting political headwinds ahead of November’s midterm elections, Donald Trump is attempting to turn unrest in France into a cautionary tale for American voters, recasting the demonstrations that began as student protests against crumbling schools and the soaring cost of living as evidence of the dangers of immigration and the erosion of western civilization.

At a rally in Kansas on Monday evening, Trump described France as a once-great nation that had been “conquered, looted, and burned to the ground by migrants, jihadists, and communists”.

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© Photograph: Kent Nishimura/AFP/Getty Images

© Photograph: Kent Nishimura/AFP/Getty Images

© Photograph: Kent Nishimura/AFP/Getty Images

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Trump attacks ‘migrants and communists’ as he tries to exploit France unrest

President at Kansas rally tries to turn protests into cautionary tale for US as Republicans face midterm losses

As Republicans confront mounting political headwinds ahead of November’s midterm elections, Donald Trump is attempting to turn unrest in France into a cautionary tale for American voters, recasting the demonstrations that began as student protests against crumbling schools and the soaring cost of living as evidence of the dangers of immigration and the erosion of western civilization.

At a rally in Kansas on Monday evening, Trump described France as a once-great nation that had been “conquered, looted, and burned to the ground by migrants, jihadists, and communists”.

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© Photograph: Kent Nishimura/AFP/Getty Images

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